HOMILÍA EN EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN Instituto Sagrado Corazón de San Bernardo 30 de octubre de 2026

HOMILÍA EN EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN

30 de octubre de 2026

Instituto Sagrado Corazón de San Bernardo

 

Evangelio: Mateo 25, 14-30 — Parábola de los talentos

 

¿Qué he hecho con los talentos intelectuales y espirituales que he recibido en mi colegio?

 

Queridos jóvenes que hoy reciben el sacramento de la Confirmación, queridos padres, profesores y miembros de esta comunidad educativa:

El Evangelio que acabamos de escuchar nos presenta una de las parábolas más exigentes de Jesús: la parábola de los talentos. Un hombre, antes de salir de viaje, confía sus bienes a tres servidores. A cada uno le entrega una cantidad diferente, según sus capacidades. Dos de ellos trabajan, se esfuerzan y hacen fructificar lo recibido. El tercero, por miedo, por comodidad o por falta de iniciativa, entierra su talento y lo devuelve tal como lo recibió.

Cuando el señor regresa, no les pregunta cuánto han disfrutado de sus talentos, ni cuánto prestigio han conseguido con ellos. Les pide cuentas de lo que han hecho con los bienes que les había confiado.

Esta parábola nos enseña una verdad fundamental: Dios nos ha dado mucho, pero también espera mucho de nosotros. Los dones que recibimos no son exclusivamente para nuestro beneficio personal. Son una responsabilidad delante de Dios y de los demás.

Y hoy quisiera que cada uno de ustedes se hiciera una pregunta muy concreta: ¿Qué he hecho con los talentos intelectuales, humanos y espirituales que he recibido durante mis años en el Instituto Sagrado Corazón?

 

  1. Han recibido mucho: ¿son conscientes de ello?

 

Ustedes estudian en un buen colegio. Han tenido oportunidades que muchos otros jóvenes de nuestra diócesis y de nuestro país no han podido tener. Han recibido una buena formación académica, han aprendido diversas ciencias, han desarrollado sus capacidades intelectuales y se han preparado para continuar sus estudios y ejercer una profesión.

Todo eso es bueno, importante y necesario.

Pero su colegio tiene algo más. No es solamente una institución destinada a transmitir conocimientos. Es un colegio católico, fundado en la década de 1950 por la Congregación de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús, los padres dehonianos.

Desde sus orígenes, este colegio ha querido educar no solamente la inteligencia, sino también el corazón. Su misión es formar personas que conozcan y amen a Jesucristo, que vivan según el Evangelio y que sepan servir a los demás.

Muchos de sus padres los han matriculado aquí precisamente por esa razón: porque desean que, además de recibir una buena educación, crezcan en la fe católica.

Durante estos años han tenido oportunidades de escuchar la Palabra de Dios, aprender a rezar, conocer a Jesucristo, recibir los sacramentos y descubrir las enseñanzas de la Iglesia.

Por eso, junto con los talentos intelectuales, han recibido talentos espirituales.

Y la pregunta que debemos hacernos es inevitable:

¿Qué hemos hecho con ellos?

¿Hemos aprovechado realmente las oportunidades de formación cristiana que nos ofrece el colegio? ¿Hemos crecido en nuestra amistad con Jesús? ¿O hemos aprendido muchas cosas de Dios sin llegar a conocerlo y amarlo personalmente?

Se puede salir del colegio con excelentes conocimientos de matemáticas, ciencias, historia o idiomas y, sin embargo, tener una vida espiritual muy pobre.

Se puede saber mucho sobre el mundo y conocer muy poco a Jesucristo.

Y eso, queridos jóvenes, sería haber enterrado uno de los talentos más preciosos que Dios les ha confiado: el talento de la fe.

 

  1. El gran peligro: enterrar nuestros talentos

 

El tercer servidor de la parábola no robó el talento ni lo malgastó. Simplemente lo enterró.

Y por eso fue reprendido por su señor.

Este personaje representa un peligro muy real para los cristianos: el de vivir instalados en la comodidad, sin esforzarnos por responder a lo que Dios espera de nosotros.

También nosotros podemos enterrar nuestros talentos.

Un joven entierra su inteligencia cuando no estudia seriamente, cuando se conforma con la mediocridad o utiliza sus capacidades solamente para conseguir dinero, prestigio o éxito personal.

Pero también puede enterrar su fe cuando deja de rezar, cuando abandona la Misa dominical, cuando se avergüenza de manifestar que es católico o cuando vive como si Dios no existiera.

Y aquí quiero decirles algo con mucho cariño, pero también con claridad: no basta con estudiar en un colegio católico para ser un buen cristiano.

No basta con conocer las oraciones o haber recibido clases de religión. No basta tampoco con recibir hoy el sacramento de la Confirmación.

La fe exige una respuesta personal. Nadie puede creer por ustedes. Sus padres pueden transmitirles la fe, el colegio puede enseñarles a conocer a Cristo, los sacerdotes pueden ayudarles a encontrarlo, pero finalmente cada uno debe decidir si quiere seguir al Señor.

Y esta decisión tiene consecuencias concretas.

¿De qué sirve haber recibido una educación católica durante tantos años si, al terminar el colegio, dejamos de participar en la Santa Misa, abandonamos la oración y nos olvidamos de Dios?

Sería como devolver al Señor el talento que nos entregó, sin haberlo hecho fructificar.

 

  1. El Espíritu Santo viene precisamente a ayudarnos a dar fruto

 

Y aquí llegamos al significado profundo del sacramento que hoy van a recibir.

¿Por qué necesitamos la Confirmación?

Porque sabemos que nuestras propias fuerzas son insuficientes para vivir plenamente como discípulos de Jesucristo.

El Espíritu Santo, que recibieron inicialmente en el Bautismo, viene hoy a fortalecerlos con una nueva efusión de su gracia. Los une más firmemente a Cristo, los vincula más estrechamente con la Iglesia y les concede una fuerza especial para ser testigos del Señor.

El Espíritu Santo no viene a reemplazar su esfuerzo personal. Viene a iluminarlo, fortalecerlo y hacerlo fecundo.

Sus siete dones —sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios— les ayudan a utilizar rectamente los talentos que poseen.

La inteligencia, iluminada por el Espíritu Santo, puede descubrir no solamente cómo funcionan las cosas, sino también para qué vivimos.

La ciencia y el entendimiento nos ayudan a conocer la verdad. La sabiduría nos enseña a juzgar todas las cosas a la luz de Dios. El consejo nos ayuda a tomar buenas decisiones. La fortaleza nos permite permanecer fieles a Cristo incluso cuando resulta difícil.

El Espíritu Santo quiere hacer de ustedes no solamente buenos estudiantes o futuros buenos profesionales, sino hombres y mujeres santos.

Y ser santo no significa hacer cosas extraordinarias. Significa vivir las cosas ordinarias con un amor extraordinario a Dios y a los demás.

Precisamente el Sagrado Corazón de Jesús, que da nombre a este colegio, nos enseña esa verdad.

El carisma del Padre León Dehon y de la congregación que fundó pone en el centro el amor del Corazón de Cristo, un amor que nos lleva a la entrega, a la reparación y al servicio.

Por eso, un verdadero alumno del Sagrado Corazón debería salir de este colegio con una inteligencia bien formada, pero también con un corazón semejante al de Jesús: capaz de amar, de sacrificarse, de perdonar y de preocuparse por quienes más sufren.

 

  1. Tres maneras concretas de hacer fructificar los talentos recibidos

 

En nuestra diócesis insistimos en tres orientaciones fundamentales para la vida cristiana, que hoy quisiera proponerles como un verdadero programa de vida después de la Confirmación

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Primera: participar fielmente en la Santa Misa dominical.

Queridos jóvenes, la Misa del domingo no es una actividad religiosa opcional, que realizamos cuando tenemos tiempo o cuando no tenemos otros compromisos.

Es el encuentro semanal con Jesucristo vivo, que nos habla en su Palabra y se nos entrega en la Eucaristía.

¿Cómo puede crecer nuestra amistad con Jesús si no queremos encontrarnos con Él?

No permitan que el deporte, los compromisos sociales, el descanso o las diversiones ocupen siempre el lugar que corresponde a Dios.

Y a los padres también quisiera recordarles que su ejemplo es fundamental. Difícilmente un joven perseverará en la participación dominical si en su propia familia la Eucaristía no ocupa un lugar importante.

 

Segunda: cultivar una verdadera vida de oración.

 

No basta con saber rezar. Hay que rezar.

La oración es el momento en que abrimos nuestra inteligencia y nuestro corazón a Dios.

El Espíritu Santo actúa en nuestra alma, nos inspira buenos propósitos, ilumina nuestra conciencia, nos ayuda a reconocer nuestros pecados y nos da fuerza para vencer las tentaciones.

Pero necesitamos escucharlo.

Dedíquenle diariamente algunos minutos al Señor. Lean el Evangelio, examinen su conciencia, pidan ayuda al Espíritu Santo y confíen sus preocupaciones a la Santísima Virgen.

No permitan que el teléfono, las redes sociales y las distracciones permanentes terminen por quitarles toda capacidad de silencio interior.

Un cristiano que nunca reza termina por debilitar su amistad con Dios.

 

Tercera: poner nuestros talentos al servicio de los más necesitados.

 

Esta orientación tiene una importancia especial para ustedes.

Han recibido una buena educación. Muchos podrán ingresar a la universidad, adquirir una profesión y alcanzar una situación económica estable.

Pero deben preguntarse: ¿para qué quiero todo eso?

¿Solamente para ganar dinero, tener una buena casa, viajar y disfrutar de una vida cómoda?

No hay nada malo en aspirar legítimamente al bienestar material. Pero sería muy poco para una persona que ha conocido a Jesucristo.

Existen muchas personas que no han tenido sus oportunidades. Familias que viven en condiciones difíciles, jóvenes que no pueden estudiar, ancianos abandonados, enfermos y personas que sufren pobreza material y espiritual.

¿Qué harán ustedes por ellos?

La parábola de los talentos nos recuerda que los dones que Dios nos entrega llevan consigo una responsabilidad hacia los demás.

Y el Sagrado Corazón de Jesús nos invita a no permanecer indiferentes ante el sufrimiento humano.

La verdadera grandeza de una persona no se mide solamente por lo que consigue para sí misma, sino también por el bien que es capaz de hacer a los demás.

 

  1. Un día el Señor nos pedirá cuentas

Queridos confirmandos, volvamos al Evangelio.

Llegó el día en que el señor regresó y pidió cuentas a sus servidores.

También llegará para cada uno de nosotros el momento de presentarnos ante Dios.

Y entonces no será lo más importante el colegio en que estudiamos, la universidad en que ingresamos, los títulos que obtuvimos o los bienes que acumulamos.

Lo verdaderamente importante será qué hicimos con la vida, la inteligencia, la fe y las oportunidades que Dios nos confió.

¿Amamos a Dios? ¿Fuimos fieles a nuestra conciencia? ¿Hicimos el bien? ¿Pusimos nuestras capacidades al servicio de los demás? ¿Fuimos capaces de transmitir la fe que recibimos?

Hoy, al recibir el Espíritu Santo, tienen una oportunidad maravillosa de comenzar una nueva etapa en su vida cristiana.

No entierren sus talentos.

No permitan que la fe recibida en sus familias y cultivada durante tantos años en este colegio se vaya apagando lentamente por la indiferencia o por la comodidad.

Abran su corazón al Espíritu Santo. Pídanle que les conceda sabiduría para reconocer lo verdaderamente importante, fortaleza para vencer las dificultades y generosidad para servir a los demás.

Y cuando llegue el momento de dejar este colegio, que puedan llevarse algo mucho más valioso que un buen conjunto de conocimientos: una fe firme, una conciencia recta, un corazón generoso y el propósito decidido de vivir siempre cerca de Jesucristo.

 

Queridos jóvenes, quisiera que hoy se grabaran profundamente en su corazón una pregunta y una respuesta.

La pregunta: Señor, ¿qué he hecho hasta hoy con los talentos intelectuales y espirituales que Tú me has confiado?

Y la respuesta que, con la ayuda del Espíritu Santo, cada uno debería estar dispuesto a dar: Señor, no quiero enterrar tus dones. Quiero hacerlos fructificar para tu gloria, para mi santificación y para el bien de los demás.

Que la Santísima Virgen María, nuestra Madre del Carmen, los acompañe siempre y les enseñe a permanecer fieles a su Hijo.

Y que, al terminar nuestra vida, todos podamos escuchar aquellas maravillosas palabras del Evangelio: «Está bien, servidor bueno y fiel; entra a participar del gozo de tu señor».

 

Amén.