HOMILIA CONFIRMACIONES PARROQUIA EL BUEN PASTOR DE LA PINTANA. SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS. 31 DE OCTUBRE DE 2026

HOMILIA

CONFIRMACIONES

PARROQUIA EL BUEN PASTOR DE LA PINTANA.

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS.

31 DE OCTUBRE DE 2026

Queridos hermanos y hermanas de la parroquia del Buen Pastor; queridos confirmandos, familias, padrinos, madrinas y catequistas, queridos sacerdotes.

Hoy tenemos una doble alegría: celebramos la fiesta de Todos los Santos y acompañamos a quienes van a recibir el sacramento de la Confirmación.

Los santos nos recuerdan que es posible vivir el Evangelio. Fueron personas de carne y hueso, que conocieron alegrías y dificultades, que tuvieron que luchar, pedir perdón y volver a empezar. Confiaron en Jesús y dejaron que su amor fuera transformando sus vidas.

Y hoy el Señor nos dice: también ustedes están llamados a ser santos. Aquí, en La Pintana, en sus familias, en sus trabajos, en sus colegios y en su barrio.

El Evangelio nos presenta a mucha gente que sigue a Jesús. Él mira a esa multitud y comienza a enseñar: «Felices los pobres de espíritu… Felices los que lloran… Felices los misericordiosos… Felices los que trabajan por la paz».

Estas palabras llegan hoy a nuestra comunidad. Aquí hay familias que viven con la incertidumbre del trabajo, personas que hacen grandes esfuerzos para llegar a fin de mes, padres y madres preocupados por sus hijos, vecinos que sufren por la violencia.

A todos se acerca hoy Jesús.

Cuando proclama felices a los pobres y a los que lloran, nos anuncia que Dios está cerca de quienes sufren. Su amor nos mueve a enfrentar la miseria y la injusticia, y a ayudarnos para que todos puedan vivir con dignidad.

            El Señor conoce sus esfuerzos. Ve esas lágrimas que a veces nadie ve. Escucha esa oración que sale del corazón cuando ya faltan las fuerzas.

Las Bienaventuranzas nos muestran cómo es Jesús y cómo quiere enseñarnos a vivir: con humildad, misericordia, limpieza de corazón y deseos de paz. Ese es el camino de la santidad.

Queridos confirmandos: hoy recibirán una fuerza especial del Espíritu Santo para recorrer ese camino. Él los unirá más profundamente a Cristo y los fortalecerá para ser sus testigos. Podrán contar con su ayuda para elegir el bien, sostener la fe y levantarse después de una caída.

Para vivir esta amistad con Jesús, tenemos tres consejos muy sencillas y muy profundas.

  1. La primera es participar en la Misa dominical y vivir cerca de Jesús en la Santa Eucaristía y en la adoración, en la hermosa capilla que tiene en esta parroquia.

El domingo, el Señor nos reúne como familia. Venimos con lo que somos y con lo que hemos vivido: el trabajo y su búsqueda, las alegrías de la casa, las preocupaciones, los agradecimientos. Escuchamos su Palabra y Él nos alimenta con su Cuerpo.

¡Cuánto necesitamos ese encuentro! Necesitamos recibir el amor de Cristo para seguir amando cuando estamos cansados; su perdón para aprender a perdonar; su paz para llevarla a nuestros hogares.

Queridos confirmandos: hagan de la Misa del domingo una parte firme de su vida. Después de esta celebración, sigan viniendo. Aquí tienen una comunidad y una mesa en la que el Señor quiere seguir alimentando su fe.

Aprendan también a estar con Jesús en la adoración. Hay momentos en que bastará ponerse delante de Él y decirle: “Señor, aquí estoy. Tú sabes lo que llevo en el corazón”.

Podemos permanecer en silencio, mirarlo con fe y dejarnos mirar por Él. Jesús, el Buen Pastor, nos conoce y quiere que aprendamos a reconocer su voz.

  1. La segunda orientación es aprender a orar para conocer al Señor.

La amistad crece cuando nos encontramos, hablamos y escuchamos. Así ocurre también con Jesús. Para conocerlo necesitamos darle un espacio en nuestra vida.

Podemos comenzar con una oración sencilla al despertar: “Señor, gracias por este día. Acompáñame y ayúdame a hacer el bien”. Al terminar la jornada podemos agradecer, pedir perdón y poner en sus manos a las personas que queremos.

Podemos abrir el Evangelio, leer un pequeño pasaje y preguntarnos: “Jesús, ¿qué me estás enseñando? ¿Qué quieres cambiar en mi corazón?”.

Hoy podríamos quedarnos con estas palabras: «Felices los que trabajan por la paz». Y llevarlas a la oración: “Señor, ayúdame a hablar sin herir. Enséñame a escuchar. Dame paciencia en mi casa y valentía para defender a quien sufre”.

A las familias les propongo cuidar un pequeño momento de oración compartida. Un padrenuestro, un avemaría, una acción de gracias antes de comer, una bendición a los hijos. Son gestos sencillos que van abriendo espacio a Dios en el hogar.

Y en las cuatro capillas de esta parroquia sigamos ayudándonos a orar. Qué hermoso que una persona pueda llegar con sus preocupaciones y encontrar hermanos que recen con ella.

Queridos confirmandos: pidan al Espíritu Santo que les enseñe a orar. También cuando tengan dudas o estén desanimados, acérquense al Señor. Él sabe escuchar y tiene paciencia con nuestro camino.

  1. La tercera orientación es preocuparnos de los más necesitados, en el alma y en el cuerpo.

Jesús dice: «Felices los misericordiosos». La misericordia nos hace mirar al otro con atención y preguntarnos qué necesita.

Hay necesidades del cuerpo: alimento, abrigo, vivienda, atención en la enfermedad, un trabajo digno. Y hay heridas del alma: soledad, tristeza, falta de sentido, rencores, angustia, necesidad de conocer a Dios y de experimentar su perdón.

A veces una misma persona lleva muchas de estas cargas. Por eso necesitamos acercarnos, escuchar y acompañar con respeto.

Aquí tienen un signo precioso en el comedor solidario, tan conocido y querido. Agradecemos a quienes lo sostienen con su trabajo y su generosidad. Cada plato servido con cariño dice a quien lo recibe: “Hermano, hermana, tu vida nos importa”.

Y junto al alimento, cuánto bien hacen una conversación, una escucha paciente, una oración compartida y una palabra que ayuda a recuperar la esperanza.

También agradecemos los buenos colegios del sector y el trabajo de quienes educan. Cada niño y cada joven merece descubrir sus capacidades, prepararse para el futuro y sentirse acompañado. Allí hay una hermosa tarea para las familias, los educadores y la comunidad cristiana.

Queridos confirmandos: ustedes tienen mucho que aportar. Hay personas que necesitan su tiempo, su alegría y sus capacidades. Acérquense al comedor, colaboren en sus capillas, visiten a alguien que está solo, inviten a un amigo a conocer a Jesús. Pregunten dónde pueden servir.

Y hoy, al escuchar «Felices los que trabajan por la paz», quiero hacer un llamado a toda nuestra comunidad: erradiquemos la violencia de nuestras vidas, de nuestras familias, de la vida social, de nuestras villas y de nuestras calles.

Comencemos por nuestra propia conducta. Renunciemos a los gritos que atemorizan, a los insultos que humillan, a las amenazas, a los golpes y al maltrato. Que nadie tenga miedo de volver a su casa. Que nuestros hogares sean lugares donde cada uno se sienta querido, respetado y protegido.

Cuidemos especialmente a los niños, a las mujeres, a las personas mayores y a quienes están más indefensos. Acompañemos a las familias que han sido heridas por la violencia. Su dolor nos importa y nos compromete.

El Evangelio nos llama a tomar esto muy en serio: los violentos que se obstinan en hacer el mal, sin arrepentirse ni querer cambiar, no heredarán el Reino de los Cielos. La violencia contradice el camino de las Bienaventuranzas. No podemos pedirle a Dios que reine en nuestra vida mientras maltratamos a nuestros hermanos.

Por eso, quien esté ejerciendo violencia, escuche hoy esta llamada del Señor: deténgase, busque ayuda y comience a cambiar. Es necesario reconocer el mal, abandonar la violencia y reparar, en cuanto sea posible, el daño causado. La misericordia de Dios ofrece la gracia para una conversión verdadera.

Y quien está sufriendo violencia debe saber que su vida tiene dignidad y merece protección. Pedir ayuda es un paso valiente. Como comunidad cristiana, tenemos que escuchar, acompañar y ayudar a buscar resguardo.

Queridos confirmandos: pidan al Espíritu Santo la valentía de ser constructores de paz. Que sus manos sirvan para ayudar y cuidar; que sus palabras lleven respeto y consuelo; que su presencia ayude a reconciliar. Trabajar por la paz exige fortaleza para frenar una humillación, renunciar a la venganza y proteger a quien está en peligro.

¡Cuánto bien pueden hacer en sus familias, entre sus amigos y en nuestras calles! Con la gracia de Dios y el compromiso de todos, podemos abrir caminos de paz.

Hermanos y hermanas, estas tres orientaciones se unen en nuestra vida: en la Misa y en la adoración nos encontramos con Jesús; en la oración aprendemos a conocerlo; y en el cuidado de los necesitados ponemos en práctica su amor.

Así se va formando un santo. Así van tomando cuerpo las Bienaventuranzas en una familia, en una capilla y en un barrio.

Hoy celebramos a quienes ya gozan de la presencia de Dios y nos ayudan con su intercesión. Al mirar hacia ellos, crece nuestra esperanza: Cristo resucitado nos llama a compartir su vida para siempre. El amor que entregamos tiene un valor eterno.

Por eso podemos seguir sembrando el bien, aunque los frutos demoren. Podemos volver a empezar. Podemos pedir ayuda. Podemos sostenernos unos a otros.

Queridos confirmandos: la Iglesia se alegra con ustedes. Sus familias, sus catequistas y esta comunidad los acompañan. Permanezcan cerca de Jesús y encuentren aquí su lugar para crecer y servir.

Pidamos a la Virgen del Carmen que cuide a esta parroquia del Buen Pastor y a sus cuatro capillas; que acompañe a quienes buscan trabajo, a las familias preocupadas y a quienes sufren por la violencia.

Y oremos juntos en el corazón:

Ven, Espíritu Santo.

Enséñanos a amar la Misa del domingo

y a encontrarnos con Jesús en la adoración.

Enséñanos a orar para conocer al Señor.

Abre nuestros ojos y nuestras manos
ante las necesidades del alma y del cuerpo de nuestros hermanos.

Danos fuerza para desterrar la violencia,

humildad para reconocer nuestras faltas

y valentía para proteger a quienes sufren.

Haznos misericordiosos y trabajadores de la paz.

Señor Jesús, Buen Pastor,

guíanos por el camino de las Bienaventuranzas.

Haznos santos en la vida de cada día

y mantén viva nuestra esperanza.

Amén.