Reflexión Pastoral – Todos los Santos

Halloween: ¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos?

+ Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo

Llamados a vivir en la luz, no a celebrar la oscuridad


Cada año, al acercarse el 31 de octubre, vemos cómo se
extiende entre nosotros la celebración de Halloween.
Niños disfrazados de brujas, demonios, monstruos y
personajes aterradores recorren las calles buscando
dulces, mientras los comercios y los medios de
comunicación promueven una fiesta que se ha
incorporado a nuestras costumbres. Ante esta realidad,
los padres cristianos deberían preguntarse: ¿Qué estamos
celebrando y qué estamos enseñando a nuestros hijos?

 

No se trata de afirmar que un niño que se disfraza o
recibe dulces esté cometiendo un pecado. Tampoco
corresponde atribuir intenciones malignas a quienes
participan de buena fe. Pero una cosa es reconocer la
inocencia de muchos niños y otra aceptar una celebración
que presenta como atractivos símbolos relacionados con
el demonio, la brujería, la violencia y la muerte.

 

Los símbolos educan. Los niños aprenden no solamente
de lo que les decimos, sino también de aquello que
celebramos, admiramos y presentamos como divertido.
No es indiferente acostumbrarlos a jugar con imágenes
del mal o convertir la muerte en un espectáculo de terror.

La fe nos enseña que el mal existe y que Jesucristo ha
venido a librarnos del pecado y de la muerte.

 

Existe otra razón para no promover Halloween: muchas
veces oscurece una de las fiestas más hermosas del
cristianismo, la solemnidad de Todos los Santos, el 1 de
noviembre. Celebramos a la multitud de hombres y
mujeres que han llegado al cielo: no solo a los santos
canonizados, sino también a tantos padres y madres,
sacerdotes, religiosos, jóvenes, trabajadores y personas
sencillas que vivieron fielmente su vocación cristiana.

Los santos nos recuerdan que nuestra vida tiene un
destino eterno, que hemos sido creados para amar a Dios
y que la santidad es posible en medio de las ocupaciones
ordinarias. ¡Qué diferencia entre presentar a los niños
figuras monstruosas y enseñarles la vida de san Francisco
de Asís, santa Teresa de Jesús, san José, santa Teresita,
san Alberto Hurtado o santa Teresa de los Andes! Los
santos muestran la belleza del amor, la generosidad, la
valentía y la alegría de vivir cerca de Dios.

 

Invito a los padres cristianos a no celebrar Halloween y a
buscar otras maneras de festejar con sus hijos Todos los
Santos: encuentros familiares o parroquiales donde los
niños se disfracen de sus santos preferidos, conozcan sus
historias, compartan dulces y participen en juegos que
transmitan alegría y esperanza. Sobre todo, sería
hermoso asistir juntos a la Santa Misa del 1 de noviembre.

 

El 2 de noviembre la Iglesia nos invita a recordar y rezar
por nuestros fieles difuntos. Podemos visitar los
cementerios, enseñar a los niños a orar por sus abuelos y
familiares fallecidos, y explicarles que la muerte no tiene
la última palabra, porque Cristo ha resucitado.

 

Recuperemos la alegría de celebrar a Todos los Santos.
Celebremos la santidad, no el miedo; la vida, no la
muerte; la victoria de Cristo, no las imágenes del mal.


“Yo soy la resurrección y la vida” – Juan 11,25