Como nos recuerda constantemente nuestro Obispo, la piedad popular no es solo una tradición, sino un verdadero «lugar teológico» donde el Evangelio se encarna en la historia concreta de las personas. Los Bailes Religiosos de nuestra Diócesis de San Bernardo son un reflejo luminoso de esta realidad: una escuela de fe, de esperanza y de amor a Jesucristo y a su Santísima Madre, la Virgen María.
A través de la danza, el sonido de los bombos y el colorido de sus trajes, cientos de fieles transforman su esfuerzo físico en una oración viva, proclamando con el cuerpo aquello que, muchas veces, las palabras no alcanzan a expresar. En este espíritu de profunda comunión eclesial, compartimos el testimonio de perseverancia de cinco integrantes de nuestros Bailes Religiosos, quienes nos explican por qué esta devoción es el motor de sus vidas:
El amor que vence las dificultades La pandemia y las pruebas del tiempo han sido un desafío inmenso para nuestras agrupaciones, pero la gracia de Dios siempre prevalece. Catalina Cáceres, del baile religioso moreno Nuestra Señora de la Misericordia (de la parroquia homónima), relata cómo, tras quedarse con apenas dos integrantes luego de la pandemia, la perseverancia rindió frutos. Hoy cuentan con nuevos postulantes preparándose para tomar sus promesas. «Para mí eso ha sido un gran significado… hemos demostrado que Dios existe, que Dios está ahí, que hay que perseverar y que, aunque haya tristeza porque se van algunos, llegan otros con amor», afirma.
En la misma línea de superación, David Cid, de la Diablada Nuestra Señora de Montserrat (parroquia Nuestra Señora de Montserrat), destaca que danzar es «representar la fe que uno tiene hacia la Virgen». A pesar de haber sufrido la dolorosa pérdida de los fundadores del baile, él y su hermana han continuado liderando con esfuerzo: «Ha sido difícil, pero si fuera fácil, todos estaríamos perfectos», reflexiona con sobriedad y esperanza.
Para la agrupación Diablada Nuestra Señora del Rosario (de la parroquia María Nuestra Señora del Molino), la fe también ha sido su ancla. Gilliams González señala que, tras perder a la mitad del baile hace tres años, el entusiasmo, el apoyo de su sacerdote y la oración a “nuestra Chinita” y al Señor los hizo repuntar. Gilliams define la esencia de esta vocación pastoral: «A veces nuestra fe flaquea y quizás, si alguien me pregunta de catolicismo, yo no voy a poder decirlo con palabras; pero cuando me coloco mi traje, cuando salgo a danzar, cuando salgo a proclamar el Evangelio fuera, ya eso es otra persona».
El llamado del tambor y la preparación del corazón El llamado de Dios y de la Virgen actúa de formas misteriosas y cautivadoras. Marta Peña, de la parroquia Divino Maestro y miembro del baile Compañía de María (quien viste el traje de “Diosito”), llevaba años sirviendo fielmente en la Iglesia como catequista y en la sacristía. Sin embargo, un día escuchó los bombos del baile religioso llegar a su comunidad. «El corazón empezó a latir, a sentirse una taquicardia y los pies se fueron solitos bailando, y desde ese día no he parado», confiesa. Para Marta, la promesa se toma por un motivo central: «Amamos a nuestra Virgen, es nuestra madre, nos protege y nunca nos desampara».
Este fervor requiere, por supuesto, de una profunda formación espiritual para no quedarse en lo meramente folclórico, sino para ser verdaderos evangelizadores. María Luisa León Lecaros, también de la parroquia Divino Maestro (sede Nuestra Señora de la Victoria, en el paradero 40 de Gran Avenida), subraya la importancia del compromiso. Tras una vida entera dedicada a la Iglesia y a la catequesis, fue invitada a participar y experimentó el rigor de la devoción: «Nos preparan (…) es un año más o menos que nosotros tenemos que estar para poder recibir la promesa que nos acredita a ser bailarina. Yo soy danzante».
Estos cinco testimonios nos edifican y nos muestran que, detrás de cada traje y cada coreografía, hay un corazón profundamente católico que busca la santidad en lo cotidiano y confía plenamente en la fidelidad al Magisterio y a la protección de María.

Fotografías gentileza de María Elena Laurence


