Octubre, Mes de la Familia

Recuperar la familia para construir el futuro

Chile necesita fortalecer la familia. Para vivir en paz, educar a sus hijos y sostener la solidaridad entre generaciones, debe cuidar el lugar donde esas capacidades comienzan a formarse. La familia merece un lugar central en nuestras prioridades culturales, en las políticas públicas y en la misión de la Iglesia.

Desde la antropología cristiana, la persona posee una dignidad anterior a cualquier reconocimiento del Estado y está llamada al amor y a la comunión. La familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer constituye una comunidad de vida y amor, abierta a los hijos y sostenida por un compromiso libre, fiel y permanente. Sus elementos esenciales son la alianza conyugal, la apertura a la vida, la responsabilidad parental y la solidaridad entre generaciones. Los hijos son un don; su llegada no condiciona el valor del matrimonio, y cada uno merece acogida, protección y amor.

En el hogar aprendemos que la libertad implica responsabilidades y que amar exige perseverar. Allí se cultivan la verdad, la justicia, el respeto, la fidelidad, el trabajo, el servicio y el perdón. Estas virtudes se transmiten cuando los adultos cumplen su palabra, resuelven los conflictos sin humillar y cuidan a quienes necesitan ayuda.

Para los cristianos la fe se transmite mediante la oración, el Evangelio, la Eucaristía y la confianza en Dios ante las dificultades. Los padres son los primeros educadores, acompañados por los abuelos y la comunidad eclesial. La catequesis necesita continuidad en el hogar para convertirse en una herencia viva.

La realidad chilena muestra cuánto debemos avanzar. Según datos seguros, alrededor del 78% de los nacimientos ocurre fuera del matrimonio. Esa cifra invita a recuperar el valor del compromiso conyugal, aunque no permite concluir que esos niños carezcan de estabilidad o de padres presente. El estado civil y la calidad de los vínculos son realidades distintas. Todos los hijos poseen igual dignidad y derecho al cuidado.

Más doloroso es el abandono de las responsabilidades parentales. En julio de 2025, había más de 270.000 personas inscritas en el Registro de Deudores de Pensiones de Alimentos. La cifra revela una grave irresponsabilidad económica, aunque no mida la ausencia afectiva. Ser padre exige sustento, tiempo, acompañamiento y una presencia confiable. Demasiadas madres asumen solas obligaciones que deberían compartirse. Información oficial. La violencia es otra herida profunda. En la encuesta de 2024, el 20,3% de las mujeres declaró haber sufrido violencia física, psicológica o sexual. Se trata de un problema de evidente gravedad. Defender la familia exige proteger a las víctimas y responsabilizar a los agresores.

Chile necesita una política familiar sostenida, con recursos y objetivos verificables. El mandato constitucional de proteger y fortalecer a la familia debe traducirse en vivienda, empleo compatible con la crianza, apoyos económicos por hijos, servicios de cuidado y reconocimiento de quienes atienden a personas dependientes. También debe promover el compromiso matrimonial, la responsabilidad compartida y el apoyo temprano ante las crisis. Los beneficios deben favorecer la estabilidad sin desamparar a las familias monoparentales ni perjudicar a sus hijos.

La Iglesia debe ofrecer preparación matrimonial, acompañamiento a los matrimonios y formación para la paternidad y la maternidad. Las parroquias han de ser comunidades donde las familias encuentren amistad, ayuda concreta y caminos para transmitir la fe. Su credibilidad crecerá cuando esa defensa se traduzca en cuidado.

Recuperar terreno significa hacer posible y deseable una vida familiar estable, generosa y abierta a la esperanza. Requiere compromisos personales, perseverancia pastoral y políticas que reconozcan el valor de criar, educar y cuidar. El futuro de Chile y la vitalidad de la Iglesia se construyen también en hogares donde cada persona sea acogida y aprenda a amar.

+Juan Ignacio


Editorial Octubre Periódico ISB