Homilía Confirmaciones en los colegios Nocedal y Almendral de la Pintana y Alto Maipo de Puente Alto

Homilía Confirmaciones en los colegios Nocedal y Almendral de la Pintana y Alto Maipo de Puente Alto

Iglesia Rectoral de San Josemaría

3 de octubre de 2026.

            Queridos jóvenes de los colegios Nocedal, Almendral y Puente Maipo; queridos padres, padrinos, profesores y familias:

Hoy es un día único en la vida de cada uno de ustedes. No es simplemente una ceremonia importante del colegio ni una etapa más dentro de su formación cristiana. Hoy sucede algo verdadero y profundo en el alma de cada uno: Jesucristo les entrega de una manera nueva el don de su Espíritu Santo. Por la imposición de las manos y la unción con el santo Crisma, el Señor los fortalece para que puedan vivir como cristianos adultos, dar testimonio de su fe y permanecer firmes junto a Él.

El Evangelio que acabamos de escuchar nos habla de una viña. Un propietario prepara cuidadosamente su viña: la planta, la protege, construye una torre y un lagar, y después la confía a unos viñadores. Cuando llega el tiempo de recoger los frutos, manda a sus servidores. Pero aquellos hombres olvidan algo fundamental: la viña no les pertenece. La han recibido para cuidarla y para hacerla fructificar.

Esta parábola nos ayuda mucho a comprender lo que sucede hoy. También a cada uno de ustedes Dios le ha confiado una viña.

Su propia vida es una viña de Dios.

Él les ha dado la vida, una familia, capacidades, inteligencia, amigos, oportunidades, una educación, la fe y tantos dones. Nada de esto nos pertenece de manera absoluta. Lo hemos recibido para hacerlo fructificar.

Por eso, la pregunta que atraviesa el Evangelio también puede dirigirse hoy a cada confirmando: ¿qué frutos dará tu vida?

Dios no espera simplemente que conservemos lo recibido. Espera frutos.

Frutos de fe. Frutos de trabajo. Frutos de generosidad. Frutos de servicio. Frutos de pureza de corazón. Frutos de justicia Frutos de caridad.

Y precisamente para que puedan dar esos frutos, hoy reciben de manera nueva al Espíritu Santo.

Jesús dice al final del Evangelio: «El Reino de Dios será entregado a un pueblo que produzca sus frutos». La Confirmación significa que Dios confía nuevamente en ustedes. Les dice: “Te entrego mi viña; quiero que produzcas fruto”.

Quizás dentro de algunos años olviden muchos detalles de este día: algunas palabras, quién estaba sentado a su lado o incluso alguna fotografía. Pero lo que Dios hace hoy permanece. La Confirmación imprime en el alma un sello espiritual que no se borra. El Señor les dice personalmente: “Te necesito como testigo mío. Quiero contar contigo”.

Pero el Evangelio contiene también una advertencia.

Los viñadores terminaron comportándose como si la viña fuera suya. Quisieron vivir sin el dueño.

También nuestro mundo puede caer en esa tentación: vivir como si Dios no existiera; pensar que nuestra vida es solamente nuestra y que podemos hacer con ella lo que queramos.

Y ustedes viven en un mundo lleno de posibilidades extraordinarias, pero también de dificultades muy reales.

Está la presión por hacer lo que todos hacen. La preocupación excesiva por la apariencia. El deseo de aprobación en las redes sociales. La dependencia de las pantallas. La soledad en medio de una comunicación permanente. El consumismo. La sexualidad separada del verdadero amor. Las drogas y otras dependencias. La violencia. El individualismo. La indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Y, quizá una de las tentaciones más profundas, vivir como si Dios no fuera necesario.

Frente a todo eso, hoy reciben una fuerza que no procede simplemente de su carácter: reciben al Espíritu Santo.

Jesús prometió: «Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes y serán mis testigos» (cf. Hch 1,8).

El Espíritu Santo les entrega sus dones.

Necesitan sabiduría para distinguir aquello que realmente vale la pena.

Necesitan entendimiento para comprender cada vez más profundamente la fe.

Necesitan consejo cuando tengan que tomar decisiones difíciles.

Necesitan fortaleza para defender el bien cuando los demás piensen de otra manera.

Necesitan ciencia para contemplar el mundo sin olvidar a su Creador.

Necesitan piedad para tratar a Dios verdaderamente como Padre.

Y necesitan temor de Dios, no como miedo, sino como el deseo de no separarse nunca de quien sabemos que nos ama.

Pero estos dones tienen que dar fruto.

Y aquí aparece algo profundamente unido al espíritu de san Josemaría: la santidad no se vive solamente dentro de una iglesia. La viña del Señor está también en la sala de clases, en la familia, en el deporte, entre los amigos, mañana en la universidad y después en el trabajo profesional.

San Josemaría enseñó con particular fuerza que todos estamos llamados a la santidad y que podemos encontrar a Dios precisamente en las cosas ordinarias de cada día.

¿Cómo hacer fructificar entonces esa viña que Dios les confía? Quisiera señalarles cuatro caminos muy concretos.

El primero: la Santa Misa del domingo. No abandonen nunca la Misa dominical.

La Eucaristía es el alimento de la viña. Sin Cristo, nuestra fe termina debilitándose. Él mismo nos lo ha dicho: «Sin mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5).

Vendrán estudios, viajes, deportes, fiestas y cansancio. Pero el domingo pertenece al Señor. En la Eucaristía encontramos nuevamente a Cristo, escuchamos su Palabra y recibimos su Cuerpo.

El segundo camino: el trabajo bien hecho.

Para ustedes, hoy, ese trabajo es principalmente el estudio.

Estudiar con responsabilidad, aprovechar el tiempo, cumplir los deberes, terminar bien una tarea, ayudar a un compañero: todo eso puede convertirse en ofrenda a Dios.

San Josemaría enseñaba que el trabajo ordinario puede transformarse en camino de santidad.

Por eso, no estudien solamente para obtener una buena nota. Cultiven la viña que Dios les ha entregado. Desarrollen sus talentos para poder ponerlos algún día al servicio de los demás.

El tercer camino es la amistad y la caridad.

Una vida cristiana que no produce amor al prójimo es una viña sin frutos.

Sean buenos amigos. Sepan escuchar. Defiendan al que está solo. No participen en burlas. No hablen mal de los demás. Dense cuenta cuando un compañero necesita ayuda.

Y miren también más lejos. Hay personas pobres, enfermas, ancianas y solas. Hay familias que pasan dificultades. Hay jóvenes que han perdido la esperanza.

El Espíritu Santo no nos encierra en nosotros mismos: ensancha nuestro corazón.

Nuestra preocupación cristiana tiene que alcanzar a los cercanos y también a los lejanos.

Y el cuarto camino: hablen con Dios todos los días.

La viña necesita agua. El alma necesita oración.

Cinco minutos, diez minutos. Hablen con Jesús. Cuéntenle sus dificultades. Denle gracias. Pídanle ayuda.

La vida cristiana no consiste en no equivocarse nunca. Consiste en volver siempre al Señor cuando hemos caído.

Hay, además, una frase muy fuerte en el Evangelio de hoy. Jesús habla de la piedra que desecharon los constructores y que se convirtió en piedra angular. Esa piedra es Cristo.

Y ésta es quizá la pregunta decisiva de esta Confirmación: ¿sobre qué piedra quieren construir su vida?

Podemos construir sobre el éxito, sobre el dinero, sobre la apariencia o sobre la opinión de los demás. Pero todas esas cosas cambian.

Cristo permanece.

Por eso, queridos jóvenes, construyan su vida sobre Jesucristo.

Ésta es también una enseñanza esencial de san Josemaría: Cristo debe estar en el centro de toda la vida cristiana. No solamente en algunos momentos. También en el estudio, en las amistades, en los proyectos, en las decisiones y en el futuro profesional.

Dentro de algunos momentos me acercaré a cada uno de ustedes y, trazando sobre su frente la señal de la cruz con el santo Crisma, les diré:

«Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo».

Piensen entonces:

            Señor, esta vida que me has dado es tu viña. Ayúdame a cuidarla. Ayúdame a producir buenos frutos. Dame tu Espíritu Santo para que nunca me separe de Ti.

Y hoy tenemos además una presencia especialmente hermosa.

Desde este precioso cuadro de nuestra Iglesia Rectoral la Virgen nos mira.

Ella fue la criatura que dio los frutos más hermosos porque dejó actuar plenamente al Espíritu Santo en su vida.

Ella estuvo con los Apóstoles esperando Pentecostés.

Ella estaba allí cuando descendió el Espíritu Santo sobre la Iglesia.

Y hoy está también espiritualmente junto a ustedes.

Mírenla y pídanle:

Madre, enséñame a escuchar al Espíritu Santo. Ayúdame a que mi vida produzca frutos buenos. Ayúdame a permanecer siempre junto a Jesús.

Queridos confirmandos de Nocedal y Almendral:

Dios les ha entregado una viña preciosa: su propia vida.

Hoy les da además la fuerza de su Espíritu para cultivarla.

No tengan miedo de ser cristianos.

No tengan miedo de vivir de manera distinta cuando sea necesario.

No tengan miedo de defender el bien.

No tengan miedo de trabajar seriamente.

No tengan miedo de ayudar a quienes los necesitan.

Y, sobre todo, no tengan miedo de colocar a Jesucristo como piedra angular de su vida.

Que cuando el Señor venga a buscar los frutos de esta viña encuentre en cada uno de ustedes una vida llena de fe, de trabajo bien hecho, de amistad, de generosidad y de amor.

Que encuentre una vida verdaderamente cristiana.

Amén.