Homilía para el Te Deum de Fiestas Patrias 2026

Homilía para el Te Deum de Fiestas Patrias 2026.
Iglesia Catedral de San Bernardo
17 de septiembre de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Nos reunimos para dar gracias a Dios en un nuevo aniversario de la Independencia Nacional. Lo hacemos contando con la presencia de las más altas autoridades de la nación, encabezados por S.E. el Presidente de la Republica y su esposa, los expresidentes de la República, ministros de Estado, nuestro Alcalde y su esposa, el Concejo Municipal, la Delegada Presidencial, las altas autoridades de las Fuerzas Armadas y de Orden, de Gendarmería y del Cuerpo de Bomberos, y todas las autoridades civiles, de las confesiones religiosas, del voluntariado y la presencia numerosa del pueblo de Dios. Arriba esta Dios nuestro Señor, a quien rendimos culto, debajo, en la cripta de la Catedral, los héroes de nuestra Patria, a quienes visitaremos al final de esta celebración, en una costumbre sagrada de nuestra comuna y diócesis.

Damos gracias por Chile, por su historia, por quienes nos precedieron y por los bienes materiales y espirituales que hemos recibido. Elevamos nuestra oración por el presente y el futuro de nuestra Patria, por sus autoridades, por sus familias y por todos aquellos que trabajan para hacer de ella una tierra de paz, justicia y esperanza, una patria “fuerte, principal y poderosa”, como escribió el poeta de Arauco.

La acción de gracias no nos aparta de la realidad: nos invita a mirarla con verdad y con la confianza de quienes saben que Dios no abandona a su pueblo. En medio de un mundo quebrado por guerras, enfrentamientos y divisiones, también nosotros debemos cuidar la unidad esencial que hemos recibido y construir juntos el país que queremos entregar a las próximas generaciones, asentado sobre fundamentos morales verdaderos y perennes. ¡Este es el gran empeño común que debe animarnos y al cual llamo a todos los presentes¡

  1. Una patria que debemos construir sobre los fundamentos morales.

La imagen de Nehemías, de la primera lectura, resulta especialmente iluminadora. Al conocer la destrucción de Jerusalén, sus murallas derribadas y sus puertas destruidas, después de setenta años de destierro del pueblo de Israel, el profeta no se limita a lamentarse. Escucha el dolor de su pueblo, ora ante Dios y después convoca a todos para emprender la reconstrucción. Esa reconstrucción material es una imagen de otra reconstrucción: la moral, que no es otra cosa a que volver a la ley de Dios recibida por Moises y que nosotros, igual que el pueblo de Israel, muchas veces hemos abandonado u olvidado.

«¡Vengan, reconstruyamos la muralla de Jerusalén!» (Ne 2,17), grita Nehemías. Cada familia, cada grupo y cada persona asume una parte de la obra. La ciudad vuelve a levantarse porque sus habitantes comprenden que su destino está unido. Pero ¿qué es lo que los une? No los ladrillos, las piedras y puertas: los une volver a los fundamentos esenciales de la ley de Dios. Y eso hermanos, es lo único que puede conducir a la unidad de un pueblo. Nehemías comprendió que era necesario reconstruir al pueblo desde dentro. Entonces convocó una gran asamblea en la que se leyó públicamente la Ley de Dios: “Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo” (Ne 8,5). Este escuchó, lloró al reconocer sus pecados y renovó la Alianza. “No estén tristes, – le dijo el profeta – porque la alegría del Señor es la fortaleza de ustedes” (Ne 8,10). La renovación incluyó: la observancia del sábado; el sostenimiento del culto y del Templo; la corrección de injusticias sociales; la condonación de deudas abusivas; la defensa de los pobres; la fidelidad a la Alianza y la reorganización de la vida comunitaria.

También nosotros necesitamos hoy esta disposición. Nuestra Patria no es solamente el territorio que habitamos, ni una suma de intereses individuales. Es una comunidad humana formada por una historia compartida, por vínculos de solidaridad, por una cultura y por la responsabilidad de caminar juntos hacia un futuro que debemos construir. La patria se funda y se renueva en ese camino común que nos une y nos impulsa, pero ese camino tiene raíces morales. Y no son otras que la ley de Dios, siempre presente, siempre vigente, pero no siempre vivida.

San Agustín, al reflexionar sobre la ciudad y la convivencia humana, enseña que la paz de la ciudad es la «concordia ordenada de los ciudadanos en el mandar y obedecer» (La ciudad de Dios, XIX, 13). Ese “mandar y obedecer”, se funda en la ley de Dios, que trasciende religiones o concepciones ideológicas.

Hermanos y hermanas, las legítimas discrepancias políticas, sociales o culturales no deben hacernos olvidar que somos compatriotas. ¡Somos hermanos! Podemos pensar distinto sin convertirnos en enemigos. Ningún proyecto particular puede situarse por encima de la paz, la justicia y el bien común de Chile y esa construcción será efímera sino se apoya en su verdadero fundamento, los mandamientos de la ley de Dios.

  1. Valor y límites de la democracia

La democracia es una forma política valiosa y, en las sociedades modernas, difícilmente sustituible; pero no es una instancia moral absoluta. La mayoría puede decidir muchas cosas, pero no puede decidir qué es el bien y qué es el mal, ni disponer de la dignidad fundamental de la persona[1].

Las reglas democráticas son un procedimiento para adoptar decisiones, no el fundamento último de su legitimidad moral. Hay bienes humanos que no pueden someterse legítimamente a votación. Desde la perspectiva de la doctrina social, el hecho de que una norma haya sido aprobada democráticamente por mayoría no basta para convertirla en una norma justa.

Por esta razón la democracia necesita límites que ella misma no puede producir. Si todo pudiera decidirse por mayoría, también podrían someterse a votación la dignidad humana, la vida inocente o los derechos fundamentales. La experiencia histórica demuestra el peligro de una concepción puramente procedimental de la democracia.

Por eso, se distingue entre legalidad y legitimidad moral. Santo Tomás de Aquino enseña que la ley humana tiene verdadera fuerza de ley en cuanto deriva de la ley natural; cuando se aparta de ella, deja de ser, en sentido pleno, una ley justa y se convierte en una corrupción de la ley (Summa Theologiae, I-II, q. 95, a. 2; q. 96, a. 4). San Agustín había formulado el principio de manera aún más tajante: «No parece que sea ley la que no fuere justa» (De libero arbitrio, I, 5). La democracia puede decidir impuestos, presupuestos, procedimientos administrativos o innumerables cuestiones prudenciales. Pero no puede disponer legítimamente de aquello que pertenece a la dignidad esencial de la persona, no puede permitir la eliminación directa de una vida ya concebida, ni puede autorizar que una persona preste su cuerpo para engendrar a otra, que será entregada a una tercera que la ha encargado, como si tratara de una cosa.

Juan Pablo II llevó esta cuestión directamente al terreno democrático y advirtió que cuando el Estado deja de reconocer una verdad objetiva acerca de la persona y sus derechos, existe el peligro de que la democracia se transforme en un mero mecanismo de intereses y mayorías. Su formulación es particularmente fuerte: enseña “una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto[2].

Por eso es necesario dar a nuestra democracia un fundamento que la proteja de su propia degeneración. Los derechos fundamentales no existen porque una mayoría los conceda. La mayoría debe reconocerlos porque pertenecen previamente a la persona. Como enseñó Benedicto XVI ante el Bundestag alemán en 2011, para las cuestiones fundamentales del derecho “el principio de la mayoría no basta”; puso precisamente el ejemplo de la resistencia contra el régimen nazi para mostrar que existe un derecho y una justicia anteriores a la voluntad positiva del Estado.

La verdadera democracia necesita una referencia a la verdad sobre el hombre. De lo contrario, la voluntad de la mayoría termina convirtiéndose en criterio de verdad y justicia, y la democracia puede degenerar en lo que podríamos llamar una tiranía de la mayoría. Y esa verdad sobre la sociedad y la persona humana, está contenida en los 10 mandamientos de la Ley de Dios, que todos conocemos y están inscritos en nuestra propia conciencia.

La democracia, por tanto, necesita una base prepolítica y moral. Para proteger la tolerancia democrática se afirma, a veces, que el Estado debe considerar igualmente relativas todas las concepciones acerca de la verdad y del bien. Pero llevado hasta sus últimas consecuencias, ese principio termina dejando como única fuente efectiva del derecho la voluntad de quien posee la mayoría, hasta dejar a la decisión política, los derechos humanos esenciales, que terminan dependiendo de consensos cambiantes. Verdad y democracia no se contraponen, sino que requieren cierto fundamento esencial sobre la persona humana. Ello constituye la condición para que la democracia no degenere en dominio del más fuerte o en tiranía democrática.

Estas consideraciones aparecen especialmente necesarias, a la luz de las nuevas corrientes ideológicas como el transhumanismo y el posthumanisno[3]. Leon XIV lo describe como un conjunto de corrientes que comparten dos presupuestos: “la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana”. El transhumanismo pretende conseguir una especie de “hombre mejorado” o potenciado mediante la biomedicina, la ingeniería corporal, los dispositivos tecnológicos y algoritmos, aumentando sus capacidades físicas e intelectuales. El posthumanismo da un paso todavía mayor: imagina que podría llegarse a una hibridación entre hombre, máquina y ambiente hasta alcanzar una nueva etapa evolutiva en la cual, de algún modo, el hombre habría superado al hombre.

Estas nuevas realidades ya están entre nosotros y en poco tiempo deberán ser abordadas por quienes regulan mediante las leyes nuestra convivencia democrática. Si no la fundamos en una verdadera ética del ser humano, veremos muchas injusticias, que en nada contribuirán al bien de Chile. La respuesta de la ética cristiana es clara: no superar al hombre, sino llevarlo a su plenitud: la persona humana está llamada ciertamente a superarse, pero no dejando de ser hombre o mujer, sino llegando a la plenitud de su humanidad en Cristo, porque “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. La verdadera grandeza humana no consiste en convertirnos en seres técnicamente superiores, sino en alcanzar la plenitud de aquello para lo cual hemos sido creados.

En estas consideraciones sobre el valor y los límites de la democracia, hay elementos muy necesarios para abordar decisiones que ya hemos adoptado, como la de permitir en aborto en ciertos casos y otras que están por estudiarse como la eutanasia, la eugenesia, la maternidad subrogada y la reproducción artificial, la modificación genética y la inteligencia artificial.

  1. La lección de nuestra historia: superar las divisiones

Enfrentar las nuevas realidades requiere buscar con audacia aquello que es común a todos nosotros, que no es otra cosa que la verdad moral sobre la persona humana, abandonando diferencias estériles y pasajeras y que hoy se manifiestan fuertemente en la vida política de nuestro país y muchas veces son motivo escándalo y lejanía para el pueblo sencillo.

Nuestra propia historia nos ofrece una enseñanza cercana. Aquí, en tierras de San Bernardo, el 26 de agosto de 1814 se libró el Combate de las Tres Acequias. En aquel enfrentamiento, las divisiones entre los patriotas llegaron hasta las armas y derramaron sangre de chilenos. Las fuerzas de Bernardo O’Higgins y las de los hermanos Carrera combatieron entre sí, mientras la causa de la independencia se encontraba gravemente amenazada y la Patria semi destruida.

Poco después, ante el avance de las fuerzas realistas, Bernardo O’Higgins y José Miguel Carrera buscaron la reconciliación y reunieron sus fuerzas para enfrentar el peligro común. Aun después de un enfrentamiento doloroso, comprendieron que era necesario unirse por una causa superior. ¡Ese es el camino de Chile y de cada uno de nosotros! Su enseñanza es más profunda: las discordias internas pueden debilitar a una nación hasta poner en riesgo aquello que todos desean defender.

Los padres de la Patria, con sus grandezas y limitaciones, nos recuerdan que la independencia no fue una empresa individual. O’Higgins, Carrera, y tantos otros, desde distintas circunstancias y visiones, contribuyeron a una obra que los trascendía. Su ejemplo nos invita a comprender que el amor a Chile exige, muchas veces, sacrificar el orgullo, la ventaja personal y la pretensión de imponer la propia voluntad.

Hoy no enfrentamos las mismas circunstancias de 1814, pero sí tenemos desafíos que requieren una respuesta común. La violencia, el narcotráfico, el crimen organizado, la inseguridad de las familias, la falta de trabajo y la desconfianza social no pueden convertirse en ocasiones para profundizar las divisiones. Son problemas que exigen acuerdos, instituciones sólidas, autoridades responsables y una ciudadanía comprometida.

  1. No dejarnos vencer por el temor

Nehemías conoció también el miedo. Los enemigos de Jerusalén amenazaban a quienes reconstruían la ciudad, y el pueblo comenzaba a desfallecer. Entonces pronunció estas palabras: “¡No les temáis! Acuérdense del Señor, grande y terrible, y luchen por sus hermanos, sus hijos y sus hijas, por sus mujeres y sus casas” (Ne 4,8).

También nosotros debemos rechazar dos tentaciones: la resignación de quienes piensan que nada puede cambiar y la actitud de quienes se limitan a comentar las ruinas, buscando culpables sin comprometerse en la reconstrucción. La esperanza cristiana no es pasividad. Es la certeza de que, con la ayuda de Dios, el bien puede abrirse camino incluso en medio de las dificultades. ¡Este es y ha sido el camino de Chile y de cada uno de nosotros, empezando por las autoridades que hoy nos presiden!

No podemos acostumbrarnos a que una madre tema por el regreso de sus hijos al hogar, a que los adultos mayores permanezcan encerrados en sus casas por miedo, a que el comerciante viva bajo amenazas o a que en algunos lugares el narcotráfico pretenda imponer su propia ley. Tampoco podemos resignarnos a que tantos hogares sufran por la falta de empleo y de oportunidades.

La respuesta exige justicia, seguridad y el legítimo ejercicio de la autoridad. Pero requiere también educación, trabajo digno, familias fortalecidas, comunidades organizadas y personas dispuestas a servir. El mal se combate con la fuerza de la ley y con la fuerza moral de una sociedad que no renuncia a sus valores.

Para los cristianos existe una razón todavía más profunda para no sucumbir al miedo: Jesucristo ha vencido al pecado y a la muerte. Él nos dice: “En el mundo tendrán tribulación, pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). La esperanza no nos asegura que no habrá dificultades; nos asegura que ninguna dificultad tiene la última palabra cuando permanecemos unidos a Cristo y procuramos cumplir su divina ley.

 

 

  1. Cada uno reconstruye una parte de la muralla

La reconstrucción de la Patria no corresponde solamente a las autoridades. Cada uno tiene una parte de la muralla que levantar. El gobernante, mediante el servicio al bien común; el legislador, buscando acuerdos justos; el juez, haciendo respetar la justicia y viviendo personalmente una vida coherente con su misión.; las Fuerzas Armadas y de Orden, cumpliendo fielmente sus tareas; el profesor, educando; el empresario, creando trabajo digno y pagando una justa remuneración; el comunicador, buscando la verdad, sin dejarse llevar por las ideologías; la familia, formando personas capaces de amar y servir.

También la Iglesia tiene una responsabilidad propia, primero con el ejemplo de sus ministros de llevar una vida justa y religiosa, que atraiga por la coherencia entre lo que se enseña y lo que se vive. No le corresponde sustituir las tareas de las instituciones civiles, pero sí anunciar el Evangelio, formar las conciencias, promover la dignidad de toda persona y contribuir a que la convivencia nacional esté animada por la verdad, la justicia, el perdón, la caridad y la compasión.

En este aniversario, la pregunta no debe ser únicamente qué esperamos de Chile, sino qué estamos dispuestos a entregar nosotros por Chile. ¿Qué es parte de la muralla nos corresponde reconstruir? ¿Qué podemos hacer para que nuestra familia, nuestro barrio, nuestro trabajo y nuestras instituciones sean lugares de mayor confianza y fraternidad?

  1. Bajo el manto de la Madre del Carmen

Queridos hermanos, en este año en que recordamos el centenario de la coronación de la Virgen del Carmen como Reina y Patrona de Chile, volvemos nuestra mirada hacia Ella. La Madre del Carmen ha acompañado la historia de nuestra Patria y continúa acogiendo bajo su manto a todos sus hijos, sin distinción de origen, condición social o pensamiento político.

Al concluir, hagamos nuestra la invitación de Nehemías: levantémonos y construyamos juntos la Patria amada. Con la ayuda de Dios, piedra sobre piedra, persona junto a persona, podemos fortalecer nuevamente los vínculos que hacen de Chile una Patria hermosa y única. La casa común, donde hay un lugar para cada uno y cada uno tiene su lugar.

No olvidemos las palabras del salmista: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal 127 [126], 1). Que sea Dios quien sostenga nuestros esfuerzos, ilumine a quienes gobiernan y nos conceda la gracia de construir juntos una Patria fundada en la verdad, la justicia, la caridad y la paz.

Que así sea.

+Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo

[1] J. Ratzinger desarrolla esta cuestión especialmente en “Iglesia, ecumenismo y política, Verdad, valores, poder, Fe, verdad y tolerancia, en su diálogo con Jürgen Habermas de 2004 y, ya como Benedicto XVI, en diversos discursos sobre el Estado de derecho.

[2] Cfr.Centesimus annus, 46; retomado en Evangelium vitae, 70

[3] Leon XI en Magnifica humanitas dedica expresamente los nn. 115-129 al transhumanismo y