Fiestas Patrias: volver a encontrarnos.

 

En 1814, cuando la causa de la independencia se encontraba gravemente amenazada, las divisiones entre los propios patriotas llegaron hasta el enfrentamiento armado. El Combate de las Tres Acequias, librado el 26 de agosto de aquel año aquí en nuestra misma tierra de San Bernardo, enfrentó entre si a chilenos que, pocas semanas después, tendrían que combatir juntos frente a un peligro mayor. Bernardo O’Higgins y José Miguel Carrera, con conocidas discrepancias, comprendieron que la amenaza que se aproximaba exigía dejar de lado sus diferencias y reunir fuerzas para la defensa común. Ese día, en un hecho inusitado, volvieron juntos a Santiago y alojaron en la misma casa. Aquel episodio conserva una enseñanza que atraviesa el tiempo: cuando la patria está amenazada, hay diferencias que deben saber ceder ante un bien superior. Chile necesita nuevamente esa sabiduría.

Las Fiestas Patrias son siempre una ocasión para volver la mirada hacia Chile, agradecer la patria que tenemos y preguntarnos qué país estamos construyendo para quienes vendrán. Son días para reconocernos como miembros de una misma comunidad nacional, unidos por una historia, una tierra, una cultura y un destino compartido.

En necesario reconocer que ya hace tiempo hay inquietud en muchas ambientes y familias. Las divisiones políticas siguen siendo profundas y las controversias, que no tocan lo sustancial, ocupan las energías mas que los verdaderos problemas del país. Las diferencias propias de una democracia se convierten en enfrentamientos permanentes, mientras cuestiones urgentes esperan.

Entre ellas está, en primer lugar, la seguridad de las personas. El delito ha adquirido formas violentas que no conocíamos. Se han añadido la presencia de bandas organizadas, vinculadas al narcotráfico y otras formas graves de criminalidad. Son realidades que amenazan la convivencia social y, finalmente, la autoridad misma de la ley y quienes la deben ejercer, hasta llegar a las amenazas de muerte.

Hay que reconocer los esfuerzos que realiza la autoridad para reforzar las leyes y procedimientos y dotar al Estado y a las policías de mejores instrumentos para combatir estas amenazas. Pero ante problemas de esta gravedad no basta la voluntad de un gobierno, de un sector político o de una institución determinada. Chile necesita acuerdos. Existe una legítima exigencia dirigida a quienes tienen responsabilidades legislativas: ponerse de acuerdo en aquello que es indispensable para proteger la vida, la libertad y la seguridad de nuestros compatriotas.

Quienes más sufren las consecuencias de estas situaciones son los sencillos, las familias trabajadoras de las periferias urbanas, donde la vida cotidiana se ha vuelto difícil. Son las madres que temen cuando sus hijos regresan tarde; los adultos mayores que están encerrados; los comerciantes bajo amenaza; los jóvenes que ven cómo en algunas villas el narcotráfico impone su propia ley, apropiándose de espacios que pertenecen a todos. No podemos acostumbrarnos a que haya lugares de Chile donde las personas honestas vivan con miedo, mientras los violentos ocupan el espacio público. Recuperar esos barrios no es solamente una tarea policial. Requiere la presencia efectiva del Estado, escuelas capaces de educar, familias apoyadas, comunidades organizadas, iglesias y organizaciones sociales activas, oportunidades para los jóvenes y una decidida reconstrucción del tejido comunitario.

A ello se agrega otra preocupación que golpea a muchos hogares: la falta de trabajo. Quien pierde su empleo no pierde solamente un ingreso. Una sociedad que quiera vivir en paz necesita crear condiciones para que haya inversión, emprendimiento y trabajo digno. El empleo continúa siendo una de las formas más importantes de integración social y una fuente fundamental de dignidad para la persona y su familia.

Necesitamos recuperar la conciencia de que antes de pertenecer a una corriente política o posición ideológica o a un determinado sector social, pertenecemos a una misma patria. Hay cuestiones anteriores y superiores a esas diferencias: la paz social, el respeto a la ley, la seguridad de las familias, la protección de los niños y jóvenes frente al narcotráfico, la posibilidad de trabajar honradamente y la defensa de nuestras instituciones. En torno a ellas debemos ser capaces de encontrarnos. Necesitamos unidad. No una que silencie las legítimas diferencias, sino aquella unidad superior que permite reconocernos nuevamente como compatriotas.

A la Virgen del Carmen, Reina y Madre de Chile, cuya fiesta celebramos el último domingo de septiembre, encomendamos la unidad de nuestra Patria.

+Juan Ignacio