Homilia en la fiesta Patronal de la Parroquia San Agustín de Calera de Tango
28 de agosto 2026
San Agustín ante los desafíos de nuestro tiempo
Queridos hermanos y hermanas.
Celebrar a san Agustín no significa solamente recordar a uno de los grandes maestros del pasado. Significa escuchar a un hombre que conoció extraordinariamente bien el corazón humano y que, precisamente por eso, tiene mucho que decirnos sobre los peligros que hoy amenazan nuestra fe.
Agustín buscó apasionadamente la felicidad. La buscó en las ideas, en el prestigio, en los afectos y también en los placeres. Hasta que descubrió que ninguna realidad creada podía llenar completamente su corazón. Por eso comienza sus Confesiones con aquellas palabras que atraviesan los siglos: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones, I, 1, 1).
También nuestro tiempo tiene un corazón inquieto. Pero muchas veces intenta apagar esa inquietud buscando respuestas lejos de Dios.
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Cuando el sentimiento ocupa el lugar de la verdad. Un primer peligro es el sentimentalismo.
Hoy fácilmente se piensa que algo es bueno porque lo siento como bueno; que algo es verdadero porque coincide con mis deseos; o que tengo derecho a algo simplemente porque lo deseo intensamente.
San Agustín, que fue un hombre de extraordinaria sensibilidad, nunca desprecia los afectos. Pero sabe que también nuestros afectos necesitan conversión. Toda su doctrina moral está atravesada por una gran cuestión: el orden del amor, el ordo amoris. No se trata de amar menos, sino de amar bien: amar a Dios sobre todas las cosas y, desde Él, amar rectamente todo lo demás. No todo lo que deseo me hace bien. No todo lo que me agrada es verdadero. No todo lo que espontáneamente rechazo es malo.
Por eso el cristiano no pregunta solamente: «¿Qué siento?». Pregunta también: «¿Qué es verdadero? ¿Qué es bueno? ¿Qué quiere Dios de mí?» La fe no puede acomodarse continuamente a nuestros sentimientos. Somos nosotros quienes debemos dejar que nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestros afectos sean transformados por Cristo.
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El transhumanismo: ¿perfeccionar al hombre o superar al hombre?
Aquí aparece uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. El Papa León XIV lo ha abordado expresamente en su encíclica Magnifica humanitas, al hablar del transhumanismo y del posthumanismo. El Papa explica que, aunque existen diversas corrientes, las une «la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana» (Magnifica humanitas, 116). El transhumanismo aspira a potenciar al hombre mediante la biomedicina, la ingeniería del cuerpo, los dispositivos y los algoritmos, aumentando sus capacidades y su rendimiento.
Y León XIV advierte que el verdadero problema no es la tecnología en sí misma. La cuestión decisiva es la concepción del hombre que está detrás de ella.
Dice el Papa: «El punto crítico […] no es el uso de la técnica en cuanto tal, sino la visión que allí subyace» (Magnifica humanitas, 117).
Esta distinción es fundamental. La Iglesia no teme a la ciencia. No rechaza la medicina. No se opone al progreso tecnológico. La inteligencia humana es un maravilloso don de Dios y debemos emplearla para curar enfermedades, aliviar sufrimientos, mejorar las condiciones de vida y servir al hombre. El problema comienza cuando pasamos de curar al hombre a querer redefinir al hombre.
Cuando el ser humano comienza a ser considerado simplemente como una materia imperfecta que podemos modificar, perfeccionar o superar técnicamente, aparece una pregunta terrible: ¿qué ocurre entonces con el débil, con el enfermo, con el anciano, con el discapacitado, con aquel que no alcanza los estándares de esa humanidad «potenciada»? Por eso León XIV advierte que, si tratamos al hombre como algo destinado a ser perfeccionado o superado, se vuelve más fácil considerar que algunas vidas son menos útiles, menos deseables o menos dignas (Magnifica humanitas, 117).
Y aquí san Agustín nos ayuda a llegar todavía más profundamente. El hombre ciertamente necesita ser transformado, pero no necesita dejar de ser hombre. El cristianismo también anuncia un hombre nuevo. Pero ese hombre nuevo no es producido por un algoritmo ni construido en un laboratorio; Nace de la gracia. Podemos prolongar la vida, pero no podemos darnos la vida eterna. Podemos aumentar nuestras capacidades, pero eso no nos hace necesariamente mejores. Podemos almacenar una cantidad gigantesca de información, pero eso no nos hace sabios. Podemos modificar nuestro cuerpo, pero ninguna tecnología puede perdonar un pecado. Podemos construir máquinas extraordinariamente poderosas, pero ninguna máquina puede responder por nosotros a la pregunta fundamental: ¿para qué he sido creado?
El Papa León XIV lo expresa de una manera profundamente cristiana: frente a la pretensión de superar técnicamente nuestros límites, la Encarnación nos muestra el camino contrario. Dios no desprecia nuestra humanidad ni huye de nuestra fragilidad: el Hijo de Dios desciende, asume nuestra condición humana y transforma nuestra debilidad en lugar de salvación (Magnifica humanitas, 232).
La verdadera plenitud del hombre, por tanto, no consiste en convertirse en posthumano. Consiste en llegar a ser, por la gracia, hijo de Dios.
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Frente al dominio de la tecnología: volver al hombre interior
Precisamente porque vivimos rodeados de pantallas, información, imágenes, algoritmos y estímulos, otra enseñanza de Agustín adquiere hoy una actualidad extraordinaria: «No quieras salir fuera; vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad» (De vera religione, 39, 72). Pero san Agustín inmediatamente añade algo que frecuentemente se omite: si descubres que tu propia naturaleza es mudable, «trasciéndete también a ti mismo».
Esto es fundamental. Agustín no nos está diciendo que entremos dentro de nosotros mismos para encontrar «mi verdad». Nos dice exactamente lo contrario. Entra dentro de ti, pero después trasciéndete, porque tú tampoco eres la medida última de la verdad. La verdad no la fabricamos nosotros. La reconocemos. La recibimos. Nos sometemos humildemente a ella. Y finalmente encontramos a Cristo, Maestro interior, que ilumina nuestra inteligencia.
Por eso, frente a la inteligencia artificial, la pregunta cristiana no puede ser solamente cuánto puede hacer una máquina, sino qué es aquello propiamente humano que nunca debemos entregar a una máquina. León XIV ha recordado que la inteligencia artificial debe permanecer como «un instrumento para el bien del ser humano» y no convertirse en algo que lo degrade, lo sustituya o determine su derrota. Nuestra vida vale más que cualquier algoritmo.
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Frente a la sensualidad: ordenar nuestros amores
Otro peligro evidente de nuestra época es la sensualidad desatada. Nuestra cultura nos repite constantemente: disfruta, experimenta, satisface tus deseos; no permitas que nadie ponga límites a tu libertad. Agustín conoció personalmente esta lucha. Su conversión no consistió en dejar de amar. Consistió en aprender a amar de otra manera. El problema comienza cuando una cosa buena ocupa el lugar de Dios. El placer es un bien, pero no es Dios. La sexualidad es un bien, pero no es Dios. El dinero puede ser un bien, pero no es Dios. El éxito puede ser un bien, pero no es Dios. Cuando convertimos un bien creado en el Bien absoluto, terminamos haciéndonos esclavos de aquello que pensábamos que nos haría libres.
Por eso la castidad, la templanza, el sacrificio y el dominio de sí no disminuyen al hombre. Lo hacen libre. La libertad cristiana no consiste simplemente en poder hacer lo que quiero. Consiste en llegar a ser capaz de querer lo que es bueno.
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Dos amores construyen dos ciudades
Aquí aparece una de las enseñanzas más impresionantes de san Agustín.En La Ciudad de Dios escribe: «Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de sí hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial» (La ciudad de Dios, XIV, 28). Esta frase parece escrita también para nuestro tiempo. Porque, en el fondo, detrás de muchos de los grandes debates contemporáneos está esta pregunta: ¿Qué lugar ocupa Dios y qué lugar ocupa el hombre? ¿Recibimos nuestra existencia como un don o creemos que somos nuestros propios creadores? ¿Reconocemos una naturaleza que nos ha sido dada o pensamos que podemos reconstruirla arbitrariamente?
Sigamos preguntándonos ¿Buscamos la verdad o queremos fabricar nuestra propia verdad? ¿Ponemos la técnica al servicio de la persona o terminamos poniendo a la persona al servicio de la técnica?
La antigua tentación del Génesis puede volver revestida de tecnología: «Seréis como dioses». El hombre quiere hacerse a sí mismo. Pero san Agustín nos recordaría: Antes de construirte, recuerda que has sido creado. Antes de poseerte, recuerda que te has recibido. Antes de decidir arbitrariamente qué quieres llegar a ser, pregúntate para qué te creó Dios.
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El peligro mayor: acostumbrarnos a vivir sin Dios
Y llegamos así al peligro que quizá está detrás de todos los demás: la prescindencia de Dios. Nuestra sociedad no necesita negar explícitamente a Dios. Le basta con organizar la vida como si Él no existiera. Podemos estudiar sin Dios. Trabajar sin Dios. Formar una familia sin Dios. Gobernar sin Dios. Divertirnos sin Dios. Comprender la sexualidad sin Dios.
Y finalmente intentar comprender al propio hombre sin Dios. San Agustín conoció esa experiencia. Y después pudo decir: «Tú estabas dentro de mí y yo fuera» (Confesiones, X, 27, 38).¡Qué descripción tan impresionante del hombre contemporáneo! Dios está cerca y nosotros buscamos lejos. Tenemos más medios de comunicación y podemos tener menos comunión. Tenemos más información y podemos tener menos sabiduría. Tenemos más posibilidades de elegir y podemos saber cada vez menos para qué vivimos. Tenemos más medios para prolongar la existencia y podemos haber olvidado cuál es su destino eterno. Porque ninguna criatura puede llenar el espacio que en nuestro corazón corresponde al Creador.
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No desesperar ante un mundo que parece alejarse de Dios
San Agustín tiene todavía una palabra especialmente importante para los cristianos que contemplan con preocupación nuestra sociedad. Él también vivió una época de enormes transformaciones. Roma fue saqueada el año 410. Muchos pensaron que el mundo que conocían estaba llegando a su fin. En ese contexto escribió La Ciudad de Dios.
Y nos enseñó a no identificar nunca completamente el Reino de Dios con una determinada civilización, cultura, sistema político o época histórica. Las sociedades cambian. Los imperios desaparecen. Las ideologías nacen y mueren.
Sólo Cristo permanece. Por eso el cristiano no puede vivir ni de la nostalgia ni del miedo. Tenemos que trabajar por la familia, por la vida, por una cultura verdaderamente humana, por la justicia, por la educación y por el bien común. Pero nuestra esperanza última no está depositada en ninguna estructura humana. Nuestra esperanza está en Cristo.
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«Ama y haz lo que quieras»
Podemos terminar con una de las expresiones más conocidas de san Agustín: «Ama y haz lo que quieras» —Dilige et quod vis fac— (Carta a los Partos, VII, 8). Esta frase ha sido muchas veces mal comprendida. Agustín no dice: «Haz lo que te dé la gana». Dice algo mucho más exigente. Si amas verdaderamente a Dios, si la caridad ha echado raíces en tu corazón, si tus amores han sido purificados y ordenados, entonces comenzarás a querer aquello que Dios quiere. Ésa es la verdadera libertad cristiana: no hacer arbitrariamente lo que deseo, sino amar de tal manera a Dios que llegue a desear el bien.
Conclusión: volver a Cristo
¿Qué nos diría entonces san Agustín a los cristianos de hoy? Frente al sentimentalismo: busquen la verdad. Frente a la sensualidad: ordenen sus amores. Frente al transhumanismo: recuerden que somos criaturas y no nuestros propios creadores. Frente a la omnipotencia tecnológica: busquen la sabiduría. Frente al ruido y la dispersión: vuelvan al hombre interior. Frente al individualismo: permanezcan unidos a Cristo y a su Iglesia. Frente a una sociedad que parece alejarse de Dios: no tengan miedo; la Ciudad de Dios continúa peregrinando en la historia. Y frente al olvido de Dios: vuelvan a Cristo.
Porque quizá el peligro más profundo de nuestra época no sea la tecnología, ni las nuevas ideologías, ni siquiera la sensualidad. Es algo mucho más sencillo y mucho más grave: que el hombre llegue a acostumbrarse a vivir sin Dios. San Agustín recorrió muchos caminos antes de comprenderlo. Y cuando finalmente encontró aquello que había buscado durante tantos años, pudo exclamar: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!» (Confesiones, X, 27, 38).
Pidamos hoy por intercesión de san Agustín que nosotros, nuestros jóvenes y nuestras familias nunca nos acostumbremos a vivir lejos de Dios.
Que sepamos usar la ciencia sin convertirla en un dios; utilizar la tecnología sin hacernos esclavos de ella; vivir nuestros afectos sin convertirlos en la medida de la verdad; disfrutar de los bienes creados sin ponerlos en el lugar del Creador.
Y que comprendamos finalmente aquello que Agustín descubrió después de buscar durante tantos años: solamente cuando el hombre encuentra a Dios descubre plenamente quién es él mismo. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».
Amén.

