Homilía en la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen al cielo | Templo de la Purísima de Maipo

Homilía en la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen al cielo.
Templo de la Purísima de Maipo – 15 de agosto de 2026

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy hemos llegado hasta este querido Templo de la Purísima de Maipo caminando juntos. Han venido adultos, familias, jóvenes y niños. Hemos caminado, hemos cantado, hemos rezado y hemos querido alabar a Dios acompañados por la Virgen María.

Nuestra peregrinación tiene un significado muy hermoso precisamente en esta Solemnidad de la Asunción. María también hizo un camino. Caminó durante toda su vida sostenida por la fe: desde Nazaret hasta Belén, desde Caná hasta Jerusalén, hasta permanecer de pie junto a la Cruz de su Hijo. Y hoy la Iglesia contempla el término glorioso de ese camino: María ha sido llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.

Por eso quisiera que guardáramos tres ideas muy sencillas de esta peregrinación.

  1. Hemos caminado porque nuestra vida también es una peregrinación hacia el cielo

Mientras caminábamos hacia este templo teníamos una meta. Sabíamos adónde queríamos llegar. También nuestra vida tiene una meta.

La Asunción de María nos recuerda una verdad que fácilmente olvidamos: hemos sido creados para el cielo.

San Pablo nos dice: «Nuestra ciudadanía está en los cielos» (Flp 3,20).

María ya está allí. Ella es como una luz que Dios ha puesto al final del camino para mostrarnos nuestro destino. La Virgen no se ha alejado de nosotros porque esté en el cielo. Al contrario: desde el cielo acompaña maternalmente la peregrinación de sus hijos.

El Papa León XIV nos ha recordado recientemente que María es: «el modelo perfecto de lo que toda la Iglesia está llamada a ser: criatura de la Palabra del Señor y madre de los hijos de Dios, generados en la docilidad a la acción del Espíritu Santo». (Audiencia general, 13 de mayo de 2026,)

Por eso, cuando hoy levantamos los ojos hacia la Virgen, podemos decirle con confianza:

Madre, tú ya llegaste. Ayúdanos a nosotros a llegar también.

Que lleguen nuestros niños. Que lleguen nuestros jóvenes. Que lleguen nuestras familias. Que lleguen nuestros ancianos. Que ninguno se pierda por el camino.

Y cuando aparezcan el cansancio, las dificultades, la enfermedad, las incomprensiones o nuestros propios pecados, recordemos que tenemos una Madre en el cielo.

  1. María nos enseña que una vida entregada a Dios es una vida hermosa

Durante esta peregrinación hemos visto algo especialmente esperanzador: muchos jóvenes y muchas jóvenes caminando, rezando y cantando a la Virgen.

A ustedes, queridos jóvenes, quisiera dirigirles especialmente unas palabras.

No tengan miedo de preguntarle al Señor:

«Jesús, ¿qué quieres de mí?»

Quizá alguno de los jóvenes que hoy ha caminado hasta este templo lleva dentro de su corazón, todavía muy pequeña, la semilla de una vocación sacerdotal.

Quizá alguna joven que hoy ha cantado a la Virgen siente que Jesús le está pidiendo entregarle toda su vida en la vida religiosa o consagrada.

No apaguen esa voz.

El Papa León XIV ha dirigido este año a los jóvenes una invitación muy clara:

«Queridos jóvenes, ¡escuchen esa voz! Escuchen la voz del Señor que los invita a vivir una vida plena».

Y poco después añade:

«De este modo conocerán al Señor y, en la intimidad propia de la amistad, descubrirán cómo entregarse a los demás, en el camino del matrimonio, o del sacerdocio, o del diaconado permanente, o en la vida consagrada, religiosa o seglar: toda vocación es un don inmenso para la Iglesia y para quien la acoge con alegría». (León XIV, Mensaje para la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, «El descubrimiento interior del don de Dios», Vaticano, 16 de marzo de 2026, apartado «Conocimiento mutuo». Jornada celebrada el IV Domingo de Pascua, 26 de abril de 2026.)

Qué hermoso sería que de los jóvenes y de las jóvenes que hoy han caminado hasta este santuario surgieran nuevas vocaciones. Por eso hoy, delante de la Purísima, pidamos algo muy concreto: que de nuestras familias y comunidades cristianas surjan muchos sacerdotes y muchas vocaciones a la vida consagrada; jóvenes que tengan la valentía de entregarle enteramente su vida al Señor.

León XIV ha recordado también el valor profético de la vida consagrada: «En el pueblo santo de Dios, esta constituye una señal profética del mundo nuevo, experimentado en el aquí y el ahora de la historia».

Y hablando de la pobreza, la castidad y la obediencia, añade: «Estas tres virtudes no son prescripciones que encadenan la libertad, sino dones liberadores del Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se consagran totalmente a Dios». (León XIV, Audiencia general, 8 de abril de 2026, Catequesis sobre la Constitución dogmática Lumen gentium, n. 7: «La santidad y los consejos evangélicos en la Iglesia»)

Necesitamos jóvenes que descubran nuevamente que vale la pena dar la vida entera a Cristo.

  1. También el matrimonio es una verdadera vocación y una entrega a Dios

Pero el Señor no llama a todos por el mismo camino. Muchos de los jóvenes que hoy peregrinan están llamados a formar un matrimonio cristiano y una familia santa.También para eso hace falta valentía. Hace falta un joven capaz de decir a una mujer: quiero amarte y serte fiel durante toda mi vida.

Y una joven capaz de decir a un hombre: quiero caminar contigo, formar contigo una familia, recibir los hijos que Dios quiera confiarnos y ayudarnos mutuamente a llegar al cielo. También aquí León XIV ha hablado con gran claridad. Refiriéndose a la evangelización de las nuevas generaciones, afirma: «Debemos aprender a evocar la belleza de la vocación al matrimonio precisamente en el reconocimiento de su fragilidad, a fin de despertar “la confianza en la gracia” (Amoris laetitia, 36) y el deseo cristiano de santidad».(León XIV, Mensaje con motivo del décimo aniversario de la Exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia, Vaticano, 19 de marzo de 2026, solemnidad de San José)

Y en ese mismo documento pide renovar el compromiso pastoral de la Iglesia: «para que aquellos a quienes el Señor llama al matrimonio y a la familia puedan vivir su amor conyugal en Cristo y los jóvenes se sientan atraídos por la intensidad de la vocación matrimonial en la Iglesia».(Ibidem)

El matrimonio cristiano no es simplemente vivir juntos. Es una vocación de Dios, una alianza para toda la vida y un camino de santidad. Sacerdocio, vida consagrada y matrimonio cristiano son caminos diferentes, pero todos tienen algo en común: la vida encuentra su verdadera grandeza cuando se convierte en entrega.

María nos enseña precisamente eso. Su vida quedó resumida en una frase:

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Ese es el secreto de toda vocación. Decirle a Dios: Aquí estoy. Cuenta conmigo.

Queridos hermanos, cuando dentro de algunos momentos miremos nuevamente la imagen de la Purísima, pidámosle una gracia muy concreta.

Virgen María, Madre nuestra, que estás en el cielo, mira a estos hijos tuyos que hoy hemos venido caminando hasta tu casa.

Cuida a nuestros mayores. Protege a nuestras familias. Acompaña a nuestros niños. Y mira especialmente a nuestros jóvenes y a nuestras jóvenes. Que no tengan miedo de preguntarle a Jesús qué quiere de ellos. Que algunos escuchen la llamada al sacerdocio. Que muchas jóvenes y muchos jóvenes descubran la belleza de entregar completamente su vida a Cristo en la vida religiosa y consagrada. Que muchos descubran también la grandeza del matrimonio cristiano, formando familias donde Cristo sea amado y donde los hijos aprendan a conocerlo.

El Papa León XIV concluye precisamente su Mensaje para las Vocaciones de este año con tres palabras que podemos llevarnos hoy en el corazón: «Deténganse, escuchen, confíen; de ese modo, el don de su vocación madurará, los hará felices y dará frutos abundantes para la Iglesia y para el mundo».

Y termina poniendo este camino bajo la protección de Nuestra Señora: «Que la Virgen María, modelo de acogida interior del don divino y maestra de la escucha orante, los acompañe siempre en este camino». (León XIV, Mensaje para la LXIII Jornada Mundialde Oración por las Vocaciones, 16 de marzo de 2026, apartado final «Confianza».⁠

Nosotros hoy hemos caminado hasta este templo.

Pero nuestra verdadera peregrinación continúa.

Caminamos hacia Cristo. Caminamos hacia el cielo. Y caminamos de la mano de María.

Purísima Virgen del Maipo, Madre nuestra y Madre de las vocaciones, ruega por nosotros.

Amén.