Las emergencias que han afectado a tantas personas vuelven a recordarnos una verdad fundamental del Evangelio: nadie puede sentirse verdaderamente seguro mientras un hermano carece de lo básico para vivir con dignidad. Cuando miles de personas pierden lo necesario, toda la comunidad está llamada a responder con generosidad, cercanía y espíritu de servicio. La solidaridad es una virtud moral y una actitud permanente que impulsa a reconocer al otro como un hermano y a asumir responsablemente el bien común.
San Juan Pablo II enseñó que «La solidaridad no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos». El Catecismo recoge esta enseñanza al afirmar: «El principio de solidaridad, también enunciado con el nombre de amistad o de caridad social, es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana» (n. 1939).
Los desequilibrios sociales sólo pueden superarse mediante el ejercicio perseverante de esta virtud: “Las desigualdades económicas y sociales excesivas… provocan escándalo y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional” (n. 1938).
San Alberto Hurtado comprendió profundamente que la solidaridad nace del encuentro con Cristo presente en quienes sufren. Repetía que el pobre no es simplemente alguien necesitado de ayuda material, sino el mismo Señor que sale a nuestro encuentro. Su conocida pregunta: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”, sigue siendo una invitación a examinar nuestra vida y nuestras decisiones. Los cristianos no pueden contentarse con una fe meramente privada, sino a transformar la sociedad mediante la práctica concreta de la caridad y de la justicia.
Jesucristo nos revela el fundamento profundo de la solidaridad: “Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; era forastero y me hospedaron; estaba desnudo y me vistieron; enfermo y me visitaron…” (Mt 25,35-36). Y concluye: “En verdad les digo que cuanto hicieron con uno de estos hermanos míos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40).
Un peligro amenaza a Chile: la pérdida del espíritu de caridad social. Cuando dejamos de preocuparnos por el sufrimiento ajeno, terminamos encerrándonos en nuestros propios intereses, en la búsqueda de comodidad y bienestar personal. Aparece la indiferencia, el individualismo y el aislamiento. Una nación donde desaparece la solidaridad comienza también a fragmentarse. Se debilita la confianza entre las personas, aumenta la desconfianza mutua y se resiente el sentido del bien común. El buen samaritano no pasó de largo; detuvo su camino, se inclinó sobre el herido, gastó su tiempo, sus fuerzas y sus bienes. Ese es el modelo del discípulo de Cristo.
Pidamos al Señor que nos conceda un corazón generoso. Que nadie permanezca indiferente ante el dolor de quienes sufren. Que la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile, nos enseñe a vivir una caridad concreta, humilde y perseverante, para servir a nuestros hermanos más pobres y desfavorecidos.
+Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo


