En una solemne Eucaristía presidida por el Obispo Diocesano, Monseñor Juan Ignacio González Errázuriz, las fieles Sandra Araya y María Luz Treupil emitieron su propósito público de virginidad por el Reino de los Cielos.
SAN BERNARDO, 1 de agosto de 2026.– En un acontecimiento de profunda significación pastoral y espiritual para la Iglesia particular, ayer viernes 31 de julio, a las 19:00 horas, la Diócesis de San Bernardo celebró la primera consagración de dos de sus fieles según el antiquísimo rito del Ordo Virginum (Orden de las Vírgenes). La Solemne Eucaristía tuvo lugar en el templo de la Parroquia San Ignacio de Loyola y fue presidida por nuestro Obispo Diocesano, Monseñor Juan Ignacio González Errázuriz, acompañado por el clero diocesano, diáconos y una fervorosa asamblea de fieles.
Durante la celebración litúrgica, Sandra Araya y María Luz Treupil emitieron su propósito de castidad y seguimiento virginal de Cristo (sequela Christi), recibiendo de manos de nuestro Pastor los signos visibles de su nueva condición canónica: el velo, el anillo nupcial y el libro de la Liturgia de las Horas, comprometiéndose a la oración incesante por la Iglesia.
Un camino antiguo y siempre nuevo
En su homilía, Monseñor Juan Ignacio González explicó con claridad la naturaleza eclesial de este llamado: “El rito que celebramos no crea una vocación nueva en la Iglesia; más bien, devuelve a nuestros ojos una de las formas más antiguas de seguimiento de Cristo”.
Histórica y canónicamente, el Ordo Virginum hunde sus raíces en los tiempos apostólicos, constituyendo una de las primeras formas de vida consagrada femenina, anterior incluso al surgimiento de la vida monástica regular. Rescatada y renovada por el Concilio Vaticano II, esta vocación secular (reconocida en el Canon 604 del Código de Derecho Canónico) convoca a mujeres que, movidas por el amor indiviso a Jesucristo, consagran su vida a Dios permaneciendo insertas en sus realidades cotidianas, en medio del mundo y de sus profesiones civiles.
“En una cultura donde tantas veces el amor se entiende como posesión o satisfacción personal, la virginidad consagrada proclama algo inmensamente más grande: Cristo basta”,
destacó nuestro Obispo, recordando además que la vida de estas consagradas estará íntimamente unida a la Diócesis, en estrecha obediencia y comunión con el Obispo Diocesano.
Consagradas en el corazón del mundo
Sandra Araya y María Luz Treupil, quienes pertenecieron durante años a la Congregación de las Hermanas de Santa Ana (que recientemente cerró su misión en Chile), han acogido esta nueva forma de consagración con un renovado espíritu de servicio.
A diferencia de la vida conventual, ambas consagradas vivirán plenamente su secularidad, sustentándose a través de su propio trabajo civil. Su vocación las llama a ser “fermento en la masa”, conjugando un profundo equilibrio entre la vida contemplativa —centrada en la adoración eucarística y el rezo de la Liturgia de las Horas— y la labor caritativa y social hacia los más pobres de la Diócesis.
Al reflexionar sobre este desposorio místico, las nuevas consagradas subrayan que el llamado de Dios exige un corazón indiviso. Como señaló la hermana Sandra tras la celebración, esta vocación les permite mantener un “compromiso público y perpetuo de virginidad por el Reino de los Cielos insertas directamente en el medio del mundo”. Por su parte, la hermana María Luz destacó que su testimonio fundamental debe brotar desde la sencillez, la bondad y el servicio, reconociendo que “al Amor de los amores no hay que tenerle temor, sino amarle y abrazarle con toda el alma”.
La Diócesis de San Bernardo se regocija por este don del Espíritu Santo, rogando a la Santísima Virgen del Carmen que custodie la fidelidad de estas nuevas “Esposas de Cristo”, cuya oración constante y escondida sostendrá a nuestras familias, acompañará las vocaciones y será fuente de abundantes gracias para nuestra Iglesia local.


