Homilía por los Mártires de Carabineros de Chile
Catedral de San Bernardo, 11 de junio de 2026
Señora Delegada Presidencial, Sr General Director de Carabineros, miembros del Alto Mando, Jefes Superiores, Oficiales, suboficiales y carabineros, queridos hermanos y hermanas, autoridades públicas que hoy nos acompañan.
Nos reunimos nuevamente hoy para recordar y encomendar a Dios a aquellos miembros de Carabineros de Chile que han entregado su vida en cumplimiento de su deber. Su sacrificio nos conmueve profundamente porque nos recuerda las palabras de Jesús: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).
El servicio policial no es simplemente una profesión. Es una vocación al servicio del bien común, de la paz social y de la protección de los más débiles. Cuando un carabinero presta juramento, promete servir a la patria incluso a costa de su propia vida. Ese compromiso no es una fórmula vacía; es una entrega real que exige fortaleza, lealtad, prudencia, justicia y espíritu de sacrificio.
Los Padres de la Iglesia comprendieron bien esta nobleza del servicio. San Agustín enseñaba que «quienes mandan sirven a aquellos sobre quienes parecen mandar», recordándonos que toda autoridad encuentra su verdadera grandeza en el servicio al prójimo. Y san Ambrosio afirmaba que «la fortaleza es la virtud que protege las demás virtudes». En efecto, la capacidad de dar la vida no nace de un impulso pasajero, sino de una existencia formada en la virtud, en el cumplimiento fiel del deber y en el amor a la verdad y a la justicia.
Por eso, el heroísmo no surge de improviso. Se construye día a día mediante la disciplina, la honestidad, el sacrificio silencioso y la fidelidad a la misión recibida. Como enseña san Pablo: «He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe» (2 Tim 4,7). Cuando llega la hora de la prueba, quien ha cultivado estas virtudes está preparado para permanecer firme incluso ante el peligro.
La sangre derramada por estos servidores de Chile no debe ser estéril. Los primeros cristianos decían que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. También el sacrificio de estos servidores públicos puede despertar en muchos jóvenes el deseo de servir a su patria con generosidad. Su testimonio sigue hablando a Chile y nos recuerda que el bien común exige hombres y mujeres capaces de entregarse por los demás.
Hoy vemos cómo nuestra patria enfrenta males graves: el narcotráfico, la violencia, el crimen organizado y las mafias que destruyen familias enteras, corrompen a los jóvenes y siembran el miedo en nuestras poblaciones. Frente a estas amenazas, la misión de Carabineros adquiere una importancia extraordinaria. No se trata solamente de hacer cumplir la ley, sino de defender la dignidad de las personas, proteger a los inocentes y resguardar las condiciones necesarias para una convivencia pacífica.
El Papa León XIV ha recordado que el servicio en las instituciones de seguridad constituye una auténtica contribución al bien común cuando se ejerce con espíritu de servicio, respeto por la dignidad humana y búsqueda de la justicia. Quienes sirven a la comunidad desde estas tareas participan de una misión indispensable para preservar la paz social y proteger a los más vulnerables frente a quienes promueven la violencia y el crimen.
Por eso, elevamos hoy nuestra mirada a la Santísima Virgen del Carmen, Reina y Madre de Chile, Patrona y Generala de Carabineros. Ella ha acompañado la historia de nuestra patria en las horas de gloria y en los momentos de dolor. A su maternal protección encomendamos a quienes han caído en acto de servicio, a sus familias, a sus camaradas y a todos los hombres y mujeres que hoy continúan esta misión exigente y necesaria.
Que la Virgen del Carmen les enseñe a vivir con la fortaleza de los justos, la generosidad de los servidores y la esperanza de los discípulos de Cristo. Y que el Señor conceda a nuestros mártires el descanso eterno, premie su entrega generosa y haga surgir nuevas generaciones de carabineros animados por la fe, el honor y el amor a Chile.
«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).
Amén.
+ Juan Ignacio González E.
Obispo de San Berbardo


