Homilía en la Santa Misa de exequias
del Presbítero Jonathan Aristizábal Duque
20 de mayo de 2026.
Catedral de San Bernardo.
Queridos hermanos y hermanas, querida familia que sigue por la televisión la Santa Eucaristía, queridos sacerdotes y diáconos. Queridos papás José y Martha, y sus hermanos, especialmente su hermana Patricia hoy entre nosotros.
- Celebramos hoy esta Santa Misa exequial encomendando al Señor el alma de nuestro querido hermano sacerdote, el Padre Jonathan Aristizábal Duque, quien ha partido a la Casa del Padre en el día luminoso de la Solemnidad de la Ascensión del Señor. No deja de conmovernos profundamente que un sacerdote joven, de apenas 33 años, con solo dos años de ministerio sacerdotal, haya sido llamado tan pronto por Dios. Humanamente, sentimos el dolor, la sorpresa y el peso de la separación. Pero la fe nos hace mirar más alto y más lejos y descubrir en esta pagina de nuestra historia diocesana muchas enseñanzas. Cada uno de nosotros, debe sacar las suyas, para su vida personal, familiar y social.
- La Ascensión del Señor nos recuerda que Cristo ha entrado definitivamente en la gloria del Padre y que nuestra patria definitiva está en el cielo. “No tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura”, enseña la Carta a los Hebreos. (Hb 13,14). El Señor asciende para prepararnos un lugar. Y hoy creemos firmemente que el Padre Jonathan ha sido llamado por Cristo a contemplar aquello que predicó, celebró y amó. A Encontrarse con los que fueron sus grandes amores en esta tierra, Cristo el Señor y María, la Madre de Jesús.
- San Agustín decía: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta descansar en ti” (Confesiones I,1). Y el corazón sacerdotal del Padre Jonathan descansaba en Dios y lo buscaba y al buscarlo lo llevaba a los demás. Quienes lo conocieron saben de su amor entrañable a la Santísima Eucaristía, de sus largos momentos de oración, de su cercanía a los enfermos y pobres, de su entrega silenciosa y perseverante en la Parroquia Santa Teresa de los Andes de El Bosque y en el Hospital El Pino, donde muchos enfermos, familiares y funcionarios recibieron sus desvelos espirituales por ellos. Era un sacerdote trabajador e incansable, que no se guardaba para sí mismo.
- Hoy comprendemos mejor aquellas palabras del Señor: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). El sacerdocio no es una profesión: es una oblación, una entrega un servicio total. Como ha enseñado el Papa Leon XIV, “El sacerdote no se pertenece a sí mismo: pertenece a Cristo y, en Cristo, pertenece enteramente a su pueblo.” El Padre Jonathan entendió eso profundamente. Había dejado su propia tierra para venir a servir donde Dios lo necesitaba. Había dejado afectos, seguridades y proyectos personales para entregarse totalmente a Cristo y a su Iglesia. Su vida tuvo un marcado espíritu misionero.
- San Juan Crisóstomo, al contemplar la fragilidad de la vida humana, decía: “La muerte no distingue entre edades; muchas veces llama primero a los jóvenes para enseñarnos que debemos estar siempre preparados” Y San Ambrosio de Milán escribía: “Aunque lloramos a los jóvenes que parten, debemos recordar que no pierden la vida, sino que son llamados antes al descanso eterno”. La muerte de un sacerdote joven nos interpela profundamente. Nos recuerda que la vida es breve y que debemos vivir siempre preparados para el encuentro definitivo con Dios. Otro gran maestro de la nuestra de enseñó “No debemos pensar cuánto tiempo vivimos, sino cómo vivimos” (San Cipriano).La muerte cristiana no es el absurdo final de la existencia, sino el paso hacia la plenitud. Por eso la Iglesia ora por sus difuntos. Porque creemos en la comunión de los santos, porque creemos en la purificación final del alma, porque creemos en la vida eterna. “La muerte para los fieles no es muerte, sino tránsito, un camino, viaje y paso hacia una vida mejor.” (San Cipriano)
- Su vocación nació en el seno de una familia profundamente creyente. Ocho hermanos, un hermano sacerdote, padres devotos que apoyaron siempre su camino vocacional. ¡Qué testimonio tan grande para las familias cristianas! Las vocaciones nacen normalmente allí donde se ama a Dios, donde se reza, donde se enseña a servir, donde la fe no es un adorno, sino el alma de la vida cotidiana. Hoy debemos agradecer también el testimonio de esa familia generosa que entregó un hijo al servicio de la Iglesia. Hor recordamos con cariño agradecido a sus padres José y Martha, y toda su familia. Gracias por haber engendrado a este hijo para Dios.
- San Basilio Magno afirmaba: “Nada hay más precioso en la tierra que un alma entregada enteramente a Dios”. Y el Padre Jonathan quiso entregar enteramente su vida al Señor. Su paso entre nosotros fue breve, pero fecundo. Como esas lámparas que arden intensamente, aunque sea por poco tiempo, dejó una huella profunda en quienes compartieron con él el ministerio sacerdotal, la vida parroquial, el servicio hospitalario y la amistad cotidiana. Hoy oramos intensamente por nuestro hermano Jonathan. Oramos para que el Señor, rico en misericordia, le conceda contemplar su rostro. Oramos porque el amor no termina con la muerte. La oración de la Iglesia acompaña a sus hijos hasta las puertas de la eternidad.
- Pero esta muerte deja también una enseñanza para los jóvenes. Cristo sigue llamando. Sigue pasando junto al mar de nuestras vidas diciendo: “Ven y sígueme”. El mundo necesita sacerdotes santos, generosos, valientes, enamorados de Cristo. El Padre Jonathan, con su juventud y entrega, se transforma hoy también en una pregunta para muchos jóvenes: ¿y si el Señor me llama? ¿y si Dios me pide dejarlo todo para servirlo? No tengan miedo de responder generosamente. Vale la pena entregar la vida a Cristo.
- Jonathan amó profundamente a la Santísima Virgen. Como miembro del Movimiento Lazos de Amor Mariano, aprendió a vivir bajo el amparo de María. Y nosotros hoy queremos confiarlo especialmente a la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile, Madre de los sacerdotes. Ella sostiene el corazón del sacerdote en las pruebas, lo acompaña en las fatigas y lo conduce siempre hacia Cristo. San Efrén de Siria llamaba a María “puerto seguro de los que navegan en medio de las tormentas”. Cuántas veces, seguramente, el Padre Jonathan rezó con confianza filial a la Virgen. Cuántas veces encontró en ella consuelo y fortaleza. Hoy queremos pedirle a María que lo reciba maternalmente y lo presente a su Hijo.
- Queridos hermanos sacerdotes: la partida de un hermano nos recuerda la grandeza y también la seriedad de nuestra vocación a la santidad y al servicio. Perseveremos fieles al llamado del único Señor, permanezcamos fieles a sus exigencias amorosas. Gastémonos por Cristo y por las almas. Vivamos de tal manera que cuando llegue el momento definitivo podamos decir, con San Pablo: “He combatido el buen combate, he mantenido la fe” (2 Tim 4,7). Y a ustedes, queridos fieles, les digo: den gracias a Dios por los sacerdotes. Recen por ellos. Cuídenlos. Acompáñenlos. Un sacerdote entregado es un inmenso regalo de Dios para su pueblo.
- Hoy despedimos con dolor, pero también con esperanza, a un hombre bueno, a un sacerdote querido por sus hermanos sacerdotes y por tantos laicos, a un servidor fiel y generoso. Que Cristo resucitado, que ha ascendido glorioso al cielo, abra también para nuestro hermano Jonathan las puertas de la Jerusalén celestial. Y que un día podamos reencontrarnos todos en la Casa del Padre, donde ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor, sino la alegría eterna de los hijos de Dios.
Así sea.
+Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo


