Al cumplirse el primer aniversario de la elección del Santo Padre León XIV, la Iglesia contempla con renovada gratitud la acción siempre sorprendente del Espíritu Santo, que continúa conduciendo la Barca de Pedro más allá de los cálculos, previsiones o estrategias humanas. Una vez más se ha manifestado aquella verdad profunda que atraviesa toda la historia de la salvación: Dios llama a quien quiere, cuando quiere y como quiere. No son los análisis geopolíticos, ni las expectativas mediáticas, ni los proyectos de grupos de influencia los que determinan el designio divino. El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, suscita al Pastor según el corazón de Cristo.
Muchos imaginaron perfiles previsibles, continuidades mecánicas o equilibrios diplomáticos. Sin embargo, el Espíritu Santo sorprendió nuevamente a la Iglesia con la elección de un hombre venido del norte, marcado por la realidad cultural de Norteamérica, pero profundamente enriquecido por una experiencia pastoral viva en América Latina, donde aprendió a leer en el rostro de los pobres, de las comunidades sencillas y de la religiosidad popular, una dimensión esencial del Evangelio encarnado en la historia.
León XIV aparece así como una figura providencial en un tiempo de tensiones mundiales, fragmentación eclesial y confusión doctrinal. Su propia biografía parece haberlo preparado para tender puentes entre mundos diversos: entre el norte desarrollado y el sur herido por la desigualdad; entre la solidez institucional y la cercanía pastoral; entre la tradición doctrinal y la urgencia misionera.
Heredero de San Agustín: orden, verdad y caridad social
Desde el inicio de su pontificado, León XIV, hijo espiritual de San Agustín, ha mostrado una profunda sintonía con su herencia espiritual e intelectual, particularmente en la comprensión del orden social cristiano. En tiempos donde el desorden moral pretende presentarse como libertad y donde la verdad suele diluirse en consensos fluctuantes, el Papa ha recordado —con acento agustiniano— que la paz verdadera es la tranquilidad en el orden, pero en un orden fundado el las enseñanzas de Jesucristo.
No se trata de una paz superficial ni de simples acuerdos políticos, sino del recto orden del alma, de la sociedad y de las naciones bajo la soberanía de Dios. Como enseñó el Obispo de Hipona, una sociedad sólo será justa cuando ama correctamente: cuando Dios ocupa el primer lugar y, desde Él, se ordenan todos los demás bienes. En esta línea, León XIV ha insistido en que la crisis del mundo no es únicamente económica o política, sino espiritual: el eclipse de Dios termina por oscurecer también la dignidad humana.
Tres grandes fines de su pontificado
- Poner a Cristo en el centro de la Iglesia y del mundo. Quizás el rasgo más luminoso de este primer año ha sido su insistencia clara, serena y vigorosa en recentrar toda la vida eclesial en Jesucristo. Frente a la tentación de reducir la Iglesia a una agencia humanitaria, a un laboratorio sociológico o a una federación de sensibilidades, León XIV ha proclamado con fuerza que Cristo es el centro, el Señor resucitado, el único Salvador del hombre. Su llamado no ha sido a inventar una nueva Iglesia, sino a redescubrir la peremne novedad del Evangelio, la fuerza de la gracia, la centralidad de la adoración, la conversión y la santidad.
- Promover la paz del mundo desde la paz interior. León XIV ha subrayado con profundidad evangélica que la paz entre las naciones jamás será duradera si antes no existe paz en el corazón humano. La paz no nace sólo de tratados y equilibrios, sino de personas reconciliadas con Dios. Cristo, nuestra paz, concede aquella serenidad interior que hace posible la justicia, el perdón y la fraternidad verdadera. En un contexto internacional marcado por guerras, polarizaciones y violencia, su voz ha recordado que la paz exterior depende, en última instancia, de la victoria de Cristo sobre el pecado en el interior del hombre.
- Trabajar por la unidad de la Iglesia en la verdad. Particularmente notable ha sido su empeño por custodiar la unidad eclesial frente a fuerzas centrífugas de diverso signo. León XIV ha mostrado lucidez tanto ante ciertas corrientes de secularización doctrinal que desde hace décadas soplan desde las riberas del Rhin, como ante formas de reacción igualmente dañinas, hoy visibles en un lefebvrismo renovado, audaz en sus formas, pero profundamente problemático en su rechazo al Concilio Vaticano II y al Magisterio posterior. El Papa ha reafirmado que la verdadera fidelidad no consiste ni en diluir la fe para acomodarla al espíritu del mundo, ni en petrificarla en oposiciones sistemáticas al desarrollo orgánico del Magisterio. La Iglesia vive en la continuidad viva de la Tradición, no en rupturas progresistas ni en arqueologismos rebeldes.

Claridad doctrinal y caridad hacia los pobres
León XIV ha sorprendido también por una claridad meridiana en cuestiones morales esenciales, reafirmando sin ambigüedades la dignidad de la vida humana, las verdades sobre el matrimonio, la ley moral natural y la necesidad de conversión. Lo ha hecho no con dureza ideológica, sino con caridad pastoral, mostrando que la verdad libera precisamente porque nace del amor de Dios. Al mismo tiempo, su voz ha sido firme en favor de los pobres, los migrantes, los descartados, los perseguidos y quienes viven en las periferias existenciales. No ha contrapuesto doctrina y misericordia, sino que ha mostrado su inseparable unidad: la verdad sin amor hiere, pero el amor sin verdad se vacía.
Una sorpresa del Espíritu
Hace un año sorprendió su elección. Hoy sorprende y reconforta aún más su acción. León XIV ha mostrado que el Espíritu Santo no abandona a la Iglesia, sino que sigue suscitando pastores capaces de iluminar, corregir, unir y fortalecer. En tiempos de incertidumbre, su pontificado aparece como una invitación a mirar nuevamente a Cristo, a redescubrir la paz que brota del corazón convertido, a vivir la unidad eclesial en la verdad y a servir con renovado ardor a los pobres.
La Iglesia da gracias. Y con ella, todos los fieles que reconocen en el Sucesor de Pedro no solo un liderazgo humano, sino un signo vivo de aquella promesa del Señor: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20)
+ Juan Ignacio González Errázuriz. Obispo de San Bernardo




