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De la desconfianza al reencuentro

logo cech homeLos obispos del Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile queremos compartir las siguientes reflexiones, orientadas a asumir el desafío de un reencuentro nacional ya no solo político, sino también social y fraterno. Creemos que en nuestra querida Patria poseemos los valores y talentos para construir una tierra de hermanos donde podamos vivir tranquilos y prosperar, valorando nuestras diferencias y reconociéndonos como hijos de una misma historia que requiere ser sanada en la justicia para dar abundantes frutos de paz. Queremos el bien de Chile. Tenemos una mirada esperanzadora del “alma de Chile” y, por eso, queremos compartir nuestra mirada sobre el escenario social y político que vivimos.

 

Necesidad de acuerdos y remover obstáculos en la convivencia

Hace pocos días, conmovidos por la muerte de don Patricio Aylwin, gran parte del pueblo de Chile y de sus dirigentes, expresó un homenaje al “hombre justo y bueno”, que fue Presidente de Chile en el retorno a la democracia. Se destacó su virtud de ser un hombre consecuente, fiel a sus convicciones y abierto a un diálogo fructífero. Se recordó “la política de los acuerdos” tan importante para afianzar la actual democracia.

Al tratar de comprender lo que hoy día nos sucede, no se trata de volver atrás ni de caminar de espaldas al futuro, pero como muchos destacaron, es esencial retomar un diálogo ciudadano amplio y generoso, buscando más lo que nos une que lo que nos separa. Sobre todo, porque este diálogo –que siempre implica una capacidad de escucha– debe ayudarnos a construir el presente y el futuro, abriendo espacio a las nuevas generaciones y a los que vendrán. En este sentido, necesitamos un “diálogo puente” que supere los obstáculos de nuestra actual convivencia.

Es fácil enumerar los problemas. Es fácil hablar de fracasos. Es fácil seguir en política el esquema desgastado de gobierno y oposición, y otras dualidades que simplifican pero no solucionan y en nada aportan al país. Es más difícil transitar por caminos nuevos y ser propositivos sobre el país que queremos construir. Tal vez por eso la insistencia en la nueva Constitución y la discusión al respecto. Pero hasta la iniciativa de participación se ve cuestionada porque en el fondo de nuestros problemas actuales subyace una profunda desconfianza.

Desconfianzas

Hay desconfianza y falta de credibilidad en todos los que ejercemos autoridad con criterios superados, no dando pasos nuevos a la era digital, en que la participación se reclama más allá de los votos y donde las opiniones se expresan crecientemente a través de los medios sociales. Hay desconfianza en nuestra instituciones, heridas por nuestras inconsecuencias, por faltas de transparencia y hasta por delitos cometidos por sus miembros. Existe desconfianza en la palabra que damos, en la capacidad de honrar nuestros compromisos. Vivimos en desconfianza porque hemos endiosado el dinero y este verdadero ídolo aparece sonriente en la mayoría de los conflictos vigentes.

Hay desconfianza en las Iglesias, desconfianza en los partidos políticos y dentro de ellos, desconfianza en el empresariado, desconfianza en las Fuerzas Armadas, desconfianza en los jueces y hasta desconfianza en el deporte, especialmente en el fútbol. Y ningún país puede vivir y crecer sin romper este círculo verdaderamente perverso, si no damos pasos a una nueva manera de vivir y de organizarnos.

Región de Los Lagos y pueblo mapuche

En lo inmediato, el conflicto de Chiloé y bordes costeros de la Región de Los Lagos -y ahora se suma la Región de Los Ríos- no se solucionará sino por la vía del diálogo constante, realista y razonable, a través de mesas de trabajo permanentes entre las autoridades, los dirigentes de trabajadores del mar, los empresarios, los científicos, con el fin de buscar acuerdos, evitar las medidas de fuerza, tomar prevenciones ecológicas en el plano productivo, así como potenciar los recursos y ámbito de decisiones de las autoridades regionales. Manifestamos nuestro apoyo y cercanía a las familias que viven del mar, y expresamos nuestra solidaridad con los pastores y comunidades cristianas que han acudido en ayuda de los damnificados por esta situación.

Por otra parte, nadie puede ignorar el conflicto de la zona de La Araucanía, donde las legítimas demandas de justicia por parte de sectores del pueblo mapuche, resultan invisibilizadas por el actuar de diversas facciones que, lejos de contribuir a la paz, han acrecentado las tensiones. Así, se ha dado una escalada de desencuentro social que ha derivado en trágicas muertes de personas, asaltos de camiones, quemas de propiedades agrícolas y hasta incendios intencionales de templos de distintas denominaciones religiosas. Es claro que el conflicto supera al gobierno en cuanto que hay reclamos ancestrales y también tensiones entre sectores del pueblo mapuche y las industrias madereras. Estos llaman al poder Ejecutivo, al Legislativo y a diversos actores sociales, también a la Iglesia, a buscar acuerdos justos y sustantivos. En medio de este drama y esta herida social, como Iglesia estamos siempre disponibles para, respetando la identidad y cultura de los pueblos originarios, ser facilitadores del diálogo, servidores de la justicia y constructores de paz.

Centralismo santiaguino

En ambos casos, vuelve a penar el centralismo santiaguino en desmedro de las regiones. Todo tiene que terminar resolviéndolo la autoridad central, con lo cual queda claro el estrecho margen de maniobra que tiene la autoridad regional. Este escollo es grave. Para superarlo no se necesita esperar el día en que tengamos una nueva Constitución. Hay decisiones políticas y económicas a las cuales se puede dar prioridad en el Gobierno y el Congreso de la República, en vez de llenarse de un sinfín de proyectos secundarios. Al decir secundarios, no nos referimos ni a la Educación ni a la Ley Laboral, proyectos absolutamente relevantes. Pero nuevamente la “mirada corta” y la desconfianza también afectan estos temas tan trascendentales, poniendo nuevamente en tela de juicio a las instituciones como el Tribunal Constitucional, invocado por unos y otros, esperando fallos en su favor y criticándolo cuando estos no se logran.

País judicializado

Esto mismo pone de relieve otro dato de nuestra desconfianza: hace rato que hemos judicializado la vida del país y lo que podría resolverse con un diálogo honesto, transparente y perseverante, termina en un tribunal. Estos están sobrepasados de trabajo y también son objeto de crítica y desconfianza en sus decisiones como las recientes liberaciones de un alto número de reclusos.

No es menor en este clima la “mirada corta” de muchos de nosotros que creemos que estos problemas solo se dan en Chile. Y no solo los problemas políticos, económicos y de corrupción, tan evidentes en otras latitudes, sino incluso en los problemas de movilidad, del tráfico vehicular en las ciudades más grandes, y muchas dificultades menores en que la expresión “estamos en Chile” define peyorativamente cuanto se hace para superarlos.

Cara a cara

Volvamos al comienzo. La desconfianza se supera en gran medida al vernos las caras, mejor aún, en el encuentro personal que es la base y red anterior a las redes sociales o los medios de comunicación social. La desconfianza se supera al poner rostros a nuestras discusiones y humanizar las cifras y mediciones. En esta materia tienen también un rol decisivo los medios públicos de comunicación. Ellos son muy conscientes de su poder y capacidad de influencia, y lo ejercen cada día al servicio de los demás; lo agradecemos sinceramente. Creemos que son muy valiosas sus investigaciones para vivir en la verdad y para purificar las instituciones, pero pensamos también que tienen que ayudar en esta cruzada de diálogo y reencuentro que necesitamos con urgencia, haciendo que el criterio de conflicto no sea la única ni la primera fuente informativa. Sin duda es un desafío que nos compete a todos, medios de comunicación y audiencias.

Y para los que tenemos el don de la fe, aunque también estemos en deuda de coherencia, nos ayudará poner oído atento a lo que dice el Señor Jesús. Él lloró por Jerusalén porque no reconoció el tiempo de su visita ni los caminos de paz que propuso. Esos caminos de paz pasan por poner en práctica la misericordia, el perdón y el amor mutuo del cual nos dio ejemplo en su vida y muerte.

El reciente pasado y diálogo con nuevas generaciones

Hay además una crítica generacional, a veces también teñida de desconfianza hacia los mayores. Entre los jóvenes hay más capacidad que entre los adultos de expresar sus posiciones, de lograr entendimientos y de agruparse en la variedad. Por cierto, también hay desacuerdos que pueden ser profundos, pero logran una discusión cara a cara que no institucionalizan fácilmente. Los adultos conversamos frecuentemente sobre las “nuevas generaciones”, con un dejo de preocupación. Los jóvenes, en cambio, son la nueva generación, portadores de la nueva cultura que nosotros tendemos a motejar como buena o mala según nuestra mirada. Una forma de superar la desconfianza será también abriendo espacios de diálogo, comenzando por la familia y la escuela, con una gran dosis de escucha, por parte de los mayores, disponibles para cambiar nuestras formas de ejercer autoridad y de solucionar los problemas. En esto también la Iglesia puede hacer su aporte a través de su gran presencia en las escuelas, colegios y universidades, así como los movimientos apostólicos, parroquias y capillas en que se da sencillamente la capilaridad de la vida en sociedad.

Invitamos a los católicos y personas de buena voluntad a renovar el amor por la Patria, a superar toda tentación de individualismo, de indiferentismo, de desconfianza y a buscar el bien común de todos los ciudadanos. Hoy más que nunca suscribimos las palabras del Papa Juan Pablo II en su visita a Chile, que hoy resuenan como una profecía ante el desafío de reencontrar caminos de amistad cívica y cohesión social y, así, reconstituir el tejido nacional de fraternidad: “Chile tiene vocación de entendimiento y no de enfrentamiento”. Con disposición Chile pudo superar, desde estos valores, momentos mucho más difíciles y aciagos. También hoy podemos apostar a un cambio de rumbo. Que no nos venza la desesperanza.

El Espíritu Santo, fuerza de transformación personal y social

En vísperas de Pentecostés, fiesta de la irrupción del Espíritu Santo sobre la Iglesia y la humanidad, la Virgen María y los apóstoles perseveraron en la oración. También hoy podemos abrirnos a la fuerza transformadora del Espíritu Santo que es principio de unidad en la diversidad de dones y talentos concedidos por Dios, y es impulso misionero y solidario para llevar el amor de Cristo hasta las periferias de nuestra sociedad.

EL COMITÉ PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE CHILE

+ Ricardo Card. Ezzati Andrello
Arzobispo de Santiago
Presidente

+ Alejandro Goic Karmelic
Obispo de Rancagua Vicepresidente

+ Fernando Chomali Garib
Arzobispo de la Ssma. Concepción

+ Cristián Caro Cordero
Arzobispo de Puerto Montt

+ Cristián Contreras Villarroel
Obispo de Melipilla
Secretario General