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Ser discípulos de Jesús no es vivir en una ciudadela asediada

ppfranciscoB140313A mediodía el Papa Francisco se ha asomado a la ventana de su estudio para rezar el Ángelus con las personas reunidas en la Plaza de San Pedro y, antes de la oración mariana, ha comentado el evangelio de hoy en el que San Juan Evangelista narra el encuentro de Jesús con el Bautista cerca del río Jordán. El Bautista ve a Jesús que avanza entre la multitud y reconoce en Él al enviado de Dios exclamando: “¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”.

“El verbo traducido con “quitar” -ha explicado el pontífice- significa literalmente “levantar”, “tomar sobre sí”. Jesús vino al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargándose las culpas de la humanidad. ¿De qué forma? Amando. No hay otro modo de vencer el mal y el pecado que con el amor que lleva a dar la propia vida por los demás. En el relato…Jesús tiene las características del Siervo del Señor, que “soportó nuestros sufrimientos, y cargó con nuestros dolores” hasta morir en la cruz”.

En el Jordán, el Bautista se encuentra con un hombre “que se pone en fila con los pecadores para bautizarse, aunque no lo necesite. Un hombre que Dios ha enviado al mundo como cordero inmolado. En el Nuevo Testamento la palabra “cordero” se repite varias veces y siempre refiriéndose a Jesús. Esta imagen del cordero puede sorprender: un animal que no se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez se carga un peso tan pesado. La enorme masa del mal la quita y la lleva una criatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y amor indefenso, que llega hasta el sacrificio de sí misma. El cordero no es dominador, sino dócil; no es agresivo, sino pacifico; no muestra las garras o los dientes frente a cualquier ataque sino que soporta y es remisivo. Así es Jesús, como un cordero.”

“¿Qué significa para la Iglesia, para nosotros, hoy, ser discípulos de Jesús, Cordero de Dios? -se ha preguntado Francisco- ¡Es un buen trabajo¡ Lo que tenemos que hacer los cristianos es poner en lugar de la malicia la inocencia, en lugar de la fuerza el amor, en lugar de la soberbia la humildad, en lugar del prestigio el servicio. Ser discípulos del Cordero significa no vivir como en una “ciudadela asediada”, sino como en una ciudad colocada sobre el monte, abierta, acogedora y solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús nos hace más libres y más alegres”.