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Dios nos atrae con la bondad de su Hijo encarnado

foto_03Benedicto XVI se asomó al balcón del patio interno del palacio apostólico de Castel Gandolfo, donde transcurre un período de descanso, para rezar el Ángelus con los fieles presentes.

El Papa explicó el evangelio de este domingo en que Jesús se dirige a la multitud con la célebre parábola del sembrador. “Es una página de algún modo “autobiográfica” -dijo- porque refleja la experiencia de Jesús, de su predicación: Él se identifica con el sembrador, que lanza la buena semilla de la Palabra de Dios, y se da cuenta de los diversos efectos que obtiene, según el tipo de acogida reservada al anuncio. Algunos escuchan superficialmente la Palabra pero no la acogen; otros la acogen en el momento pero no tienen constancia y pierden todo; otros están agobiados por las preocupaciones y seducciones del mundo; y hay quien escucha de forma receptiva como el buen terreno: aquí la Palabra da fruto en abundancia”.

“Pero este Evangelio insiste también, prosiguió, “en el “método” de la predicación de Jesús, o sea: el uso de las parábolas. “¿Por qué a ellos les hablas con parábolas?”, preguntan los discípulos. Y Jesús responde distinguiendo entre ellos y la multitud. A los discípulos, es decir a los que ya se han decidido por Él, puede hablarles abiertamente del Reino de Dios. A los demás, en cambio, debe anunciarlo en parábolas, para impulsar la decisión, la conversión del corazón. Efectivamente, las parábolas, por su naturaleza requieren un esfuerzo de interpretación, interpelan a la inteligencia pero también a la libertad. (…) En el fondo, la verdadera “Parábola” de Dios es Jesús mismo, (…) que, en el signo de la humanidad, esconde y al mismo tiempo revela la divinidad. Así, Dios no nos obliga a creer en Él: nos lleva hacia Sí con la verdad y la bondad de su Hijo encarnado: el amor respeta siempre la libertad”.

El Santo Padre concluyó recordando que mañana se celebra la festividad de San Benito, abad y patrón de Europa. “A la luz de este Evangelio pensamos en él como maestro de la escucha de la Palabra de Dios, una escucha profunda y perseverante”, observó. “Debemos siempre aprender del gran patriarca del monaquismo occidental a dar a Dios el lugar que le corresponde, el primer lugar, ofreciéndole con la oración de la mañana y de la noche, las tareas cotidianas”.