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Murió y resucitó para salvarnos

obispoEditorial mes de abril de la Revista Iglesia en San Bernardo.

En pocos días más culminaremos el tiempo de preparación cuaresmal para celebrar los misterios centrales de la fe con la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Justamente en estos días el Santo Padre ha dado a conocer el segundo tomo de su libro sobre Jesús de Nazaret, donde explica algunos aspectos esenciales de estos misterios de la vida del Señor.

Uno de ello es el relativo a la redención y expiación de nuestros pecados, que el Hijo de Dios realiza con su pasión y muerte. Como ha expresado el Cardenal Ouellet, al presentar el libro, “el Papa afronta las objeciones modernas a esta doctrina tradicional. Un Dios que exige una expiación infinita, ¿no es acaso un Dios cruel, cuya imagen es incompatible con nuestra concepción de un Dios misericordioso?”. El Papa, “muestra cómo la misericordia y la justicia van de la mano en el marco de la Alianza querida por Dios. Un Dios que perdonara todo sin preocuparse de la respuesta que tiene que dar su criatura, ¿se estaría tomando en serio la Alianza y sobre todo el horrible mal que envenena la historia del mundo?” Los textos del Nuevo Testamento analizados por el Papa nos muestran “un Dios que toma sobre sí mismo, en su Hijo crucificado, la exigencia de una reparación y de una respuesta de amor auténtico”. Es decir, como enseña en Catecismo, en Jesús se cumple “este designio divino de salvación a través de la muerte del “Siervo, el Justo” (Isaías 53, 11) que había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal. Jesús realiza el rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado (cf. Is 53, 11-12; Jn 8, 34-36). Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28) y después de su Resurrección dio esta interpretación de las Escrituras a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 25-27) y a los propios apóstoles (cf. Lc 24, 44-45).

La Semana Santa es un tiempo para meditar si cada uno de nosotros acepta verdaderamente que hemos sido salvados y si ese amor de Dios por nosotros, por medio de su Hijo muerto en la cruz, es correspondido por el amor nuestro a El y a sus exigencias.

Para muchas personas -incluso en el ámbito de la teología católica- la resurrección de Cristo es un tema ante el que se levanta la incredulidad. Benedicto XVI reconoce en su libro que la cuestión es central: “La fe cristiana se apoya o se hunde en la verdad del testimonio según el cual Cristo resucitó de entre los muertos”. El Papa se alza contra las elucubraciones interpretativas que declaran compatibles el anuncio de la resurrección de Cristo y la permanencia de su cadáver en el sepulcro, explica el Cardenal Ouellet. “Excluye estas absurdas teorías observando que el sepulcro vacío, si bien no es una prueba de la resurrección, de la que nadie ha sido testigo, queda como un signo, un presupuesto, una huella dejada en la historia por un acontecimiento trascendente”. “Solo un suceso real -afirma el Papa- de una cualidad radicalmente nueva era capaz de hacer posible el anuncio apostólico, que no puede ser explicado por especulaciones o experiencias místicas interiores”. La resurrección de Jesús introduce, según Benedicto XVI, una “mutación decisiva” que inaugura “una nueva posibilidad de ser hombre”. La importancia histórica de la resurrección se manifiesta en el testimonio de las primeras comunidades cristianas que dieron vida a la tradición del domingo como signo de identificación con el Señor. “La celebración del día del Señor, que desde los comienzos distingue a la comunidad cristiana, es para mí, escribe el Papa, una de las pruebas más poderosas del hecho de que, en ese día, ha ocurrido algo extraordinario: el descubrimiento de la tumba vacía y el encuentro con el Señor resucitado”. La Semana Santa es un tiempo oportuno para preguntarnos si acaso damos fe de la resurrección de Cristo con nuestra asistencia dominical a la Santa Misa, que recuerda ese momento central de nuestra fe.

+ Juan Ignacio.
Obispo de San Bernardo