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Misa en sufragio de Cardenales y Obispos difuntos

foto_02Siguiendo la tradición del mes de noviembre, el Papa celebró esta mañana en la basílica vaticana la Santa Misa en sufragio por los cardenales y obispos fallecidos a lo largo del año. Concelebraron con el Santo Padre los miembros del colegio cardenalicio.

Benedicto XVI recordó al inicio de la homilía los nombres de los purpurados que han muerto en los doce últimos meses: Peter Seiichi Shirayanagi, Cahal Brendan Daly, Armand Gaétan Razafindratandra, Thomáš Špidlik, Paul Augustin Mayer, Luigi Poggi, manifestando su afecto por ellos y por los numerosos arzobispos y obispos fallecidos en este año.

“Recordamos a estos venerados hermanos nuestros -dijo el Papa- como pastores entregados, cuyo ministerio se ha caracterizado siempre por el horizonte escatológico que anima la esperanza en la felicidad sin sombras, que se nos ha prometido después de esta vida; como testigos del Evangelio, (…) como cristianos, (…) animados por una fe profunda, por el deseo vivo de conformarse a Jesús”.

El Santo Padre observó después que la “vida eterna” prometida, “designa el don divino concedido a la humanidad: la comunión con Dios en este mundo y su plenitud en el futuro. El misterio pascual de Cristo nos abrió la vida eterna y la fe es el camino para alcanzarla”. Y citando el coloquio de Jesús con Nicodemo, narrado en el Evangelio de hoy, explicó que en esa conversación Cristo “revela el sentido profundo de ese evento de salvación: El Hijo del hombre tendrá que ser alzado en la cruz para que los que creen en Él tengan la vida. (…) La Cruz, paradójicamente, de signo de condena, de muerte y fracaso, se transforma en signo de redención, de vida, de victoria, en el que con la mirada de la fe, se vislumbran los frutos de la salvación”.

El sentido salvífico de la Cruz consiste “en el amor inmenso de Dios y en el don de su Hijo unigénito. (…) Los verbos “amar” y “dar” indican un acto decisivo y definitivo que expresa la radicalidad con la que Dios se ha acercado al ser humano en el amor, hasta la entrega total, (…) calándose en el abismo de nuestro abandono extremo hasta superar el umbral de la muerte. El objeto y el beneficiario del amor divino es el mundo, es decir la humanidad. Es una palabra que elimina completamente la idea de un Dios lejano y extraño al camino del ser humano y revela, en cambio, su rostro verdadero. (…) Dios (…) ama sin medida. No manifiesta su omnipotencia en el castigo, sino en la misericordia y el perdón”.

“Jesús vino para salvar y no para condenar -subrayó el pontífice-; con el sacrificio de la Cruz nos desvela el rostro de amor de Dios. Y precisamente por la fe en el amor que nos ha dado a través de Jesucristo, sabemos que incluso la más pequeña fuerza de amor es más grande que la máxima fuerza destructora y puede transformar el mundo, y por esa misma fe podemos tener una “esperanza fiable” en la vida eterna y en la resurrección de la carne”.