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Misericordia y Clemencia: signos del Bicentenario

obispos_de_chileEl Bicentenario de Chile se inscribe en la línea de los jubileos que celebran las personas y las instituciones (bodas de plata, de oro, de diamante). Son momentos intensos de gratitudes, donde se celebran los gozos y esperanzas, pero también se recuerdan las tristezas y dolores de nuestra existencia personal y comunitaria.

Nuestra concepción de las celebraciones jubilares, que hunde sus raíces en el testimonio bíblico, tiene también una significación social y cultural para el presente y el mañana de Chile, pues marcan decisivamente la vida de los pueblos. Es lo que acontece en la historia patria, con la fecha de la fundación de nuestras ciudades y, especialmente, con la fecha de nuestra Independencia Nacional

Una celebración como el Bicentenario, nos orienta el Papa Juan Pablo II, “no quiere dejar las cosas como están. El año jubilar del Antiguo Testamento debía «devolver la igualdad entre todos los hijos de Israel, abriendo nuevas posibilidades a las familias que habían perdido sus propiedades e incluso la libertad personal» (Carta apostólica Tertio millennio adveniente, 13)”. Es necesario que este tiempo del Bicentenario sirva “para remediar eventuales injusticias, para subsanar cualquier exceso, para recuperar lo que de otro modo se perdería. Y si esto vale para cualquier experiencia humana, que se puede mejorar, con mayor razón se aplica a la experiencia de la cárcel, donde las situaciones que se crean son particularmente delicadas” (cfr. Juan Pablo II, Mensaje Jubileo en las cárceles, n. 4).

Nuestro jubileo del Bicentenario quiere tener un significado positivo. “Al igual que la misericordia de Dios, siempre nueva en sus formas, abre nuevas posibilidades de crecimiento en el bien, celebrar el Jubileo significa también esforzarse en crear nuevas ocasiones de recuperación para cada situación personal y social, aunque aparentemente parezca irremediablemente comprometida” (cfr. Juan Pablo II, Mensaje Jubileo en las cárceles, n. 4). Nuestro recordado Pontífice nos advertía que abstenerse de acciones promocionales en favor del recluso significaría reducir la prisión a una suerte de venganza social.

Somos creyentes en Cristo. Él ha inaugurado una historia basada no sobre la indiferencia, ni sobre la venganza, ni menos sobre la guerra, sino sobre el amor hasta el extremo del perdón. Y esa es la que, respetando el sentido de la justicia, quisiéramos que alcance a las personas que están encarceladas. Por ello, queremos compartir nuestros fundamentos para solicitar a las autoridades del país, con ocasión del Bicentenario, un indulto a personas privadas de libertad.

1. Fundamento General: Llamado para reflexionar acerca de un sistema penal y carcelario más humano

El Bicentenario nos mueve a reflexionar en torno a asuntos pendientes que tenemos como Nación. Sin duda, uno de ellos es la situación carcelaria en nuestro país. El problema de la delincuencia es una preocupación constante de todos los chilenos, también debería serlo la rehabilitación y reinserción social de quienes han causado quiebres y daños en la sociedad por sus crímenes y delitos.

El sistema penal chileno, al igual que en la mayoría de las naciones del mundo, busca responder al mantenimiento del orden público, conforme a la dignidad de la persona humana. Sin embargo, nuestra conciencia no puede estar tranquila cuando constatamos que nuestro sistema carcelario superpoblado, más allá de los importantes esfuerzos que se han realizado, no ofrece oportunidades verdaderas y realistas de rehabilitación a los internos, incluso en las nuevas cárceles. Por el contrario, sabemos que con frecuencia los recintos penales son un hábitat más violento y deshumanizante que aquéllos que propiciaron el desarrollo de la delincuencia.

Un ambiente así, tampoco favorece la conversión interior ni los deseos de cambio en las personas. “La cárcel no debe ser un lugar de deseducación, de ocio y tal vez de vicio, sino de redención” (Juan Pablo II, Mensaje Jubileo en las cárceles, n. 7).

2. Fundamento para la revisión de regímenes que no prestan atención a los enfermos graves y adultos mayores

Apelando a la valoración integral de los Derechos Humanos, especialmente del derecho a la vida – del que nuestro país ha tomado conciencia progresiva aunque no suficiente–, creemos que es fundamental prestar especial atención a quienes, por estar en prisión, ven vulnerados sus derechos a una atención sanitaria apropiada o, incluso, a una muerte digna. Si ya los reclusos son pobres entre los pobres de la sociedad al verse privados de su libertad, más aún lo son quienes, en esas condiciones, padecen enfermedades graves o terminales, o viven el ocaso de sus días en un deterioro físico progresivo. ¡Cuántos hermanos y hermanas nuestros enfrentan su muerte en la más completa soledad, privados del derecho de estar rodeado de sus familiares!

La celebración del Bicentenario de la Patria puede ser un momento privilegiado para ejercer nuestra misericordia subsanando posibles distorsiones del sistema de justicia, como las señaladas. En este contexto, comprendemos el enorme valor que tendría un gesto de clemencia hacia quienes, dentro del cumplimiento de sus penas, llevan un sufrimiento aun mayor a causa de su edad, salud y soledad.

3. Fundamento para una promoción integral de los reclusos

Si un sistema penitenciario busca sancionar un mal cometido con un castigo proporcional y, a la vez, rehabilitar al agresor para que se transforme en un bien para la sociedad, resultaría incomprensible no considerar acciones promocionales a favor del recluso. La prisión no tiene solamente un fin reivindicativo. En la legislación se contemplan rebajas de pena y estímulos para quienes, dentro de la normativa, demuestran un comportamiento apropiado y, pese a las dificultades y falta de oportunidades, cumplen con lo requerido por el sistema penal.

No obstante, una vez más invitamos a quienes tienen el conocimiento técnico y las facultades pertinentes, a promover integralmente la rehabilitación y reinserción de aquellos que, a pesar de sus condiciones vitales, muchas veces indignas, quieren salir del círculo de la delincuencia y la marginación del que hoy son parte.

Es también un acto de clemencia el resolver definitivamente el drama de las cárceles de Chile: el estado estructural de la gran mayoría de los recintos penitenciarios, la superpoblación de los internos, las tensiones comunitarias marcadas por la agresividad y el temor, la discriminación y las luchas de poder, los serios conflictos en quienes custodian a los internos, entre otros dramas que la gran mayoría de los chilenos y chilenas sólo conocen parcialmente a través de los medios de comunicación.

Lo mismo pedimos para los programas de acompañamiento hacia quienes salen de prisión y que muchas veces no tienen otro horizonte que la reincidencia, por la falta de oportunidades. Su reinserción positiva en la sociedad no dependerá exclusivamente del trabajo realizado tras el cumplimiento de su pena, sino también del apoyo y la terapia integral -psicológica, laboral, social y espiritual-, que deberían recibir desde que comienzan a cumplir sus condenas. El incentivo de procesos formativos que faciliten su posterior inserción laboral es una responsabilidad a la que deben contribuir no sólo quienes resguarden a los condenados, sino también quienes proveen empleos en la sociedad.

Conclusión

A la luz de lo señalado, y animados en la promoción de una sociedad que, a través de la misericordia ejercida con sabiduría y prudencia, y ajustada a las disposiciones del Derecho, busca restablecer las confianzas y ejercer la fuerza liberadora del amor, pedimos a la sociedad chilena a través de las autoridades competentes un gesto de clemencia hacia quienes cumplen penas. Por ejemplo en las siguientes situaciones:

a. Que los condenados por sentencia ejecutoriada puedan ver reducidas parcialmente sus penas privativas o restrictivas de la libertad.

b. Además de lo señalado, que se conceda una importante reducción adicional a quienes tengan más de 70 años de edad.

c. A las mujeres que tengan uno o más hijos menores de 18 años, que se les conceda también una reducción adicional.

d. A las personas condenadas privadas de libertad que padezcan alguna enfermedad invalidante, grave e irrecuperable, que no puedan desplazarse por sus propios medios, y también a los enfermos terminales, todos debidamente comprobados por autoridad competente, que se les condone el saldo de las penas que les resten por cumplir.

e. Que se mejoren sustancialmente las condiciones de vida de quienes cumplen penas privativas o restrictivas de libertad.

Cuando se dé un momento más propicio para el diálogo ciudadano sereno que requiere una iniciativa como ésta, presentaremos una propuesta concreta.

EL COMITÉ PERMANENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE CHILE

† Alejandro Goic Karmelic

Obispo de Rancagua

Presidente

† Gonzalo Duarte García de Cortázar

Obispo de Valparaíso

Vicepresidente

† Francisco Javier Errázuriz Ossa

Cardenal Arzobispo de Santiago

† Ricardo Ezzati Andrello

Arzobispo de Concepción

† Santiago Silva Retamales

Obispo Auxiliar de Valparaíso

Secretario General