Homilía en la Misa con los adultos mayores

HOMILÍA EN LA SANTA MISA CON LOS ADULTOS MAYORES

Catedral de San Bernardo. 27 de octubre de 2026

«Aun en la vejez darán fruto» (Salmo 92, 15)

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy nos reunimos en torno al altar del Señor para dar gracias a Dios por el don de la vida, por los años que Él nos ha concedido y, especialmente, por la presencia de nuestros adultos mayores en las familias, en nuestras parroquias y en toda la comunidad cristiana.

La Sagrada Escritura tiene palabras especialmente hermosas para hablar de la ancianidad. Dice el Salmo 92: «Aun en la vejez darán fruto, estarán llenos de fuerza y verdor».

Es una afirmación extraordinaria. Dios nos dice que una persona puede seguir dando frutos incluso cuando disminuyen sus fuerzas, cuando aparecen las enfermedades o cuando ya no puede realizar las actividades de antes.

Porque el valor de una vida no se mide por lo que una persona produce, por lo que gana o por las fuerzas físicas que conserva. Se mide por el amor que ha entregado, por el bien que ha sembrado, por su fidelidad a Dios y por todo aquello que todavía puede ofrecer a los demás.

Quisiera detenerme en cinco enseñanzas que encontramos en la Palabra de Dios.

  1. Ustedes son los transmisores de la fe a las nuevas generaciones

San Pablo, escribiendo a su discípulo Timoteo, le dice unas palabras muy hermosas: «Tengo presente la sinceridad de tu fe, esa fe que tuvieron primero tu abuela Loida y tu madre Eunice, y que, estoy seguro, tienes también tú» (2 Tim 1, 5).

¡Qué hermoso elogio para una abuela! San Pablo reconoce que la fe de aquel joven discípulo no nació de la nada. Hubo una abuela y una madre que le enseñaron a conocer y amar a Jesucristo.

Pienso que muchos de ustedes han hecho exactamente lo mismo.

¿Cuántos hijos y nietos aprendieron a hacer la señal de la cruz porque su abuela se la enseñó? ¿Cuántos aprendieron el Padrenuestro, el Avemaría y las primeras oraciones junto a sus padres o abuelos? ¿Cuántos conocieron por primera vez una iglesia porque alguien mayor los llevó de la mano?

La fe se transmite con palabras, pero sobre todo con el ejemplo. Un niño que ve a su abuela rezando, que observa a su abuelo arrodillarse ante el Santísimo Sacramento, que escucha a sus padres hablar de Dios con respeto, recibe una enseñanza que difícilmente olvidará.

Hoy tenemos una dificultad muy grande: en muchas familias se ha interrumpido la transmisión de la fe. Hay niños que crecen sin aprender a rezar, jóvenes que nunca han participado regularmente en la Santa Misa y hogares donde apenas se habla de Dios.

Por eso quiero pedirles algo muy concreto: no renuncien nunca a transmitir la fe.

Aunque sus hijos sean adultos, aunque algunos nietos se hayan alejado de la Iglesia, aunque parezca que no escuchan, sigan hablándoles de Dios con cariño y prudencia. Invítelos a rezar. Enséñenles a acudir a la Virgen. Recuérdenles la importancia de la Santa Misa dominical.

Y, sobre todo, den testimonio de una fe alegre, serena y perseverante.

Quizás no lleguen a ver todos los frutos de lo que han sembrado. Pero la semilla de la fe, cuando se deposita en el corazón de una persona, puede germinar muchos años después.

 

  1. Ustedes son la memoria viva de nuestras familias y de nuestro pueblo

El libro del Deuteronomio nos dice: «Acuérdate de los días antiguos, considera los años de generación en generación. Pregunta a tu padre y él te lo contará; a tus ancianos, y ellos te lo dirán» (Dt 32, 7).

Una sociedad que pierde la memoria pierde también una parte importante de su identidad.

Ustedes han conocido un mundo muy distinto del actual. Han vivido tiempos difíciles, han trabajado, han formado familias, han conocido alegrías y sufrimientos, han superado crisis y han visto cómo Dios los acompañaba en medio de tantas circunstancias.

Han conocido la historia de nuestra patria, de nuestros pueblos y de nuestras parroquias. Muchos recuerdan cuando se construyeron las iglesias, cuando nacieron las comunidades, cuando las familias se reunían para rezar el Rosario y cuando la vida religiosa ocupaba un lugar importante en los hogares.

No todo tiempo pasado fue mejor. También hubo dificultades, errores e injusticias. Pero la experiencia de lo vivido nos ayuda a comprender el presente y a no repetir los errores del pasado.

Por eso, queridos adultos mayores, cuenten su historia a sus hijos y nietos.

Cuéntenles cómo formaron sus familias, cómo enfrentaron las dificultades económicas, cómo vivieron los momentos de dolor, cómo conservaron la esperanza y cómo la fe los sostuvo.

Y cuéntenles también las cosas buenas que recibieron de sus padres y abuelos: la honestidad, el respeto a la palabra dada, el sacrificio por los hijos, la fidelidad matrimonial, el amor al trabajo y la confianza en la Providencia.

Una familia que escucha a sus mayores conserva sus raíces. Y un árbol sin raíces difícilmente puede crecer.

A los más jóvenes debemos decirles también: escuchen a sus abuelos. No los consideren personas que pertenecen al pasado. En ellos hay una riqueza de humanidad y de sabiduría que ninguna tecnología puede reemplazar.

 

  1. La oración de los ancianos es una fuerza extraordinaria para la Iglesia

En el Evangelio de san Lucas encontramos a dos personas mayores: Simeón y Ana.

Simeón había esperado durante muchos años la llegada del Salvador. Cuando María y José llevaron al Niño Jesús al Templo, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, porque mis ojos han visto tu salvación» (cf. Lc 2, 29-30).

Y junto a él estaba Ana, una mujer de edad muy avanzada, que no se apartaba del Templo y servía a Dios con ayunos y oraciones (cf. Lc 2, 36-38).

¡Qué hermosa imagen de la ancianidad cristiana!

Dos personas mayores que habían convertido su vida en una espera confiada, en una oración perseverante y en un encuentro con Dios.

Queridos hermanos: quizás algunos de ustedes ya no pueden trabajar como antes, salir de sus casas con facilidad o participar en todas las actividades de la parroquia. Pero hay algo que siempre pueden hacer y que tiene un valor inmenso: rezar.

La Iglesia necesita la oración de sus adultos mayores.

Necesitamos que recen por las familias, por los matrimonios que atraviesan dificultades, por los jóvenes que están perdiendo la fe, por los niños que crecen sin conocer a Jesucristo.

Necesitamos que recen por los sacerdotes, por las vocaciones, por los seminaristas, por el Papa y por toda la Iglesia.

Y necesitamos que recen por nuestra patria, donde tantas veces vemos crecer la violencia, la división, la soledad y la indiferencia hacia Dios.

Nunca piensen que su oración es inútil. Una persona mayor que reza por sus hijos y nietos, que ofrece sus dolores al Señor y que pide por las necesidades de los demás está realizando una verdadera misión apostólica.

Quizás el mundo no conozca esa labor silenciosa, pero Dios sí la conoce.

Y quiero recordarles algo más: cuando llegan las enfermedades, el cansancio o las limitaciones, esos sufrimientos pueden unirse al sacrificio de Cristo en la Cruz y convertirse en una ofrenda de amor por la salvación de los demás.

Mientras podemos amar y rezar, nuestra vida sigue siendo fecunda.

 

  1. La experiencia de la vida nos enseña a distinguir lo verdaderamente importante

Dice el libro del Eclesiástico: «¡Qué hermosa es la sabiduría de los ancianos, la reflexión y el consejo en las personas venerables!» (cf. Sir 25, 4-6).

Con los años se aprende algo que muchas veces los jóvenes todavía no comprenden: no todo lo que parece importante lo es realmente.

Se aprende que el dinero es necesario, pero no puede comprar el amor. Que el éxito profesional puede ser bueno, pero no asegura la felicidad. Que las dificultades pasan, pero las consecuencias del bien y del mal que hacemos pueden permanecer mucho tiempo.

Se aprende que hay que saber perdonar, que no vale la pena vivir guardando rencores, que las familias necesitan paciencia y que el tiempo que dedicamos a quienes amamos nunca es tiempo perdido.

Y, sobre todo, se comprende que lo más importante de la vida es vivir en amistad con Dios y prepararnos para el encuentro definitivo con Él.

La ancianidad es también un tiempo para reconciliarse. Para pedir perdón si hemos hecho daño. Para perdonar a quienes nos han ofendido. Para recuperar relaciones familiares que se han enfriado. Para acercarse con mayor frecuencia al sacramento de la Confesión y vivir en paz con Dios.

Nadie llega a la vejez sin haber cometido errores. Pero la misericordia de Dios es siempre más grande que nuestros pecados.

El Señor no nos pregunta cuántos años hemos vivido, sino cuánto hemos amado.

Por eso, la experiencia de los mayores debe convertirse en sabiduría para los jóvenes. No se trata solamente de dar consejos, sino de enseñar con la propia vida que la fidelidad, la honradez, la generosidad y el amor verdadero son los bienes que permanecen.

 

  1. De la mano de la Virgen María y muy cerca de Jesús en la Eucaristía

Quisiera terminar con dos amores que deben acompañarnos durante toda nuestra vida y especialmente en la ancianidad: el amor a la Santísima Virgen María y el amor a Jesús presente en la Eucaristía.

Muchos de ustedes aprendieron desde pequeños a amar a la Virgen del Carmen, nuestra Madre y Patrona de Chile.

Cuántas veces han acudido a ella en momentos difíciles. Cuántos Rosarios han rezado por sus hijos. Cuántas veces le han pedido que proteja a sus familias, que acompañe a un enfermo, que ayude a un nieto o que conceda la conversión de alguien querido.

Este año, en que conmemoramos el centenario de la coronación de la Virgen del Carmen, es una ocasión especialmente hermosa para renovar nuestro amor filial a la Madre de Dios.

María nunca abandona a sus hijos. Ella estuvo junto a Jesús al pie de la Cruz y permanece maternalmente cercana a quienes sufren.

A los adultos mayores les diría: no abandonen nunca el Santo Rosario. Cuando las fuerzas disminuyan, cuando la soledad se haga sentir, cuando aparezcan las preocupaciones, tomen el Rosario entre sus manos y hablen con la Virgen.

Y pidan especialmente por sus hijos y nietos. Que María los lleve a Jesús.

Pero hay otro encuentro que debemos cuidar de manera especial: el encuentro con Jesucristo en la Santa Misa.

La Eucaristía no es simplemente una reunión de la comunidad cristiana. Es el sacrificio de Cristo en la Cruz que se hace sacramentalmente presente sobre nuestros altares, para nuestra salvación. Es el mismo Señor que se entrega por nosotros y nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre.

Por eso es tan importante la Misa dominical.

Queridos hermanos, mientras su salud se lo permita, no dejen de participar cada domingo en la Santa Misa. Y quienes, por enfermedad o impedimentos serios, no puedan acudir a la iglesia, pidan que se les lleve la Sagrada Comunión a sus hogares.

Qué hermoso es ver a una persona mayor acercarse a recibir a Jesús después de tantos años de fidelidad. Quizás ha comulgado miles de veces a lo largo de su vida. Pero cada Comunión es un encuentro nuevo con el Señor.

La Eucaristía es alimento para el camino. Nos fortalece en nuestras debilidades, nos sostiene en el sufrimiento y nos prepara para la vida eterna.

Y ustedes, que han recorrido ya un largo camino, saben mejor que nadie que nuestra patria definitiva está en el Cielo.

 

Conclusión: todavía tienen mucho que entregar

Queridos adultos mayores:

Quiero que hoy se lleven una certeza muy profunda: ustedes son necesarios para sus familias, para la Iglesia y para nuestra sociedad.

Necesitamos su memoria para no olvidar nuestras raíces.

Necesitamos su experiencia para aprender a vivir con sabiduría.

Necesitamos su testimonio para transmitir la fe a las nuevas generaciones.

Necesitamos su oración para sostener espiritualmente a nuestras familias y comunidades.

Y necesitamos su amor a la Virgen y a Jesús Eucaristía, que nos recuerda dónde se encuentra la verdadera fuente de nuestra esperanza.

No se dejen vencer por la idea de que ya han hecho todo lo que tenían que hacer. Dios sigue esperando frutos de sus vidas.

El profeta Isaías nos transmite una promesa maravillosa del Señor:

«Hasta vuestra vejez yo seré el mismo, hasta las canas os sostendré. Yo os llevaré, os sostendré y os salvaré» (Is 46, 4).

Dios ha estado con ustedes en la infancia, en la juventud y en los años de trabajo y de formación de sus familias. Y seguirá acompañándolos hasta el último momento de sus vidas.

Que la Santísima Virgen del Carmen los cubra siempre con su manto maternal. Que Jesús Eucaristía sea su fortaleza y su consuelo. Y que san José, patrono de la buena muerte, los ayude a vivir cada día con paz, gratitud y esperanza.

Y que, cuando el Señor los llame a su presencia, puedan decir como el anciano Simeón: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, porque mis ojos han visto tu salvación».

 

Amén.