Homilía inauguración y bendición del nuevo edificio médico quirúrgico Hospital Parroquial de San Bernardo

HOMILÍA
INAUGURACIÓN Y BENDICIÓN DEL NUEVO EDIFICIO MÉDICO QUIRÚRGICO
23 de octubre de 2026

¿Por qué seguimos aquí?

Queridos hermanos y hermanas:

¿Por qué, después de casi 130 años, el Hospital Parroquial de San Bernardo continúa atendiendo enfermos y enfrentando las dificultades propias de una institución de salud?

La respuesta más profunda está en su origen y en su misión: seguimos aquí porque la Iglesia tiene el mandato de Jesucristo de amar, servir y cuidar a los que sufren.

Quisiera proponerles cuatro breves reflexiones.

  1. Porque tenemos una misión que cumplir

Este hospital nació de la fe y de la caridad cristiana, como respuesta a una necesidad concreta de San Bernardo: cuidar a los enfermos, especialmente a quienes tenían menos posibilidades de recibir atención.

Han cambiado los tiempos, la medicina y las condiciones económicas, pero nuestra misión permanece. Jesús nos dijo: «Estuve enfermo y me visitaron» (Mt 25,36). En cada enfermo, Cristo nos invita a reconocer su presencia.

Por eso, nuestra tarea no consiste solamente en curar enfermedades, sino también en acoger, aliviar sufrimientos, acompañar a las familias y hacer visible el amor de Dios.

  1. Porque queremos ser el Buen Samaritano

En la parábola, el samaritano ve al hombre herido, se conmueve, se acerca y cuida de él. Jesús concluye: «Ve y haz tú lo mismo» (Lc 10,37). Este mandato podría estar escrito a la entrada de nuestro hospital.

El samaritano no preguntó quién era aquel hombre ni si podía pagar. Vio a alguien que sufría y decidió ayudarlo.

La medicina necesita ciencia, tecnología, organización y recursos. Pero también necesita algo que ninguna máquina puede reemplazar: un corazón capaz de conmoverse. Un hospital católico debe distinguirse por la calidad de su medicina y por la calidad humana y cristiana de su atención.

  1. Porque toda vida humana tiene una dignidad sagrada

Toda persona posee una dignidad inviolable porque ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. El enfermo no la pierde al perder la salud; el anciano no pierde su valor cuando necesita ayuda; el pobre no tiene menos derechos por carecer de recursos.

Este hospital debe ser un lugar donde cada persona se sienta respetada, escuchada y querida. Como enseñaba san Juan Pablo II en Salvifici doloris, el sufrimiento nos llama a la solidaridad y al amor.

Todos los que trabajamos aquí participamos en una misma obra de misericordia. Una palabra amable, una explicación paciente o una mano tendida también pueden aliviar profundamente.

  1. Porque la caridad de Cristo nos impulsa

«El amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5,14), escribió san Pablo.

La historia de este hospital conoce dificultades, sacrificios e incertidumbres, pero también generosidad, entrega silenciosa y familias que han encontrado consuelo y esperanza. Damos gracias a Dios por todos quienes han sostenido esta obra, especialmente por quienes ya han partido a la casa del Padre.

Hoy nos corresponde continuarla con fidelidad a nuestra identidad católica, competencia profesional, responsabilidad en los recursos, unidad y especial preocupación por los más necesitados.

No basta con conservar un hospital nacido de la caridad cristiana: debemos procurar que esa caridad siga siendo su alma.

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos aquí porque hay enfermos que necesitan atención, familias que necesitan esperanza y personas que necesitan experimentar la misericordia de Dios. Porque la Iglesia no puede desentenderse del sufrimiento humano y Jesucristo sigue diciéndonos: «Ve y haz tú lo mismo».

Que la Santísima Virgen María, Salud de los Enfermos, interceda por esta institución, por quienes la dirigen, por todos hombres y mujeres que en el cuidan la vida, por los sacerdotes y religiosas que los atienden amorosamente y, especialmente, por los enfermos que llegan a sus puertas en busca de alivio.

Que cada jornada de trabajo, cada enfermo atendido y cada sufrimiento aliviado sean una ofrenda de amor a Dios. Y que, dentro de cien años, quienes nos sucedan puedan encontrar la misma respuesta: seguimos aquí porque queremos hacer presente el amor de Cristo entre los que sufren.

Amén.