Homilía en la celebración del Sacramento de la Confirmación en la parroquia Nuestra Señora de la Misericordia
Lo Herrera, 24 de octubre de 2026
Queridos confirmandos, queridos padres, padrinos y familias:
En el Evangelio de hoy le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento más importante. Y Él responde con dos mandamientos que en realidad forman uno solo:
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu», y luego añade: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Ésta es una enseñanza fundamental para este día de Confirmación.
Hoy ustedes reciben de una manera nueva y especial el don del Espíritu Santo. ¿Para qué? Para poder vivir verdaderamente como cristianos. Y vivir como cristiano significa, ante todo, aprender a amar.
Amar a Dios no es solamente decir que creemos en Él. Es darle un lugar verdadero en nuestra vida. Es rezar, participar en la Santa Misa, escuchar su Palabra, acudir a la Confesión, preguntarnos qué quiere Dios de nosotros y tratar de vivir según su voluntad.
Hoy el Espíritu Santo viene a fortalecer precisamente esa amistad con Dios.
Pero Jesús agrega inmediatamente algo inseparable: quien ama a Dios debe amar también a su hermano.
San Juan lo expresa con mucha claridad: «Quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,21).
Por eso, después de esta Confirmación, algo debería cambiar también en la manera de tratar a los demás.
El Espíritu Santo debe ayudarlos a ser mejores hijos, mejores hermanos, mejores compañeros y mejores amigos.
A descubrir al que está solo.
A no burlarse del que es distinto.
A defender al que es maltratado.
A perdonar.
A ayudar a quien tiene menos.
A preocuparse de aquel compañero que está pasando por un momento difícil.
Porque no podemos decir: «Yo amo mucho a Dios», y al mismo tiempo ser indiferentes ante las necesidades de quienes están a nuestro lado.
La Confirmación no es simplemente recibir un sacramento y continuar exactamente igual.
Es aceptar una misión.
Dentro de unos momentos, al ungirlos con el santo Crisma, escucharé su nombre y les diré:
«Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo».
Ese Espíritu les dará sus dones: sabiduría para elegir bien, consejo para saber qué camino tomar, fortaleza para defender la fe, piedad para tratar a Dios como Padre.
Pero ustedes tendrán que dejarlo actuar.
Habrá momentos en que amar a Dios no será fácil.
Habrá compañeros que tal vez no comprendan su fe.
Habrá ambientes donde resulte más cómodo callarse.
Habrá tentaciones de hacer lo que todos hacen.
Habrá momentos de egoísmo, flojera, orgullo o indiferencia.
Precisamente para esos momentos reciben hoy la fortaleza del Espíritu Santo.
Queridos jóvenes:
Si algún día no saben cómo vivir su fe, recuerden simplemente las palabras de Jesús:
Ama a Dios con todo tu corazón.
Y después pregúntate:
¿A quién tengo que amar hoy un poco mejor?
Tal vez a tus padres.
A un hermano.
A un amigo.
A alguien que te cuesta.
A una persona necesitada.
Allí comienza una vida cristiana verdadera.
Que el Espíritu Santo que reciben hoy haga crecer en ustedes estos dos amores que nunca deben separarse:
amor a Dios y amor al prójimo.
Y que la Virgen María, que amó a Dios con todo su corazón y estuvo siempre atenta a las necesidades de los demás, los acompañe durante toda su vida.
Amén.


