Homilía en la celebración del sacramento de la Confirmación Valdivia de Paine. 9 octubre 2026

Homilía en la celebración del sacramento de la Confirmación
Valdivia de Paine. 9 octubre 2026

En la semana de Nuestra Señora del Rosario

«El Espíritu Santo nos enseña a amar, a permanecer fieles y a comenzar de nuevo»

Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes y adultos que hoy van a recibir el sacramento de la Confirmación:

Nos reunimos en esta semana en que la Iglesia ha celebrado la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, para vivir un acontecimiento muy importante en la vida de nuestra comunidad: un grupo de jóvenes y adultos recibirá el don del Espíritu Santo mediante el sacramento de la Confirmación. Es un momento de alegría para todos, para sus familias, para sus padrinos y madrinas, y para la Iglesia entera.

Quisiera que hoy comprendiéramos que lo que vamos a celebrar no es simplemente una ceremonia religiosa, ni tampoco la conclusión de un período de preparación. Hoy Dios quiere entrar con una nueva fuerza en sus vidas, fortalecer su fe y ayudarlos a vivir como verdaderos discípulos de Jesucristo.

Hace pocos días, el 7 de octubre, precisamente en la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, el Papa León XIV inauguró en Roma un importante encuentro de obispos de todo el mundo, dedicado a reflexionar sobre los diez años de la exhortación apostólica Amoris laetitia, del Papa Francisco, acerca del amor en la familia.

En ese discurso, el Santo Padre nos recordó algunas verdades que tienen una relación muy profunda con lo que hoy estamos celebrando: la necesidad que tenemos de aprender a amar verdaderamente, las dificultades que experimentan las familias y los jóvenes para vivir la fidelidad y, sobre todo, la certeza de que la gracia de Dios puede transformar nuestra existencia.

Quisiera detenerme en tres enseñanzas que pueden ayudarnos a comprender mejor el don que hoy van a recibir.

  1. El Espíritu Santo nos da la fuerza para amar verdaderamente

El Papa León XIV ha recordado que los jóvenes de nuestro tiempo siguen buscando el amor, la fidelidad y el sentido de pertenencia. Es decir, en lo más profundo del corazón humano permanece el deseo de amar y ser amado, de formar una familia, de tener amigos verdaderos, de encontrar a alguien en quien confiar.

Sin embargo, también ha señalado que muchos encuentran dificultades para creer que un compromiso definitivo, una fidelidad para toda la vida, pueda ser el camino de la felicidad.

Y esto es algo que vemos frecuentemente en nuestra sociedad. Tenemos muchas posibilidades de comunicarnos, pero también existe mucha soledad. Se habla constantemente del amor, pero a veces se confunde con un sentimiento pasajero. Se desea la felicidad, pero se teme asumir los sacrificios que exige amar de verdad.

Queridos confirmandos, el Espíritu Santo que hoy van a recibir es el Espíritu del amor de Dios. San Pablo nos enseña que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5).

Esto significa que el amor cristiano no depende solamente de nuestros sentimientos o de nuestras fuerzas humanas. Es un don de Dios que debemos acoger y cultivar.

El Espíritu Santo nos enseña a amar cuando es difícil hacerlo; a perdonar cuando hemos sido ofendidos; a permanecer fieles cuando aparecen las dificultades; a cumplir nuestra palabra cuando sería más cómodo abandonarla.

A ustedes, jóvenes, quisiera decirles algo muy concreto: no tengan miedo de comprometer su vida por aquello que verdaderamente vale la pena. No tengan miedo de formar algún día una familia cristiana, de vivir un matrimonio fiel y generoso, o de responder a una vocación sacerdotal o religiosa si el Señor los llama.

Y a ustedes, adultos, que hoy se confirman, les digo: nunca es tarde para dejar que Dios renueve nuestro corazón. Quizás algunos tienen ya una familia, hijos, responsabilidades y preocupaciones. El Espíritu Santo quiere entrar precisamente en esas realidades, para que puedan vivirlas con mayor amor, paciencia y fortaleza.

La Confirmación no nos aleja de la vida cotidiana. Por el contrario, nos da la gracia para vivirla cristianamente.

  1. El Espíritu Santo nos sostiene en nuestras fragilidades y dificultades

Una segunda enseñanza del Papa León XIV me parece especialmente hermosa. En su discurso recordó que la vida de las familias está marcada por alegrías, pero también por dificultades, heridas y momentos de aparente fracaso.

Y afirmó una verdad muy importante: necesitamos la gracia de Dios, el perdón y la posibilidad de comenzar de nuevo. La fidelidad no es solamente el resultado de nuestra voluntad; es también una gracia que recibimos y que debemos renovar.

¡Qué importante es comprender esto!

A veces pensamos que ser buenos cristianos significa no tener problemas, no experimentar debilidades, no equivocarnos nunca. Pero no es así. Los santos no fueron personas que jamás tuvieron dificultades, sino hombres y mujeres que aprendieron a confiar en Dios y a levantarse después de sus caídas.

El Espíritu Santo no viene a nosotros porque seamos perfectos. Viene precisamente porque necesitamos su ayuda.

Piensen en los apóstoles. Antes de Pentecostés tenían miedo. Habían abandonado a Jesús en los momentos más difíciles. Pedro incluso lo había negado tres veces. Sin embargo, cuando recibieron el Espíritu Santo, aquellos hombres temerosos se transformaron en testigos valientes de Jesucristo.

También hoy necesitamos esa transformación.

Hay familias que sufren por las divisiones, por las dificultades económicas, por la falta de diálogo entre padres e hijos, por la enfermedad, por la violencia o por la ausencia de alguno de sus miembros. Hay jóvenes que sienten incertidumbre ante el futuro, que experimentan la soledad o que encuentran difícil mantener su fe en ambientes donde Dios parece estar ausente.

Precisamente allí quiere actuar el Espíritu Santo.

Queridos confirmandos, cuando el obispo imponga sus manos sobre ustedes y los unja con el santo crisma, recuerden que Dios no les está prometiendo una vida sin dificultades. Les está prometiendo su presencia y su gracia para enfrentarlas.

Por eso, no abandonen nunca la oración. No se alejen de la Santa Misa dominical. Acudan al sacramento de la Confesión cuando hayan pecado. Aprendan a pedir perdón y también a perdonar.

Una familia cristiana no es aquella en la que nunca existen problemas, sino aquella que sabe volver a Jesucristo para encontrar la fuerza de superarlos.

Y quisiera agregar algo: una de las señales más hermosas de que el Espíritu Santo actúa en una persona es que aprende a ser instrumento de reconciliación. En una sociedad donde abundan las divisiones, las desconfianzas y las palabras que hieren, el cristiano confirmado está llamado a sembrar la paz.

  1. Con María, aprender a escuchar a Dios y llevar a Cristo a nuestras familias

Finalmente, quisiera que dirigiéramos nuestra mirada a la Santísima Virgen María, a quien esta semana veneramos especialmente bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario.

María estuvo presente en los momentos fundamentales de la vida de Jesús. Lo acompañó desde Belén hasta el Calvario. Y también estuvo presente cuando nació la Iglesia, reunida con los apóstoles en oración, esperando la venida del Espíritu Santo.

Nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles que todos perseveraban unidos en la oración, junto con María, la Madre de Jesús (cf. Hch 1,14).

¡Qué hermosa imagen para nuestra celebración de hoy! También nosotros estamos reunidos como aquella primera comunidad cristiana, esperando y pidiendo el don del Espíritu Santo. Y también nosotros contamos con la presencia maternal de la Virgen.

María nos enseña tres actitudes fundamentales para la vida cristiana: escuchar la Palabra de Dios, confiar en sus promesas y permanecer fieles aun en medio de las dificultades.

Cuando el ángel le anunció que sería la Madre del Salvador, ella respondió: «Yo soy la servidora del Señor; que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1,38).

Esa disponibilidad es la que hoy debemos aprender.

El Santo Rosario, tan querido por nuestro pueblo cristiano, es una escuela para aprender a vivir como María. Al rezarlo contemplamos los misterios de la vida de Jesucristo, aprendemos a conocerlo y a amarlo, y ponemos nuestras familias bajo la protección de su Madre.

Quisiera invitarlos especialmente a ustedes, jóvenes y adultos que se confirman, a recuperar esta hermosa oración en sus hogares. Quizás no siempre podrán rezar el Rosario completo, pero pueden comenzar por un misterio, por una decena, por una breve oración familiar.

Una familia que reza unida aprende también a escucharse, a perdonarse y a descubrir que Dios está presente en medio de sus alegrías y preocupaciones.

El Papa León XIV ha insistido en que las familias no son solamente destinatarias de la acción pastoral de la Iglesia. Son también protagonistas de su misión. Por medio de la fidelidad, el cuidado de los hijos, la atención a los ancianos, el perdón y la ayuda a los necesitados, las familias anuncian el Evangelio.

Y aquí encontramos una hermosa misión para quienes hoy se confirman: llevar la presencia de Jesucristo a sus propias familias.

Tal vez algunos viven en hogares donde no todos comparten la fe. Otros conocen situaciones familiares difíciles. Algunos tienen padres o hermanos alejados de la Iglesia. No deben desanimarse. Un cristiano confirmado puede ser un instrumento de Dios mediante su ejemplo, su paciencia, su alegría y su capacidad de amar.

No se trata de imponer la fe a los demás, sino de mostrar, mediante la propia vida, que vale la pena seguir a Jesucristo.

Conclusión: hoy comienza una nueva responsabilidad

Queridos confirmandos:

Dentro de unos momentos, cuando reciban la unción con el santo crisma, escuchararán estas palabras: «Recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo».

Quisiera que las guardaran para siempre en su corazón.

El Espíritu Santo les concede sus siete dones: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. No son dones para guardarlos como un tesoro escondido, sino para ponerlos al servicio de los demás.

Que la sabiduría les ayude a distinguir lo verdaderamente importante. Que la fortaleza los sostenga cuando tengan que defender su fe. Que el consejo los ilumine en las decisiones difíciles. Que la piedad los acerque cada día más al Señor.

Y recuerden que la Confirmación no es una despedida de la catequesis ni el final de la vida sacramental. Es un nuevo comienzo. Desde hoy la Iglesia espera de ustedes una participación más consciente y generosa en su misión.

Necesitamos jóvenes que no se avergüencen de ser cristianos. Necesitamos adultos capaces de dar testimonio de su fe en el trabajo, en la familia y en la sociedad. Necesitamos hogares donde los hijos aprendan a conocer a Jesucristo, donde los mayores sean respetados, donde se enseñe a perdonar y donde nunca se pierda la esperanza.

El Papa León XIV nos ha recordado que la Iglesia debe encontrar caminos renovados para llevar el Evangelio a las familias, especialmente a aquellas que sufren. Ustedes, queridos confirmandos, están llamados a participar en esa misión.

Pidamos hoy a Nuestra Señora del Rosario que los acompañe siempre. Que ella les enseñe a escuchar la voz del Espíritu Santo, a permanecer junto a Jesús y a llevar su amor a todos los que encuentren en el camino.

Que dentro de muchos años, cuando recuerden el día de su Confirmación, puedan decir con gratitud: aquel día el Señor me llamó a vivir más cerca de Él, y con su gracia he procurado permanecer fiel.

Que María, Esposa del Espíritu Santo y Madre de la Iglesia, los proteja y los conduzca siempre hacia su Hijo Jesucristo.

Amén

+Juan Ignacio
Obispo de San Bernardo