Fiesta Patronal de la Capilla San Francisco de Asis. Paine.
Homilía, 4 de octubre de 2026.
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos a san Francisco de Asís, uno de los santos más queridos de la Iglesia.
¿Quién fue san Francisco?
Nació en Asís, hacia 1181 o 1182, en una familia acomodada. Su padre soñaba para él una vida de prestigio y riqueza, y Francisco, de joven, buscó también la gloria humana. Quiso ser caballero, participó en conflictos y conoció la prisión y la enfermedad.
Pero poco a poco Dios fue entrando en su vida. Francisco descubrió que aquello que antes consideraba importante no podía llenar su corazón. Se acercó a los pobres, a los enfermos y a los leprosos, y comenzó a encontrarse profundamente con Jesucristo.
Un momento decisivo ocurrió ante el Crucifijo de San Damián, donde escuchó interiormente: «Francisco, repara mi Iglesia». Al principio pensó en reparar aquel templo, pero después comprendió que Dios le pedía renovar la Iglesia viviendo radicalmente el Evangelio.
Y eso hizo: comenzó sencillamente a vivir el Evangelio.
De su vida quisiera recoger hoy tres enseñanzas fundamentales.
La primera es poner a Jesucristo en el centro de la vida.
Francisco no fue solamente un hombre bueno, amante de la naturaleza o defensor de los pobres. Fue, ante todo, un hombre enamorado de Jesucristo. Contemplaba al Señor pobre de Belén, al Cristo crucificado y a Jesús presente en la Eucaristía.
Comprendió que el cristianismo no consiste sólo en cumplir normas, sino en encontrarse con una Persona: Jesucristo.
También nosotros podemos tener muchas actividades y responsabilidades, incluso buenas, pero si Cristo deja de estar en el centro, nuestra vida cristiana se vacía. Por eso debemos preguntarnos:
¿Ocupa realmente Jesucristo un lugar en mi vida?
¿Rezo? ¿Participo en la Misa dominical? ¿Busco conocer el Evangelio? ¿Me acuerdo de Dios al tomar decisiones importantes?
San Francisco nos recuerda que, cuando Cristo ocupa el centro, todo lo demás encuentra su lugar.
La segunda enseñanza es la sencillez y el desprendimiento.
Francisco descubrió que las riquezas pueden convertirse en una prisión cuando ponemos en ellas el corazón. Por eso abrazó voluntariamente la pobreza, no porque los bienes materiales fueran malos, sino porque quería ser libre para seguir a Cristo.
Comprendió las palabras del Señor:
«Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón».
Nuestro mundo promete felicidad en el tener más: dinero, cosas, reconocimiento, comodidad y éxito. San Francisco nos recuerda que la verdadera riqueza consiste en tener un corazón libre para amar a Dios y a los demás.
No todos estamos llamados a vivir como él, pero sí a no dejarnos poseer por las cosas: usar los bienes con responsabilidad, no vivir para acumular, compartir, agradecer y valorar a cada persona por lo que es ante Dios, no por lo que posee.
La tercera enseñanza es la fraternidad y el amor a los más pobres.
Francisco sentía rechazo hacia los leprosos, pero un día encontró a uno en el camino. En vez de alejarse, se acercó, lo abrazó y lo besó. Descubrió que detrás de aquel rostro herido estaba Cristo.
Desde entonces miró de otra manera a los pobres, enfermos y sufrientes. Por eso llamaba a todos hermanos: al pobre, al enfermo, al extranjero, y también al sol, la luna y el agua, porque veía toda la creación como obra de un mismo Padre.
Esta enseñanza es muy necesaria hoy. En una sociedad donde cada uno puede preocuparse sólo de sí mismo, Francisco nos recuerda que el cristiano no puede pasar indiferente ante el sufrimiento.
Debemos preguntarnos:
¿Quién necesita de mí?
Tal vez un familiar, un vecino, un anciano que vive solo, una persona enferma, un joven desorientado o una familia con dificultades.
La caridad comienza muchas veces en gestos sencillos: escuchar, acompañar, visitar, compartir y perdonar.
Queridos hermanos:
San Francisco vivió hace más de ochocientos años, pero su mensaje sigue siendo actual. Nos enseña:
Primero, poner a Jesucristo en el centro.
Segundo, vivir con sencillez y libertad frente a las cosas materiales.
Tercero, reconocer a Cristo en los pobres y tratar a todos como hermanos.
Al final de su vida recibió en su cuerpo los estigmas de la Pasión de Cristo, como signo de aquello que había buscado durante toda su existencia: parecerse a Jesús.
Ése es el secreto de los santos: dejar que Cristo transforme su vida.
Pidamos hoy a san Francisco de Asís que también nosotros sepamos decir:
Señor, hazme más parecido a Ti.
Enséñame a amarte, a vivir con sencillez y a reconocer a mis hermanos.
Haz de mi vida, siguiendo el espíritu franciscano, un instrumento de tu paz.
Amén.


