Homilía A los alumnos de los colegios Dehonianos

Homilía a los alumnos de los colegios y obras apostólicas de las Congregacion de Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús.8 (Dehonianos)
11 de septiembre de 2026.
Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Fátima. San Bernardo

 

«¿Puede un ciego guiar a otro ciego?» (Lc 6,39)

 

Queridos jóvenes:

El Evangelio de hoy nos presenta unas palabras muy exigentes de Jesús: «No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados». Y después nos hace una pregunta: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego?».

Estas palabras nos ayudan a comprender muy bien lo que el Padre León Dehon esperaba de la juventud cristiana.

Primero: formar el corazón.

Cuando León Dehon era todavía un sacerdote joven comprendió que no bastaba predicar. Había que educar. En Saint-Quentin conoció directamente las difíciles condiciones en que vivían muchas familias obreras y vio especialmente la necesidad de formar a los niños y jóvenes. Por eso impulsó obras sociales y educativas y, en 1877, fundó el Colegio San Juan.

No quería simplemente jóvenes instruidos. Quería formar hombres cristianos. Comprendía que la educación debía llegar a la inteligencia, pero también a la conciencia y, sobre todo, al corazón.

Una expresión suya resume buena parte de esta espiritualidad: «El Corazón de Jesús, el amor de Jesús, es todo el Evangelio».

Por eso Jesús nos dice hoy: antes de mirar la paja en el ojo del hermano, mira la viga que hay en el tuyo. Antes de pretender cambiar el mundo, deja que Cristo cambie tu corazón.

Segundo: parecerse al Maestro y buscar la voluntad de Dios.

Jesús dice: «El discípulo no es superior al maestro; cuando haya terminado su aprendizaje, será como su maestro».

Esta frase es extraordinaria para comprender la educación cristiana. La pregunta fundamental no es solamente: ¿cuánto he aprendido?, sino: ¿a quién me estoy pareciendo?

Nuestro Maestro es Jesucristo.

El Fundador hizo suyas dos palabras de la Carta a los hebreos que llegaron a convertirse en uno de los centros de su espiritualidad: «Ecce venio» —«Aquí estoy, vengo para hacer tu voluntad»—.

Eso significa que todo joven cristiano debe hacerse alguna vez seriamente esta pregunta: Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Cuál es el camino que has pensado para mi vida?

Hay que aprender a buscar la voluntad de Dios y, cuando Él muestra el camino, seguirlo sin vacilar, sin titubear, sin poner continuamente condiciones.

Dios llama a cada uno por un camino. A unos al matrimonio y a formar una familia cristiana; a otros a servirlo en distintas profesiones y tareas. Pero a algunos los mira de una manera particular y les dice, como dijo a los primeros discípulos: «Sígueme».

Queridos jóvenes, no tengan miedo de preguntarse si Cristo puede estar llamando a alguno de ustedes al sacerdocio o a la vida consagrada.

No piensen que entregar completamente la vida a Dios significa perderla. Es exactamente lo contrario. La vida encuentra su grandeza cuando descubre por quién vale la pena entregarla.

La Iglesia necesita sacerdotes. Necesita religiosas y religiosos. Necesita misioneros. Necesita jóvenes capaces de dejarlo todo por Cristo.

Necesita jóvenes audaces, capaces de darse enteramente para poder dar a Cristo a los demás.

Tercero: transformar la sociedad desde Cristo.

León Dehon no quería jóvenes encerrados en una religiosidad individualista. Desde joven se interesó por los problemas sociales de su tiempo. Conoció las condiciones de los obreros, promovió círculos de formación y estudió con atención la doctrina social de la Iglesia.

De allí nace uno de sus grandes ideales: «El Reino del Sagrado Corazón en las almas y en las sociedades».

Fíjense que son las dos cosas: las almas y las sociedades.

Primero el corazón; después, desde ese corazón convertido, la transformación del mundo.

Es exactamente lo que Jesús enseña hoy: «Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano».

El cristiano comienza diciendo: «Señor, conviérteme a mí». Pero no termina allí. Una vez que Cristo abre nuestros ojos, nos envía hacia los demás.

Y aquí aparece nuevamente la vocación. Porque Dios no nos da la vida simplemente para conservarla. Nos la da para entregarla.

Quizás alguno piense: «Yo tengo otros planes». También el joven León Dehon tenía ante sí muchas posibilidades. Había estudiado Derecho, poseía una sólida formación intelectual y podía haber seguido una vida muy distinta. Sin embargo, fue comprendiendo que Dios le mostraba otro camino. Lo siguió y se entregó al sacerdocio. Más tarde fundaría una congregación religiosa dedicada al Corazón de Jesús.

Su vida nos enseña algo muy sencillo: cuando Dios llama, vale la pena fiarse de Él.

Queridos jóvenes: Cristo no los llama a una vida mediocre. No tengan miedo de los grandes ideales. No tengan miedo de hacer silencio y preguntarle:

«Señor, ¿qué quieres que haga con mi vida?»

Y si un día perciben que el Señor les dice: «Ven, sígueme más de cerca», no tengan miedo. No vacilen. No titubeen.

El mundo les dirá muchas veces: guarda tu vida para ti, busca tu comodidad, asegura tu futuro. Cristo dice algo mucho más grande: «Entrégame tu vida y Yo haré de ella un don para muchos».

La Iglesia necesita hoy jóvenes así: jóvenes que sepan pensar y rezar; jóvenes limpios de corazón; jóvenes misericordiosos; jóvenes que no se dejen arrastrar por cualquier corriente; pero, sobre todo, jóvenes generosos y audaces, capaces de decirle a Dios: «Ecce venio. Aquí estoy. Si me llamas, iré».

Podemos resumir el camino que nos propone hoy el Evangelio y que vivió León Dehon en cuatro palabras: mirar el propio corazón, buscar la voluntad de Dios, seguir sin miedo el camino que Él muestre, y entregar la vida para dar a Cristo a los demás.

Pidamos finalmente:

Señor Jesús, danos tu Corazón.Abre nuestros ojos para reconocer nuestras faltas y mirar a los demás con misericordia. Muéstranos el camino que has pensado para cada uno de nosotros. Danos valentía para seguirlo sin vacilar. Y si llamas a alguno de nosotros al sacerdocio o a la vida consagrada, concédele un corazón generoso para responder: «Ecce venio. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad».

+Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo