Homilía para despedida de los misioneros de Getafe.
Parroquia Nuestra Señora de la Misericordia. Lo Herrera. San Bernardo. 29 agosto 2026.
Mt 16,21-27
Queridos hermanos y hermanas, queridos misioneros de Getafe:
Al concluir estos días de misión entre nosotros, el Evangelio parece especialmente elegido para ustedes. Jesús dice a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».
Son palabras exigentes, pero son también palabras que explican muy bien qué significa ser misionero. Quisiera dejarles tres ideas sencillas para llevar en el corazón al regresar a España.
1. Ser misionero es salir de uno mismo
Ustedes han hecho algo muy concreto: dejaron por unos días sus casas, sus familias, sus amigos, sus ocupaciones y comodidades; cruzaron el océano desde Getafe hasta Chile y dedicaron quince días de su vida a servir en esta parroquia.
Pero hay una distancia todavía mayor que la que existe entre España y Chile: la distancia que hay entre vivir encerrados en nosotros mismos y salir al encuentro de los demás.
Por eso dice Jesús: «Que renuncie a sí mismo».
Renunciar a uno mismo no significa despreciarse. Significa dejar de poner siempre el propio yo en el centro: lo que yo quiero, lo que me gusta, lo que me conviene, lo que me resulta cómodo. El discípulo comienza, en cambio, a preguntarse: «Señor, ¿qué quieres Tú de mí? ¿A quién quieres que sirva? ¿Quién necesita hoy de mi tiempo, de mi alegría, de mi palabra, de mi fe?»
Durante siglos, muchos cristianos españoles hicieron este mismo camino. Dejaron su tierra y cruzaron el océano movido por el deseo de anunciar a Jesucristo. Gracias también a tantos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos venidos de España, la fe echó raíces profundas en nuestra tierra.
Ustedes forman parte, de una manera nueva y distinta, de esa larga historia misionera que une a España con Chile. Han venido no para traer algo que nosotros no tengamos, sino para compartir la misma fe que nos une y ayudarnos mutuamente a encontrarnos con Cristo.
2. «Cargue con su cruz y me siga»
En estos días habrán tenido momentos muy hermosos: encuentros, conversaciones, niños, jóvenes, familias, celebraciones, risas y amistades nuevas.
Pero seguramente también hubo cansancio. Algún día habría sueño; alguna actividad quizá no resultó como esperaban; tal vez encontraron personas indiferentes o experimentaron las pequeñas dificultades inevitables de vivir y trabajar juntos.
También eso pertenece a la misión.
Jesús nunca dijo: «El que quiera seguirme tendrá una vida cómoda». Dijo: «Que cargue con su cruz y me siga».
Pero hay algo muy importante: Jesús no dice simplemente «carguen con la cruz». Dice: «y me siga».
La cruz cristiana nunca se lleva solo. Cristo va delante.
Y quizá dentro de algunos años no recuerden todas las actividades que hicieron durante estos quince días. Pero sí recordarán rostros, conversaciones, momentos de oración, cansancios compartidos y personas concretas.
Entonces descubrirán algo muy hermoso: vale la pena cansarse por Cristo. Vale la pena gastar tiempo por los demás. Vale la pena entregar una parte de la propia vida para que otro pueda acercarse a Dios.
3. La misión no termina cuando regresen a Getafe
Jesús formula hoy una pregunta que atraviesa los siglos: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?»
También nosotros necesitamos escucharla.
Nuestro mundo nos propone muchas maneras de «ganar la vida»: tener éxito, dinero, experiencias, viajes, reconocimiento, comodidad. Ninguna de esas cosas es necesariamente mala. Pero ninguna puede llenar completamente el corazón humano.
Jesús propone otra lógica: la vida se encuentra cuando se entrega.
«El que pierda su vida por mí, la encontrará».
Esto significa que la misión no termina cuando suban al avión y regresen a España.
Quizá la verdadera misión comienza entonces.
Porque es relativamente fácil sentirse misionero durante quince días lejos de casa. Más difícil es ser misionero todos los días: en la familia, entre los amigos, en la universidad, en el trabajo, en la parroquia; mantener la oración cuando nadie nos ve; defender la fe cuando resulta incómodo; acercarse a quien está solo; perdonar; servir sin esperar agradecimiento.
Cuando vuelvan a Getafe, sean allí misioneros.
Y llévense los rostros y los nombres de las personas que han conocido aquí. Porque la verdadera misión crea vínculos que permanecen en la oración. Desde ahora hay personas en esta parroquia de Chile que rezarán por ustedes. Y ustedes podrán rezar por ellas desde España.
Quisiera pedirles finalmente una cosa.
Durante el viaje de regreso, o algún día cuando estén tranquilos delante del Santísimo, háganle a Jesús una pregunta muy sencilla:
«Señor, ¿qué quieres hacer con mi vida?»
No tengan miedo de hacer esa pregunta.
Quizá alguno de ustedes descubra que el Señor lo llama al sacerdocio. Quizá alguna descubra una llamada a la vida consagrada. Muchos descubrirán la hermosa vocación al matrimonio y a formar una familia verdaderamente cristiana. Otros descubrirán maneras nuevas de servir a la Iglesia y a los pobres.
Pero todos estamos llamados a algo: a entregar la vida.
Dentro de poco volverán a preparar sus maletas. Allí irán algunos recuerdos de Chile, fotografías, regalos y seguramente muchas historias que contar.
Pero quisiera que se llevaran algo más.
Que se lleven un poco de nuestra Iglesia de San Bernardo en el corazón.
Y que nosotros nos quedemos también con algo de ustedes: su juventud, su entusiasmo, su generosidad y el testimonio de haber cruzado miles de kilómetros para decirnos, sencillamente, que Jesucristo merece la pena.
Que la Virgen María los acompañe en el regreso. Ella también salió de sí misma y se puso en camino para servir. Ella nos enseña que quien dice verdaderamente «sí» a Dios termina siempre llevando a Jesús a los demás.
Queridos misioneros de Getafe: gracias por estos quince días, gracias por su entrega y gracias por su fe.
Y cuando, dentro de algunos años, recuerden esta misión en Chile, recuerden también las palabras que hoy les dirige el Señor:
«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».
Sigan caminando detrás de Él.
Porque al final, ésta es la gran paradoja del Evangelio: quien guarda egoístamente su vida termina perdiéndola; pero quien la entrega por Cristo y por los demás, la encuentra para siempre.


