En vísperas de la festividad de San Bernardo de Claraval, que la Iglesia universal celebra cada 20 de agosto, el Obispado de San Bernardo rinde un sentido homenaje a la figura de este gigante de la fe, cuyo nombre y protección guían el caminar de nuestra diócesis. Monje cisterciense, místico, teólogo y pacificador de la Europa del siglo XII, su legado sigue iluminando a quienes buscan un encuentro íntimo con Cristo.
El monje que transformó su tiempo: Perfil Biográfico
Nacido en el año 1090 en el castillo de Fontaines (Borgoña, Francia), en el seno de una familia numerosa y acomodada, Bernardo se entregó durante su juventud al estudio de las artes liberales. Sin embargo, alrededor de los veinte años, impulsado por una profunda sed de eternidad, tomó la decisión de entrar a la vida religiosa en el Císter, una nueva fundación monástica que buscaba un retorno radical a la austeridad y al rigor del Evangelio. Su carisma era tal que no ingresó solo: logró convencer a una treintena de familiares y amigos para que se consagraran a Dios junto a él.
En 1115, con tan solo 25 años, fue enviado a fundar el monasterio de Claraval (Clairvaux). Como joven abad, reclamó la necesidad de una vida moderada y de pobreza, promoviendo el trabajo manual, el cuidado de los pobres y el silencio contemplativo. Bajo su liderazgo, Claraval se convirtió en el epicentro de un florecimiento monástico sin precedentes, impulsando la fundación de cientos de monasterios por toda Europa. Falleció en su abadía el 20 de agosto de 1153.
Su influencia en la historia de la Iglesia Católica
Aunque su vocación lo llamaba al silencio de la clausura, la sabiduría de San Bernardo traspasó los muros del monasterio. Se convirtió en el árbitro ético y religioso de su tiempo.
A nivel eclesial, defendió la unidad de la Iglesia frente a cismas papales, abogó por los judíos combatiendo los nacientes brotes de antisemitismo y refutó la herejía de los cátaros. En el ámbito teológico y espiritual, frente a una naciente corriente académica que intentaba reducir la fe a mera dialéctica y razón, Bernardo alzó la voz para recordar que los misterios divinos no solo se estudian, sino que se aman y se experimentan.
Fue consejero de papas y reyes. De hecho, cuando uno de sus monjes fue elegido Papa bajo el nombre de Eugenio III, Bernardo le dedicó el tratado De Consideratione, un texto sobre el deber de los pontífices de no dejarse consumir por la administración y mantener siempre la primacía de la vida espiritual.
La mirada de Benedicto XVI: El «Último de los Padres»
Para comprender a cabalidad la inmensa grandeza de nuestro patrono, resulta fundamental volver a la magistral catequesis que el Papa Benedicto XVI dedicó a San Bernardo en la Audiencia General del 21 de octubre de 2009.
En ella, el Santo Padre definió a Bernardo de Claraval como “el último de los Padres” de la Iglesia, puesto que en pleno siglo XII logró renovar e hacer presente la rica teología de los primeros siglos del cristianismo. Benedicto XVI subrayó que la enseñanza del santo se centró en dos amores inseparables: Jesucristo y María Santísima.
Ante los complejos debates filosóficos de su época, San Bernardo recordaba que «sólo Jesús es “miel en la boca, cántico en el oído, júbilo en el corazón”». Es precisamente de esta dulzura en su alabanza a Cristo de donde le viene el hermoso título de Doctor mellifluus («Doctor boca de miel»). El Papa alemán rescató esta joya de su pensamiento para el cristiano de hoy:
“Para san Bernardo, de hecho, el verdadero conocimiento de Dios consiste en la experiencia personal, profunda, de Jesucristo y de su amor. Y esto […] vale para todo cristiano: la fe es ante todo encuentro personal íntimo con Jesús, es hacer experiencia de su cercanía, de su amistad, de su amor, y sólo así se aprende a conocerlo cada vez más”.
Respecto a la Virgen María, el pontífice destacó la convicción absoluta de San Bernardo: «per Mariam ad Iesum» (a través de María somos llevados a Jesús). El monje contempló como pocos el sufrimiento de María en la cruz, llamándola “más que mártir” por su participación espiritual (compassio) en el sacrificio de su Hijo.
Benedicto XVI concluyó su catequesis con una advertencia muy propia de la escuela de San Bernardo para nuestros tiempos. Nos recordó que la teología y la reflexión sobre Dios, sin la oración, corren el riesgo de ser “un vano ejercicio intelectual”. Siguiendo a San Bernardo, el Papa nos enseñó que a Dios “se le puede buscar mejor y encontrar más fácilmente con la oración que con la discusión”.
Una invitación pastoral para nuestra Diócesis
Celebrar a San Bernardo de Claraval no es solo mirar al pasado medieval, sino asumir un desafío pastoral en nuestro presente. Como Iglesia de San Bernardo, estamos llamados a encarnar esa profunda amistad con Jesucristo y esa inquebrantable confianza en la Madre de Dios.
Que en medio de los desafíos actuales, hagamos nuestras las palabras del Doctor Melifluo citadas por el Papa Benedicto XVI al final de su catequesis, que resuenan como un faro de esperanza para toda nuestra comunidad diocesana:
“En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres piensa en María, invoca a María. Que Ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón (…). Si la sigues, no puedes desviarte; si la invocas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte. Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no tienes que temer”.
¡San Bernardo de Claraval, ruega por nuestra diócesis!

