San Lorenzo Mártir – Día del Diaconado Permanente.
Domingo 19 Tiempo ordinario.
Parroquia Nuestra Señora de los Dolores
8 de agosto de 2026
«Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios»
Queridos hermanos, queridos diáconos:
El Evangelio de hoy nos presenta una de las escenas más hermosas y expresivas de la vida de los discípulos. Después de la multiplicación de los panes, Jesús manda a sus discípulos subir a la barca, mientras Él se retira al monte para orar. Durante la noche, la barca es sacudida por las olas y el viento es contrario. Los discípulos tienen miedo. Entonces Jesús viene hacia ellos caminando sobre las aguas y les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
Pedro se atreve a salir de la barca y caminar hacia Jesús. Pero cuando deja de mirar al Señor y comienza a fijarse en la violencia del viento, siente miedo y empieza a hundirse. Entonces pronuncia una de las oraciones más breves y profundas del Evangelio: «¡Señor, sálvame!». Jesús inmediatamente extiende la mano y lo sostiene. Finalmente, cuando ambos suben a la barca, el viento se calma y los discípulos se postran ante Jesús diciendo: «Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios».
En este día en que celebramos a san Lorenzo, diácono y mártir, y en que damos gracias a Dios por el Diaconado Permanente, podemos recoger tres enseñanzas de este Evangelio.
- «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!»: el diácono, servidor de la esperanza
La barca sacudida por las olas ha sido contemplada desde los primeros siglos como imagen de la Iglesia peregrina en medio del mundo. San Agustín, comentando este pasaje, ve en el mar el mundo presente y en la barca a la Iglesia, sacudida por las tentaciones y las dificultades, pero sostenida siempre por Cristo.
También nosotros conocemos los vientos contrarios. Los encontramos en nuestras familias, en nuestras comunidades y en nuestra sociedad. Hay familias heridas, personas enfermas, ancianos solos, jóvenes que buscan un sentido para sus vidas, hombres y mujeres sin trabajo, personas que sufren pobreza material y también una profunda pobreza espiritual. Vivimos además en un mundo en el que muchos se han alejado de Dios y buscan respuestas sin saber muchas veces dónde encontrarlas.
En medio de estas realidades sigue resonando la voz de Jesús: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
El diácono está llamado precisamente a llevar esta presencia consoladora de Cristo a los demás.
El Concilio Vaticano II enseña que los diáconos, «confortados con la gracia sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad» (Lumen gentium, 29).
Aquí encontramos las tres grandes dimensiones del ministerio diaconal: la Palabra, el altar y la caridad.
El diácono proclama el Evangelio y ayuda a anunciar la Palabra de Dios. Sirve en el altar y participa de manera propia en la celebración de los misterios de nuestra fe. Y sirve a los hermanos, especialmente a quienes más necesitan experimentar la cercanía y la misericordia de la Iglesia.
Estas tres dimensiones no pueden separarse. La Palabra debe conducir al altar; el altar debe llevar a la caridad; y la caridad debe mostrar concretamente el Evangelio que anunciamos.
- «¡Señor, sálvame!»: el servidor necesita primero dejarse salvar por Cristo
Pedro camina sobre las aguas mientras mantiene sus ojos puestos en Jesús. Pero cuando comienza a mirar la fuerza del viento, siente miedo y empieza a hundirse.
Esta escena contiene una enseñanza fundamental para todos nosotros y especialmente para quienes hemos recibido un ministerio en la Iglesia: nadie puede llevar a Cristo a los demás si deja de mirar personalmente a Cristo.
Podemos multiplicar nuestras actividades, reuniones, compromisos y obras pastorales. Todo ello puede ser necesario. Pero si disminuye la oración, si se debilita nuestra vida eucarística, si abandonamos la confesión frecuente, si perdemos el trato personal con el Señor, terminaremos intentando sostener la barca solamente con nuestras fuerzas.
Y entonces comenzamos a hundirnos.
Por eso necesitamos repetir muchas veces la oración de Pedro: «¡Señor, sálvame!».
El diácono no es simplemente una persona que realiza determinadas funciones dentro de la Iglesia. Por el sacramento del Orden ha sido configurado de una manera particular con Cristo Siervo. Su ministerio nace de esa unión con el Señor.
Y aquí aparece ante nosotros la figura luminosa de san Lorenzo.
Lorenzo era diácono de la Iglesia de Roma y estaba especialmente encargado del servicio de los pobres y de la administración de los bienes destinados a ellos. Durante la persecución del emperador Valeriano, en el año 258, se le exigió entregar los tesoros de la Iglesia. La antigua tradición cristiana nos presenta entonces a Lorenzo reuniendo a los pobres, enfermos y necesitados y mostrándolos como los verdaderos tesoros de la Iglesia.
¡Qué extraordinaria definición de la Iglesia y del ministerio diaconal!
Los pobres son un tesoro de la Iglesia porque en ellos encontramos de una manera particular a Cristo: «Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron».
Lorenzo llevó su servicio hasta las últimas consecuencias. El diácono se convirtió en mártir. El servidor entregó finalmente su propia vida.
San León Magno, hablando de su martirio, señala que el fuego exterior no pudo vencer el fuego de la caridad de Cristo que ardía en el corazón de Lorenzo (Sermón 85).
Ese es el fuego que necesita todo diácono: el amor a Jesucristo.
Antes que muchas actividades necesitamos hombres enamorados de Cristo; hombres de oración, hombres de Eucaristía, hombres que conozcan la Palabra de Dios y que aprendan cada día a reconocer el rostro del Señor en aquellos a quienes sirven.
- «Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios»: conducir a los hombres hacia Cristo
El Evangelio termina de una manera extraordinaria. Cuando Jesús entra en la barca, el viento cesa. Entonces los discípulos se postran ante Él y dicen:
«Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios».
Este es finalmente el sentido de todo ministerio en la Iglesia.
No buscamos que los hombres se queden mirando al sacerdote, al diácono, al catequista o a nuestras instituciones. Nuestra misión es conducirlos hacia Cristo.
El verdadero servidor desaparece para que aparezca el Señor.
San Juan Bautista lo expresó admirablemente: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya».
Queridos diáconos: en este día queremos dar gracias a Dios por cada uno de ustedes y por el servicio que prestan a nuestra Iglesia. Gracias por su entrega, por tantas horas dedicadas a las comunidades, por la proclamación de la Palabra, por el servicio litúrgico y por la atención a tantas personas que necesitan la cercanía de la Iglesia.
Y quiero agradecer también de manera especial a sus esposas y a sus familias. Ellas participan de muchas maneras en las exigencias, sacrificios y alegrías que comporta el ministerio diaconal. La vocación del diácono permanente toca necesariamente la vida de su familia, y por ello nuestra gratitud debe dirigirse también hacia ellas.
No pierdan nunca de vista aquella palabra que define profundamente su vocación: diácono significa servidor.
Sean servidores del Evangelio.
Sean servidores del altar.
Sean servidores de los pobres.
Estén cerca de los enfermos, de los ancianos, de quienes están solos, de las familias que atraviesan dificultades, de quienes han perdido la esperanza y de aquellos que se han alejado de Dios.
Y cuando encuentren a alguien que siente que las aguas lo cubren, ayúdenlo a levantar nuevamente los ojos hacia Cristo.
Porque nuestra misión consiste precisamente en ayudar a los hombres a descubrir aquella mano extendida de Jesús que sostiene a Pedro y aquella voz que atraviesa todos los temores:
«¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
Pidamos hoy la intercesión de san Lorenzo, diácono y mártir, para que nuestros diáconos tengan su misma caridad, su fortaleza, su alegría y su fidelidad. Que sepan servir sin buscarse a sí mismos y que, llegado el momento de la prueba, permanezcan firmes junto al Señor.
Y pongamos especialmente su vocación, su ministerio, sus esposas y sus familias bajo el amparo de la Santísima Virgen María.
Ella, que en Caná supo advertir antes que nadie la necesidad de los demás, dirigió a los servidores aquellas palabras que conservan toda su actualidad: «Hagan lo que Él le diga».
Queridos diáconos: que esas palabras de María acompañen siempre su ministerio.
Miren a Cristo. Escuchen a Cristo. Hagan lo que Él les diga.
Que María Santísima los proteja, los sostenga cuando aparezcan los vientos contrarios y los ayude a permanecer siempre cerca de su Hijo.
Santa María, Madre de la Iglesia, protege a nuestros diáconos, acompaña a sus esposas y familias y hazlos servidores fieles de Jesucristo.
San Lorenzo, diácono y mártir, ruega por nosotros.
Nuestra Señora del Carmen, Madre y Reina de Chile, ruega por nosotros.
Amén


