“Mira la estrella, invoca a María”
Queridos hermanos sacerdotes y diáconos; queridos seminaristas:
Nos encontramos hoy en este Templo Votivo de Maipú, levantado como testimonio de gratitud, de fe y de esperanza, para postrarnos espiritualmente ante la Santísima Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile.
Venimos como presbiterio diocesano. Venimos con nuestros diáconos, con quienes se preparan para recibir un día el sacerdocio y con todos aquellos que sirven generosamente a la Iglesia. No hemos venido simplemente a visitar un santuario. Hemos venido en peregrinación, como hombres necesitados de la misericordia de Dios, para ganar el jubileo del centenario de la Coronación de la Virgen del Carmen y renovar ante Ella nuestra fe, nuestra vocación y nuestra entrega pastoral.
En este lugar, ligado profundamente a la historia espiritual de Chile, queremos decir nuevamente al Señor:
Aquí estamos. Tú nos llamaste. Tú nos elegiste. Tú nos enviaste. Queremos seguir sirviéndote en tu Iglesia.
- Renovar nuestra adhesión a la fe de la Iglesia
La primera gracia que pedimos en esta peregrinación es permanecer firmes en la fe de la Iglesia.
Vivimos en un tiempo de profundas transformaciones culturales. Muchos se alejan de Dios; otros buscan respuestas espirituales lejos de Cristo; algunos pretenden construir una vida humana sin referencia a su Creador. También nosotros podemos sentir el cansancio, la incertidumbre o la tentación de acomodar el Evangelio al pensamiento dominante.
Por eso venimos ante la Virgen del Carmen.
María no inventó su propia palabra. Recibió la Palabra de Dios.
No buscó realizar un proyecto personal. Se puso enteramente al servicio del designio divino.
No eligió aquello que le resultaba más fácil. Respondió con fe:
“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Ante la Madre de Cristo queremos renovar nuestra adhesión a la fe recibida de los Apóstoles, custodiada por la Iglesia y transmitida de generación en generación.
Como sacerdotes y diáconos, no somos dueños del Evangelio. Somos sus servidores.
No predicamos nuestras opiniones personales, sino a Jesucristo muerto y resucitado. No celebramos una liturgia creada por nosotros, sino el misterio que la Iglesia nos ha confiado. No conducimos al pueblo hacia nosotros mismos, sino hacia Cristo.
Nuestra fidelidad a la Iglesia no limita nuestra misión; la hace fecunda. Nuestra comunión con el Romano Pontífice no es un elemento secundario de nuestro ministerio, sino signo visible de nuestra comunión con la Iglesia universal.
Por eso, unidos al Papa, oramos hoy por la unidad de la Iglesia. Pedimos que nunca permitamos que las diferencias humanas, las sensibilidades particulares o las dificultades pastorales dañen la comunión sacerdotal.
Que podamos repetir con un solo corazón:
Creo lo que cree la Iglesia. Enseño lo que enseña la Iglesia. Amo a la Iglesia como Cristo la amó y se entregó por ella.
- Renovar nuestro servicio pastoral en la diócesis
La segunda gracia que pedimos es renovar nuestra entrega pastoral en la diócesis a la que el Señor nos ha enviado.
Cada uno de nosotros ha recibido una misión concreta: una parroquia, una capilla, un colegio, un hospital, una comunidad, un servicio diocesano, una tarea de formación o una misión escondida que quizá pocos conocen.
En ocasiones podemos pensar que nuestra labor es pequeña, que sus frutos son escasos o que nuestros esfuerzos no son suficientemente reconocidos. Podemos experimentar la dureza de la tierra, la indiferencia de muchas personas o la lentitud de los procesos pastorales.
Pero ninguna entrega realizada por amor a Cristo es inútil.
Cada Eucaristía celebrada con fe; cada confesión escuchada con paciencia; cada enfermo visitado; cada familia acompañada; cada joven orientado; cada niño catequizado; cada persona consolada; cada hora de oración ofrecida por el pueblo de Dios produce frutos que muchas veces sólo conoceremos en la eternidad.
La fecundidad del ministerio no se mide únicamente por las obras visibles. Se mide, ante todo, por la comunión con Cristo.
El sacerdote da fruto cuando permanece unido al Señor:
“El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante”.
Por eso, nuestra primera responsabilidad pastoral es cuidar nuestra amistad con Jesucristo. Antes de hablar de Él, debemos escucharlo. Antes de llevarlo a los demás, debemos recibirlo. Antes de enseñar a orar, debemos ser hombres de oración.
El activismo puede llenar nuestras agendas, pero solamente la unión con Cristo llena las almas.
San Bernardo de Claraval enseñaba:
“El motivo de amar a Dios es Dios mismo; y la medida de este amor es amarlo sin medida”.
Esta enseñanza ilumina también nuestra vocación. La razón última de nuestra entrega no es el éxito, el reconocimiento ni la eficacia humana. La razón de nuestra vocación es Dios mismo.
Fuimos llamados porque Él nos amó. Permanecemos porque lo amamos. Servimos porque deseamos que muchos lleguen a conocer su amor.
Hermanos: volvamos siempre al primer amor. Recordemos aquella hora en que percibimos que el Señor nos llamaba. Recordemos la alegría con que dijimos nuestro primer sí. Recordemos nuestra ordenación, las manos impuestas sobre nuestra cabeza, la oración de la Iglesia, la unción de nuestras manos y las promesas pronunciadas ante Dios.
Hoy, ante la Virgen del Carmen, renovemos interiormente aquel sí.
- Renovar nuestra entrega sacerdotal ante la Madre de Chile
En tercer lugar, venimos a poner nuestra vida y nuestra vocación bajo el manto de la Virgen del Carmen.
Jesús, desde la Cruz, dijo al discípulo amado:
“Ahí tienes a tu madre”.
El discípulo representaba también a quienes, a lo largo de los siglos, serían llamados a permanecer cerca del Corazón de Cristo y a servir a su pueblo. Podemos contemplar en ese discípulo la figura de cada sacerdote, llamado a recibir a María como Madre en lo más íntimo de su vida.
Necesitamos a María.
La necesitamos cuando aparece el cansancio.
La necesitamos cuando la oración se hace difícil.
La necesitamos cuando experimentamos nuestra pobreza.
La necesitamos cuando no comprendemos los caminos de Dios.
La necesitamos cuando sentimos el peso de nuestras responsabilidades.
La necesitamos para conservar un corazón limpio, humilde, alegre y disponible.
San Bernardo, gran enamorado de la Virgen, exhortaba:
“En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte su nombre de tus labios ni de tu corazón”.
Y añadía:
“Siguiéndola, no te desviarás; rogándole, no desesperarás; pensando en Ella, no caerás en el error. Si Ella te sostiene, no caerás; si Ella te protege, nada tendrás que temer”.
No se trata de sustituir a Cristo. María siempre nos conduce hacia Él. Su última palabra en el Evangelio es también su orientación permanente para la Iglesia:
“Hagan lo que Él les diga”.
Madre del Carmen: enséñanos a escuchar a tu Hijo.
Enséñanos a obedecerle cuando nos pide algo difícil.
Enséñanos a permanecer junto a la Cruz cuando otros se alejan.
Enséñanos a guardar la Palabra en el corazón.
Enséñanos a servir con humildad, sin buscar recompensas humanas.
Enséñanos a llevar a Cristo a las familias, a los jóvenes, a los pobres, a los enfermos y a quienes han perdido la esperanza.
- Pedimos por la paz del mundo
Nuestra peregrinación no puede olvidar los sufrimientos de la humanidad.
Traemos ante la Virgen del Carmen a los pueblos heridos por la guerra, el terrorismo, la persecución, el hambre, la violencia y el desplazamiento forzado. Pensamos en los niños que crecen bajo el ruido de las armas, en las madres que lloran a sus hijos, en las familias separadas y en quienes han perdido su hogar.
La paz no es simplemente la ausencia de guerra. Es fruto de la justicia, de la verdad, del perdón y del respeto por la dignidad de toda persona humana.
Pidamos al Señor que convierta los corazones de quienes tienen responsabilidades políticas y militares. Que silencie las armas. Que abra caminos de diálogo. Que proteja a los inocentes.
Unidos al Santo Padre, renovamos nuestro compromiso de ser artesanos de paz.
También en nuestras comunidades debemos trabajar por la paz: evitando las murmuraciones, superando las divisiones, sanando las heridas, perdonando las ofensas y cultivando una verdadera fraternidad sacerdotal.
No podemos predicar la reconciliación si vivimos divididos.
No podemos anunciar la comunión si permanecemos encerrados en nosotros mismos.
No podemos hablar del amor de Cristo si no aprendemos a llevarnos mutuamente, con paciencia y misericordia.
Que María, Reina de la Paz, haga de nuestro presbiterio una verdadera familia espiritual.
- Pedimos por las vocaciones y por nuestra perseverancia
En este santuario elevamos de manera especial nuestra oración por las vocaciones sacerdotales.
La mies sigue siendo abundante. Muchas personas necesitan pastores. Hay comunidades que esperan la Eucaristía, enfermos que necesitan el consuelo de los sacramentos, jóvenes que buscan orientación y pecadores que esperan escuchar las palabras de la absolución.
Por eso repetimos la súplica del Señor:
“Rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies”.
Pidamos que en nuestras parroquias y familias surjan jóvenes generosos, capaces de escuchar la voz de Cristo y responder: “Aquí estoy, envíame”.
Pero no basta pedir nuevas vocaciones. Debemos crear ambientes donde la llamada de Dios pueda ser escuchada.
Una comunidad que ora engendra vocaciones.
Una familia cristiana abierta a la vida prepara el terreno para las vocaciones.
Un sacerdote alegre despierta vocaciones.
Un presbiterio unido hace creíble la belleza del ministerio.
Un seminario sostenido por la oración y el afecto de toda la diócesis permite que la semilla de la vocación crezca y madure.
Queridos seminaristas: contemplen hoy a María. Ella respondió sin conocer todos los detalles del camino. Se confió enteramente a Dios. No teman entregar la vida. Cristo no quita nada de lo que hace al hombre verdaderamente grande. Él purifica, eleva y lleva a plenitud todos nuestros deseos.
Y nosotros, sacerdotes y diáconos, pidamos hoy el don de la perseverancia.
No presumimos de nuestras propias fuerzas. Sabemos que llevamos el tesoro en vasijas de barro. Por eso pedimos humildemente:
Señor, consérvanos fieles. No permitas que nos alejemos de Ti. Protege nuestra vocación. Renueva nuestra alegría. Danos un corazón indiviso. Haznos santos para santificar a tu pueblo.
La perseverancia se construye cada día: en la oración fiel, en la celebración reverente de la Eucaristía, en la confesión frecuente, en la fraternidad sacerdotal, en la dirección espiritual, en el descanso necesario, en la obediencia y en la transparencia de vida.
Nadie persevera solo. Necesitamos a Cristo, necesitamos a la Iglesia y necesitamos el apoyo de nuestros hermanos.
Conclusión
Queridos hermanos:
Dentro de algunos momentos nos acercaremos al altar. Cristo volverá a hacer presente su sacrificio redentor. Pongamos junto al pan y al vino toda nuestra vida: nuestras alegrías, nuestros cansancios, nuestras heridas, nuestros proyectos, nuestros pueblos, nuestras parroquias, nuestros enfermos, nuestros jóvenes y nuestras familias.
Pongamos especialmente nuestra vocación.
Que esta peregrinación jubilar marque una renovación profunda de nuestro presbiterio y de toda nuestra Iglesia diocesana.
Que regresemos a nuestras comunidades con una fe más firme, una esperanza más viva y una caridad pastoral más ardiente.
Y ante la imagen de la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile, digámosle con confianza:
Madre del Carmen, recibe nuevamente nuestra vida. Guarda nuestra vocación. Protege a nuestros sacerdotes y diáconos. Acompaña a nuestros seminaristas. Danos nuevas y santas vocaciones. Haznos fieles a Cristo y a su Iglesia. Mantennos unidos al Sucesor de Pedro. Alcanza la paz para el mundo. Protege a Chile y conduce a nuestra patria hacia tu Hijo.
Virgen del Carmen, Madre de Chile:
En las dificultades, sé nuestra fortaleza. En las dudas, sé nuestra luz. En el cansancio, sé nuestro consuelo. En la hora de la prueba, sostén nuestra fidelidad.
Y cuando termine nuestra peregrinación terrena, condúcenos hasta Cristo, para que podamos escuchar de sus labios aquellas palabras que constituyen la esperanza de todo sacerdote fiel:
“Bien, servidor bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor”.
Virgen del Carmen, Reina de Chile, ruega por nosotros. San Bernardo de Claraval, ruega por nosotros. Amén.
+Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo


