Parroquia de San Ignacio de Loyola
31 de julio de 2026
Un motivo de alegría y una expresión del a Gracia de Dios
Queridos hermanos en el sacerdocio y en el diaconado, querida comunidad de la Parroquia de San Ignacio de Loyola. queridos fieles, y, de manera muy especial, queridas hijas, María Luz y Sandra:
Hoy vivimos una jornada de verdadera gracia y alegría espiritual para nuestra Iglesia diocesana y para esta comunidad parroquial. Por primera vez, la Diócesis de San Bernardo reciben la consagración de dos vírgenes según el antiquísimo Ordo virginum.
Este acontecimiento no pertenece sólo a quienes hoy reciben esta consagración; pertenece a toda la Iglesia particular, porque cuando el Espíritu Santo suscita un nuevo carisma o hace renacer una de las más antiguos maneras de entregarse a Dios, toda la Iglesia se enriquece. El rito que celebraremos no crea una vocación nueva en la Iglesia; más bien, devuelve a nuestros ojos una de las formas más antiguas de seguimiento de Cristo.
Ya desde los primeros siglos de la Iglesia existían mujeres que, movidas por el amor de Cristo, ofrecían su virginidad al Señor para pertenecerle con corazón indiviso. Antes incluso de la aparición de la vida monástica y de las grandes órdenes religiosas, la Iglesia conoció este camino de total entrega.
San Ambrosio de Milán escribió: «La virginidad no es alabada porque se encuentre en las vírgenes, sino porque hace vírgenes a quienes la abrazan.» (De Virginibus, I, 8, 40). Y san Cipriano llamaba a las vírgenes «la porción más ilustre del rebaño de Cristo, la gloria y el ornamento de la gracia espiritual.» (De habitu virginum, 3).
Hoy contemplamos precisamente esa continuidad de veinte siglos de historia.
Camino antiguo y siempre nuevo
El Ordo virginum posee una singular belleza. Es antiguo, porque hunde sus raíces en los primeros siglos cristianos. Es nuevo, porque cada generación necesita volver a descubrir que Cristo sigue llamando personas para amarlo con un corazón totalmente indiviso, con una entrega completa de la vida al Señor.
En una cultura donde tantas veces el amor se entiende como posesión o satisfacción personal, la virginidad consagrada proclama algo inmensamente más grande: Cristo basta. Él llena completamente el corazón humano. Como escribía san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.»
(Confesiones, I,1).
María Luz y Sandra no están renunciando al amor. Todo lo contrario. Han descubierto el Amor con mayúsculas. Y porque han encontrado ese tesoro, entregan toda su vida, al Señor y a la Iglesia, en un servicio exclusivo y abiertos a todas las personas.
La vida de estas hermanas es una realización concreta de la parábola del tesoro escondido, como enseña Jesús: «Lleno de alegría fue, vendió cuanto tenía y compró aquel campo» (Mt 13,44). No han perdido nada. Lo han encontrado todo.
Esposa de Cristo para el bien de toda la Iglesia
La Iglesia llama a estas mujeres Esposas de Cristo. No es una imagen poética. Es una realidad profundamente teológica. Toda la Escritura presenta la alianza entre Dios y su pueblo como un matrimonio. Cristo es el Esposo. La Iglesia es la Esposa. La virgen consagrada hace visible, con toda su existencia, ese misterio nupcial. Por eso el rito incluye la entrega del anillo. No como un símbolo privado, sino como un signo eclesial.
San Metodio de Olimpo escribía: «Las vírgenes llevan en sí mismas la imagen de la Iglesia inmaculada.» (El Banquete, VIII). Su vida recuerda constantemente que el destino definitivo del hombre no es esta tierra, sino las bodas eternas del Cordero.
En un mundo tan absorbido por lo inmediato, ellas anuncian el cielo. En una sociedad que vive como si Dios no existiera, ellas proclaman que Dios es suficiente, que esta con nosotros, que vive en nosotros y constantemente anima nuestras vidas. En un mundo que teme la soledad, ellas muestran que quien vive con Cristo nunca está solo.
Vida de oración, contemplación y servicio
Algunos podrían preguntarse: ¿Para qué sirven unas vírgenes consagradas? La respuesta sólo puede darse desde la fe. Sirven exactamente para aquello que parece menos útil y resulta ser lo más necesario: orar. La primera misión del Ordo virginum no consiste en hacer muchas cosas. Su primera misión consiste en estar con Cristo. Como María de Betania, sentadas a sus pies. Como la Virgen María, guardando la Palabra en el corazón. Como Ana en el Templo, adorando noche y día.
San Gregorio Magno enseñaba: «La vida contemplativa comienza aquí para consumarse en la patria celestial.» La contemplación no aleja del mundo. Hace amar más profundamente al mundo.
Quien vive cerca de Dios termina llevando en el corazón las alegrías y sufrimientos de todos. La oración nunca es una fuga. Es la forma más alta de caridad.
Por eso vuestra vida, María Luz y Sandra, será silenciosa y, muchas veces, escondida. Pero ese silencio sostendrá muchas familias. Acompañará muchas vocaciones. Obtendrá conversiones que quizá jamás conocerán en esta tierra. Será un corazón orante dentro del corazón de la Iglesia.
Y precisamente porque viven unidas a Cristo, también servirán a los hermanos según las necesidades de la Iglesia y la orientación del Obispo, haciendo presente la caridad de Cristo con humildad y discreción.
San Juan Crisóstomo enseñó que: “Nada hace al hombre tan semejante a Dios como vivir para el bien de los demás.” (Homilía sobre los Hechos de los Apóstoles).
Porque la contemplación de las cosas de Dios y del mismo Señor y el servicio no se oponen. Se alimentan mutuamente.
Queridas María Luz y Sandra:
Dentro de unos momentos la Iglesia pronunciará sobre ustedes una antigua oración consagratoria que ha atravesado los siglos. Desde entonces pertenecerán a Cristo con un vínculo nuevo y definitivo. La Iglesia confiará en ustedes. Esperará de ustedes una vida de fidelidad cotidiana. No de gestos extraordinarios. Sino de oración perseverante.
Serán en medio de nosotros una expresión de alegría espiritual, de pureza del corazón, de humildad. Y de amor constante.
Sean mujeres del Evangelio. Mujeres de la Eucaristía. Mujeres del silencio fecundo. Mujeres profundamente enamoradas de Jesucristo.
Y que cuando quienes las encuentren pregunten cuál es el secreto de su vida, puedan responder con las palabras de san Pablo: «Ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20).
Que María Santísima, Virgen fiel y primera consagrada al Señor, las tome hoy de la mano. Que san José las proteja y San Ignacio les conceda audacia apostólica, para acercar a muchos al Señor, para descubrir en tantos la necesidad de buscar a Cristo, de amar a Cristo
Y que toda nuestra diócesis descubra, al contemplar su entrega, que Dios continúa llamando hombres y mujeres a dejarlo todo para seguir a Cristo, porque sólo Él puede colmar plenamente el corazón humano.
Amén.
+Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo


