Monseñor Juan Ignacio González Errázuriz

La Virgen del Carmen en el alma de Chile

Hay naciones cuya historia no puede comprenderse únicamente a través de sus batallas, de sus leyes o de sus gobernantes. Existe un hilo invisible que une las generaciones y que le da identidad. En Chile, ese hilo lleva un nombre: Nuestra Señora del Carmen.

Cuando celebramos el centenario de su Coronación como Reina y Madre de Chile, no evocamos solamente un hecho ocurrido el 19 de diciembre de 1926. Recordamos una historia de casi cinco siglos, en la que la Virgen ha acompañado el nacimiento, el crecimiento y las pruebas y logros de nuestra patria. Su coronación fue la culminación de una larga presencia maternal que atraviesa el Chile hispánico, el Chile independiente y el Chile contemporáneo.

La presencia de la Virgen del Carmen comienza prácticamente con los albores de nuestra historia. La imagen de la Virgen del Socorro que trajo Pedro de Valdivia en 1541, testimonia que la evangelización y la fundación del Reino de Chile estuvieron desde sus inicios bajo la mirada de María. Pocos años más tarde, en 1643, la llegada de la imagen del Carmen a Concepción y la fundación de la primera Cofradía de Nuestra Señora del Carmen marcaron el nacimiento de una devoción que pronto se extendería por todo el territorio.

Durante los siglos coloniales, las órdenes religiosas, especialmente las religiosas Carmelitas Descalzas (1690) y los Frailes agustinos, propagaron esta devoción. Los monasterios, las procesiones populares, las cofradías y las numerosas capillas dedicadas a la Virgen fueron formando el alma religiosa de Chile. Así, la Virgen del Carmen dejó de ser solamente una advocación para convertirse en la Madre del pueblo chileno.

Con la Independencia, esta devoción adquirió un significado aún más profundo. Los Padres de la Patria encomendaron a la Virgen el destino de la naciente República. Bernardo O’Higgins y José de San Martín pusieron el Ejército de los Andes bajo su protección; el voto del Carmen realizado antes de la batalla de Maipú dió origen al Templo Votivo, signo permanente de gratitud nacional. Desde entonces, la historia de Chile y la historia de la Virgen del Carmen quedaron unidas de un modo inseparable.

El Libertador Bernardo O’Higgins, José de San Martín, Manuel Bulnes, Manuel Baquedano y tantos otros, confiaron sus vidas y sus trabajos en bien de Chile a la Señora del Carmen. También durante la Guerra del Pacífico, los soldados marcharon llevando el escapulario sobre el pecho y confiando sus vidas a la protección de la Reina de Chile.

En 1923, el Papa Pío XI acogió la petición del Episcopado chileno y declaró oficialmente a la Virgen del Carmen como Patrona Principal de la República de Chile. Tres años más tarde, el pueblo chileno la coronó solemnemente como Reina y Madre de la nación, reconociendo públicamente lo que ya estaba profundamente arraigado en el corazón de millones de chilenos y chilenas.

Hoy esa devoción sigue viva. Se expresa en los millones de fieles que portan el Escapulario del Carmen, en los bailes religiosos, en las peregrinaciones a La Tirana, Maipú y tantos otros santuarios, en el Mes de María y en la oración del Santo Rosario en tantas familias chilenas. Son expresiones de una fe que ha sabido transmitirse de generación en generación y que constituye una de las riquezas espirituales más profundas de nuestra identidad nacional. Ella vive en el alma de Chile.

Sin embargo, celebrar este centenario no puede limitarse a contemplar con gratitud el pasado. María siempre conduce hacia Cristo y nos invita a renovar nuestra vida cristiana. En un tiempo marcado por la división, la violencia física y verbal, la pérdida del sentido de Dios y la incertidumbre respecto del futuro, la Virgen del Carmen vuelve a recordarnos el camino de la reconciliación, del servicio, de la esperanza y del bien común.

Chile necesita reencontrarse consigo mismo, y difícilmente podrá hacerlo si olvida aquellas raíces espirituales que dieron origen a su historia. La Virgen del Carmen no pertenece únicamente al pasado; sigue siendo la Madre que acompaña a su pueblo, la Reina que intercede por la nación y la Estrella que señala el camino hacia Jesucristo.

Como escribió san Bernardo de Claraval: «De María nunca se dirá lo suficiente.» Y por eso, al cumplirse cien años de su coronación, el mejor homenaje que podemos ofrecerle no será solamente recordar su historia, sino renovar nuestra confianza filial en quien ha acompañado a Chile desde sus orígenes.

            Virgen del Carmen, Reina y Madre de Chile: salva a tu pueblo que clama a ti.

 

+Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo