Homilía para la Vela de Armas previa al Juramento a la Bandera

Catedral de San Bernardo, 8 de julio 2026, Queridos oficiales, suboficiales, soldados, familiares y amigos:

Esta noche nos reunimos para celebrar una antigua tradición cargada de profundo significado: la celebración de la Eucaristía que da inicio a la Vela de Armas. No es una simple ceremonia que antecede al juramento a la bandera. Es una invitación a entrar en el silencio, a examinar la propia conciencia y a preparar el corazón para una promesa que compromete toda la vida.

La vela de armas nació en la Edad Media. Antes de ser armado caballero, el joven pasaba toda una noche en oración ante el altar. Sus armas permanecían allí, delante de Dios. No se preparaba solamente para aprender a combatir, sino, sobre todo, para aprender a servir. Comprendía que la espada sólo era digna cuando defendía la justicia, protegía a los débiles, sostenía la paz y era empleada con rectitud de conciencia. Antes de ceñirse la espada, doblaba las rodillas. Antes de recibir un honor, reconocía que toda autoridad y toda fuerza están sometidas al juicio de Dios.

Ese antiguo rito conserva hoy todo su valor. También ustedes están llamados a una misión de servicio. Las armas que la patria pone en sus manos nunca pueden ser instrumentos de odio o de violencia injusta, sino medios para proteger la vida, la libertad, la paz y el bien común. Por eso, la preparación más importante no consiste solamente en el entrenamiento físico o en la disciplina militar; consiste también en formar una conciencia recta, capaz de distinguir siempre el bien del mal y de actuar con honor incluso en las circunstancias más difíciles.

Mañana ustedes pronunciarán un juramento solemne. Esta noche, en cambio, es el momento de preguntarse si están dispuestos a vivir conforme a esa palabra.

¿Qué es un juramento?

No es una fórmula protocolar ni una tradición que se repite por costumbre. El juramento es un acto religioso. Es poner a Dios como testigo de la verdad de la propia palabra. Es decir, delante de Él: «Lo que prometo quiero cumplirlo con toda mi vida».

Por eso la Sagrada Escritura enseña:

«No jurarás en falso… Cumple al Señor tus juramentos» (cf. Mt 5, 33).

Y el Catecismo de la Iglesia Católica afirma:

“El juramento, es decir, la invocación del Nombre divino como testigo de la verdad, sólo puede hacerse con verdad, con discernimiento y con justicia” (n. 2154).

Quien jura compromete su honor, pero también compromete su conciencia delante de Dios. Por eso el verdadero juramento no termina cuando acaba la ceremonia; comienza precisamente allí. Cada día de servicio será una nueva oportunidad para ser fiel a la palabra empeñada.

Nuestra historia nacional conoce bien el valor de un juramento. El 5 de enero de 1817, en el campamento de El Plumerillo, el Ejército Libertador juró fidelidad a la bandera que representaba el nacimiento de una patria libre. Poco después, antes de la batalla de Maipú, Bernardo O’Higgins hizo, junto con el pueblo chileno, un voto solemne a la Santísima Virgen del Carmen: si Dios concedía la victoria, se levantaría un templo en su honor. De ese voto nació el Templo Votivo de Maipú.

Es hermoso advertir que la independencia de Chile nació entre dos juramentos: el de fidelidad a la patria y el de confianza en Dios. Nuestros padres comprendían que el amor a Chile no podía separarse del reconocimiento de la providencia divina.

Después vendrían muchos otros ejemplos.

Entre todos ellos resplandece la figura de Arturo Prat Chacón y los héroes de la Concepcion.

El heroísmo del 21 de mayo de 1879 y del 8 y 9 de julio de 1882, no fue un impulso improvisado. Fue el fruto de una vida entera de disciplina, de fe y de fidelidad. Cuando llegó la hora decisiva, estos hombres y mujeres no hicieron otra cosa que cumplir el juramento que un día había pronunciado. Su famoso «¡Al abordaje, muchachos!» fue la consecuencia natural de una existencia guiada por el deber. “Los chilenos no se rinden” no salió de la porfía o el orgullo, sino del compromiso jurado ante Dios y la bandera de Chile.

Los héroes no nacen en un instante extraordinario. Se forman durante años siendo fieles en las pequeñas cosas. El momento heroico sólo revela lo que el corazón había cultivado durante toda una vida.

También hoy encontramos hombres y mujeres que viven ese espíritu de entrega: militares, carabineros, policías, bomberos, médicos, enfermeras y tantos servidores públicos que, muchas veces silenciosamente, arriesgan su vida por el bien de los demás. Todos ellos nos recuerdan que servir vale más que dominar y que dar la vida es la expresión más alta del amor.

San Agustín decía: «La fidelidad es la hija de la justicia.» Y San Bernardo de Claraval enseñaba que la verdadera grandeza consiste en servir con humildad antes que buscar los honores.

Pero esta noche de vigilia nos conduce todavía a un ejemplo más alto. Nos lleva al huerto de Getsemaní.

Antes de ofrecer su vida por la salvación del mundo, Jesucristo pasó también una noche en oración. Allí preparó el sacrificio que consumaría al día siguiente sobre la cruz. Allí pronunció las palabras que resumen toda auténtica vocación de servicio: «Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

La Iglesia siempre ha visto en Getsemaní la gran vigilia del Señor. Allí aprendemos que toda misión importante comienza de rodillas. Antes del combate está la oración. Antes del sacrificio está la entrega interior. Antes del servicio está la obediencia a Dios.

Esa es la enseñanza más profunda de esta vela de armas.

Mañana jurarán ante la bandera de Chile. Esta noche los invita el Señor a renovar un juramento todavía más profundo: el de vivir siempre según la verdad, la justicia, el honor y el amor al prójimo.

Pidan esta noche la gracia de ser hombres y mujeres íntegros. Que nunca tengan que avergonzarse de la palabra dada. Que el uniforme que vistan sea siempre signo de servicio y nunca de mal orgullo. Que la fuerza vaya siempre unida a la misericordia, la autoridad al respeto de la dignidad humana y el amor a la patria al amor de Dios.

Que, si alguna vez llega la hora de la prueba, puedan responder con la serenidad de Arturo Prat Chacón y los héroes de la Concepcion, porque las grandes decisiones no se improvisan: son el fruto de una vida vivida en fidelidad.

Encomendemos este compromiso a la Santísima Virgen del Carmen, Reina y Madre de Chile, Patrona de nuestra patria y de sus Fuerzas Armadas y de Orden. Que Ella, que acompañó a los soldados de la Independencia y ha protegido a Chile a lo largo de su historia, los cubra con su manto y les alcance de su Hijo la gracia de ser siempre fieles a Dios, fieles a la patria y fieles al juramento que mañana pronunciarán.

Amén

+ Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo