San José y la dignidad del trabajo: una tarea urgente para Chile

En el mes de mayo la Iglesia contempla a San José Obrero, el carpintero de Nazaret, hombre santo, custodio de la Sagrada Familia y testigo silencioso de una verdad decisiva para toda sociedad: el trabajo no es solo una necesidad económica, sino una vocación profundamente humana y divina.

El Génesis enseña que el ser humano fue puesto en el jardín “para cultivarlo y cuidarlo” (Gn 2,15). Ya antes del pecado original, el trabajo era su misión y siguió siendo. Antes de ser fatiga, es participación en la obra creadora de Dios. El hombre fue creado para amar a Dios, desarrollar sus dones, servir a los demás y colaborar con el cuidado de la creación. San Juan Crisóstomo enseñaba: “Dios honró al hombre confiándole el trabajo”, mostrando que el esfuerzo humano posee una dignidad originaria”.

San José, artesano de Nazaret, ennoblece con su vida cotidiana el esfuerzo de millones de trabajadores. En su taller, el trabajo manual se convierte en escuela de virtud: responsabilidad, silencio fecundo y servicio amoroso. Allí, junto a él, Cristo mismo aprendió el valor santificador del trabajo humano. Como enseñaba san Agustín: “Trabaja en algo bueno, para que el diablo te encuentre siempre ocupado”, recordándonos que el trabajo ordenado dignifica el alma y orienta la vida hacia el bien.

San Juan Pablo II, en su encíclica Laborem Exercens (1981) enseño que: “El trabajo es un bien del hombre; es un bien de su humanidad, porque mediante el trabajo el hombre no solo transforma la naturaleza adaptándola a sus propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre”. Esta enseñanza conserva plena actualidad ya que, una nación que no es capaz de ofrecer trabajo digno a todos sus hijos, hiere no solo su desarrollo, sino también su tejido moral y espiritual.

Hablar hoy de San José nos exige una reflexión concreta sobre nuestra realidad social. Miles de personas viven la precariedad laboral, la cesantía, o la informalidad o desaliento ante la falta de oportunidades. Muchas familias viven la angustia de no poder sostener dignamente su hogar. Esta situación no puede ser contemplada con indiferencia. Generar empleo debe ser una prioridad nacional, fruto de políticas públicas serias, inversión responsable, fortalecimiento del emprendimiento, capacitación efectiva y una economía que ponga a la persona en el centro. Tienen en ello particular responsabilidad las autoridades públicas y los empresarios de diversas categorías.

El trabajo digno debe ser accesible para jóvenes que buscan su primer empleo, para madres y padres de familia, para adultos mayores capaces de seguir aportando, y para quienes viven en regiones muchas veces olvidadas. La justicia social exige crear condiciones para que la mayor cantidad de personas pueda trabajar, producir, servir y proyectar esperanza, mediante trabajos formales, que generen ahorros para el futuro e incorporen a todos a un adecuado sistema de salud.

Asimismo, el trabajo auténtico no puede separarse del cuidado de la creación. El mandato de “cultivar y cuidar” recuerda que la actividad humana no debe destruir la naturaleza, sino administrarla responsablemente. El trabajo, cuando está ordenado al bien, santifica a quien lo realiza, beneficia a la comunidad y protege la casa común. Chile necesita una renovada cultura del trabajo, donde empresarios, autoridades, trabajadores y comunidades colaboren para promover una economía más inclusiva, humana y esperanzadora.

San José Obrero nos invita a mirar el trabajo no solo como medio de subsistencia, sino como camino de santidad. Trabajar es participar en la creación de Dios; trabajar es servir; trabajar es construir la patria; trabajar es sostener la familia; trabajar es cuidar la tierra; trabajar es abrir caminos para las nuevas generaciones.

Que San José interceda por Chile, para que nunca falten políticas sabias, decisiones valientes y voluntades generosas que permitan a más hombres y mujeres acceder a un trabajo digno.

+ Mons. Juan Ignacio González