El velo morado en las imágenes durante Cuaresma: un signo para el corazón

Cuando entramos en los templos durante las últimas semanas de la Cuaresma, muchas veces encontramos las imágenes de los santos y la cruz cubierta con un velo morado. ¿Qué sentido tiene esta expresión litúrgica?

Este gesto sencillo tiene un profundo significado espiritual y está expresamente permitido por la Iglesia: “La práctica de cubrir las cruces y las imágenes en la iglesia puede conservarse…” (CCDDS. Carta circular sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, 1988, n. 26).

El color morado nos recuerda el tiempo de penitencia y conversión, propio de la Cuaresma (cf. Misal Romano, rúbricas cuaresmales). Pero el hecho de cubrir las imágenes va aún más allá: es como un ayuno de los ojos, un signo que ayuda al recogimiento interior, en coherencia con el carácter sobrio de este tiempo litúrgico (cf. Ceremonial de los Obispos nn. 252-253).

La liturgia quiere así acompañar el misterio que celebramos: Cristo, acercándose a su Pasión, se “oculta”. El Evangelio lo expresa con fuerza: “Jesús se ocultó y salió del templo” (Jn 8,59; cf Leccionario, V Domingo de Cuaresma). La tradición litúrgica ha visto en este gesto el inicio del tiempo en que la gloria de Cristo queda velada para manifestarse plenamente en la Cruz.

Este signo también despierta en nosotros el deseo: al no ver, aprendemos a esperar. Es una pedagogía espiritual antigua, ya presente en la práctica medieval del velum quadragesimale, que cubría incluso el altar. Así, la privación prepara la plenitud.

Por eso, cuando en la Vigilia Pascual se descubren nuevamente las imágenes, la Iglesia experimenta con mayor intensidad la alegría de Cristo resucitado.

Cubrir las imágenes no es una ausencia, sino una invitación: mirar más profundamente, creer más firmemente y esperar con mayor amor.

Juan Ignacio González E. Obispo de San Bernardo.