Homilía. En la Fiesta del Dulce nombre de María.

Homilía. En la Fiesta del Dulce nombre de María.
Parroquia de la Sagrada Familia de Linderos. 12 de septiembre de 2026.

 

«Que no haya entre ustedes más deuda que la del amor mutuo» (Rom 13,8)

Pedro pregunta a Jesús: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano?». Y Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

El Señor nos enseña algo esencial: vivimos porque hemos sido perdonados. La deuda que Dios nos ha perdonado es infinitamente mayor que aquellas pequeñas o grandes deudas que nosotros guardamos contra los demás.

Por eso san Pablo nos dice: «Que no haya entre ustedes más deuda que la del amor mutuo». Esa es la única deuda que nunca terminamos de pagar: siempre podemos amar más, comprender más, perdonar más.

Y esta Palabra adquiere una fuerza particular para nosotros en este mes de septiembre, cuando Chile vuelve a encontrarse con su historia, con sus alegrías y también con sus heridas.

Nuestra patria necesita reconciliación. Persisten divisiones, temores y visiones encontradas sobre nuestro pasado. Hay heridas que todavía duelen y acontecimientos históricos que son interpretados desde perspectivas diversas. No necesitamos olvidar la historia ni renunciar a buscar la verdad y la justicia. Pero una nación no puede construir permanentemente su futuro desde el resentimiento, sino en el camino común. Solo desde la visión cristiana de la persona humana esto puede ser posible.

Necesitamos aprender a distinguir entre lo que legítimamente nos diferencia y aquello esencial que debe unirnos. Podemos pensar distinto, interpretar de manera diferente algunos acontecimientos y tener proyectos políticos diversos; pero hay bienes que deben estar por encima de nuestras diferencias: la dignidad de toda persona, la paz social, la familia, la seguridad de nuestros barrios, el trabajo, la educación de nuestros niños y el futuro de Chile. Por eso, todos miramos con esperanza los esfuerzos que hoy están en curso.

Existen hoy amenazas ante las cuales esas divisiones deberían parecernos pequeñas. Muchas familias viven con temor. El narcotráfico y las bandas organizadas se han apoderado de algunos barrios, llevando violencia, armas y muerte allí donde deberían crecer los niños y vivir tranquilamente las familias. Ante esos males necesitamos recuperar una convicción sencilla: Chile es una casa común y debemos cuidarla juntos.

León XIV ha formulado una pregunta muy hermosa: «¿Qué libertad mayor podemos esperar alcanzar que la que viene del perdón?». El perdón no elimina la justicia ni convierte el mal en bien. Nos libera de algo distinto: de permitir que el mal sufrido siga gobernando nuestro corazón.

San Agustín enseñaba que donde hay caridad hay paz. Y esto vale también para los pueblos. Una patria no se construye solamente con leyes e instituciones; necesita ciudadanos capaces de reconocerse nuevamente como hermanos.

Hoy celebramos además el Dulce Nombre de María. La fiesta quedó vinculada históricamente a la liberación de Viena en 1683, cuando, la amenaza del Islam, que parecía invencible, hizo que los cristianos acudieron también a la intercesión de la Virgen. Y Viena no cayó en sus manos y por tanto el occidente no fue invadido, porque la puerta de entrada a Europa fue preservada por el príncipe polaco Sobiesky.

Aquella historia puede enseñarnos algo. Viena tenía un enemigo ante sus murallas; nosotros debemos cuidar que otros enemigos no entren en el corazón de Chile: el odio, la violencia, el miedo, la indiferencia, el narcotráfico y también el resentimiento que nos impide reconocernos como miembros de una misma patria.

Por eso necesitamos vencer contra quienes destruyen la convivencia, pero también una victoria interior: la victoria de la misericordia sobre el rencor, del encuentro sobre la división y de la esperanza sobre el temor.

En este mes de la Patria, pongamos a Chile bajo el manto de la Virgen del Carmen, Reina y Madre de Chile, cuyo año de la Coronación – el 19 de diciembre de 1926 celebramos. Que su Dulce Nombre nos recuerde que somos hermanos y que tenemos un destino común: ser fieles a las enseñanzas de su Hijo, Nuestro Señor Jesucrito, Rey y Salvador del mundo.

Oremos juntos, hoy especialmente por S.E. El Presidente de la República, su señora esposa, presentes en esta celebración y por todos los que gobiernan nuestra Nación.

 María, Madre y Reina de Chile,
ayúdanos a sanar nuestras heridas,
a perdonarnos sin renunciar a la verdad,
a vencer el miedo y la violencia,
a unirnos en lo esencial
y a construir juntos una patria
donde haya un lugar para todos
y donde todos trabajemos por el bien de Chile.

Virgen del Carmen, Reina y Madre de Chile, ruega por nosotros.

Amén