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inmediata fue un rechazo: «Señor,
apártate de mí, que soy un pecador».
Pedro tenía la razón en esa ocasión,
pero Jesús no invita a personas
perfectas a seguirlo de cerca. Él llama
a personas humildes, honestas, que
se dejan guiar y enseñar, a aceptar su
propuesta y a seguirlo. No hay un
sólo sacerdote que se haya sentido
alguna vez digno del don del
sacerdocio, ni siquiera después de
años de servicio fiel a Cristo y a los
demás. Todo sacerdote sabe que no
es más que una «vasija de barro» que
fácilmente se rompe, porque sabe
que, como todas las personas, es un
pecador. Cristo lo sabe también. Pero